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    Apocalípsur, de Javier Mejía




    BEFORE THEY MAKE ME RUN

    Por Santiago Andrés Gómez (texto publicado originalmente en Revista Kinetoscopio, Vol. 17 – No 80, Diciembre 2007 – Febrero 2008, pp. 81-83)



    I got to move while it’s still fun…
    M. Jagger - K. Richards, Before They Make Me Run

    ¿Qué importancia puede tener una película, y en este caso una película como Apocalípsur? ¿Por qué para un colombiano, y mucho más para un paisa, puede revestir alguna seriedad una historia tan común en su aparente frivolidad? ¿Y por qué le gusta tanto al público extranjero? Pienso que estas son preguntas que hay que hacerse, ya que Apocalípsur es un fenómeno paradójico en el sentido de que rueda como la bola de nieve en que viajan sus protagonistas y al mismo tiempo no es ni más ni menos que una simple película. Creo que para nadie, tampoco para su mismo director, era previsible que el filme cosechara una reputación como la que cosechó, antes de ser estrenado en Colombia, en su exitoso periplo por diversos festivales nacionales e internacionales. El caso es que para casi toda la gente que conozco, la película es bastante buena más allá de cualquier imperfección.

    En estos días, lo más usual entre los directores jóvenes es el deseo de hacer una película bien exitosa, un producto que guste por todo lado o que al menos coseche alabanzas por su originalidad. No creo que en Javier Mejía faltara este deseo, y el apoyo que su primer largometraje ha recibido de RCN Cine, o el premio conseguido en el Festival de Cartagena, con toda seguridad significan para el realizador una entrada por la puerta grande al mundillo del cine de nuestro país, sin hablar de los reconocimientos obtenidos por fuera. Pero aquí es donde el fenómeno se vuelve un tanto paradójico, porque viendo la película nos encontramos frente a unas formas de ser cuya disposición no desnuda complacencia alguna, si acaso –y eso sí- secretos guiños, y que elude cualquier compromiso que no sea el de adentrarse, sin ningún afán, en los múltiples recodos emotivos de la historia que viven los personajes.



    Dentro de lo procaz de ellos, la película es ciertamente el retrato de una intimidad, y esa intimidad es en sí misma, pese a lo desvergonzada y frentera, el rechazo o el desdén por la grandilocuencia de las mismas vueltas arriesgadas que viven. La película no es sobre un gol, no es sobre una trampa, no es sobre un deseo cuya realización pueda transformar la vida, no es ni siquiera sobre ese amor frustrado que Malala recuerda haber tenido con el Flaco, porque en realidad ese tampoco fue un amor frustrado. Incluso me atrevo a decir que la película no es sobre el objeto del viaje que los cuatro amigos realizan, aunque ese objeto provoque lo que efectivamente vemos. Apocalípsur es más bien una cinta que trata sobre la vida que se nos va, sobre todo lo que un pequeño grupo de personas que se quieren ha vivido, sin pensarlo mucho, en medio de una realidad tan hostil como sorprendente.

    Los detalles más nimios son los que nos llevan a recordar esos hechos. Partir una colilla con un compañero de secuestro es lo que más se queda de ese episodio en la memoria de Caliche, y para él eso es la amistad, no sólo la amistad con el Flaco, sino la amistad. Que Pipe se goce a un tendero que le sigue la pita le recuerda a la Comadreja una noche en que se gozó con sus parceros a un travesti, en el más amplio sentido de la palabra gozar, o sea con total simpatía por él y con total gusto en esa tomadura de pelo, que también era un poco a ellos mismos y que reveló al Flaco como un probón. Y recuerdos más profundamente impresos en el corazón de Malala tornan en otra cosa muy distinta cuando los comparte con Caliche y se entera de que el Flaco sabía lo que ella creía haber ocultado. Ese acto de compartir un recuerdo la reconcilia con su actual novio, pero también con el Flaco y con una parte de su pasado.


    El final de los ochenta y el principio de los noventa eran tiempos de agite para todos los que los vivimos, y de modo muy especial para los jóvenes de esos años. Quizás el sentimiento de hastío con la agresividad del entorno no sea tan distinto para los jóvenes de cualquier época, pero en general la situación en el Medellín de Pablo Escobar era peculiarmente trepidante. La falacia de la guerra contra la droga nos confundía, porque para nadie era indiferente la causa de los Extraditables, con el retumbar de sus métodos genocidas, mientras se debía transar con ellos o correr el riesgo de entorpecer su camino con el mero cumplimiento de un deber fatal (como sucede con la mamá del Flaco). En Apocalípsur, y es uno de sus grandes méritos, se expresa con gran frescura el parlamento que unos pelados pueden compartir sobre esa miseria moral, sobre esa lastimosa guerra, en medio del irónico humo de la ecuménica marihuana.

    El humor que despide la relación que tienen con la autoridad los protagonistas de esta película tiene momentos tan finos y descarados como no se los imaginaría jamás ningún guionista de comedias. Un policía decide detener a la Comadreja y al Flaco para hacerlos fumar todo el paco de yerba que ambos acaban de comprar, porque según el policía así aprenderán, pero la bareta les produce tanta risa que en plena patrulla el Flaco le dice a la Comadreja: “Hey, deciles que pongan musiquita”. Y en el viaje en el que todos van a recoger al Flaco, cuando los amigos llegan a un retén y son requisados, un policía entra a la camioneta y se acerca a Malala, que está sentada adentro con la iguana Mariguana en su rodilla: Malala dice: “Cuidado te muerde”, y el policía: “¿Me muerde?” “Fresco que estoy hablando con la iguana”, dice ella. No hay un anarquismo más encantador que ese humor, y tan inofensivo como demoledor.


    La sublimación de las crisis es una tarea natural del arte. En Colombia, pese al moralismo institucional, el cine no ha podido desentenderse jamás de los problemas que nos acosan y que por supuesto adquieren en el discurso un carácter más universal. Yo he resaltado, a pesar de algunos regaños, el valor de películas nacionales contemporáneas como Al final del espectro o Satanás, que de manera estilizada y a veces muy indirecta permiten no tanto la justificación de nuestra propia humanidad enferma, ni tampoco su exclusivo lucro, sino un legítimo aprovechamiento anecdótico que suscita lúdicamente el conmovedor intento de comprendernos y la complicada valoración de nuestra delicada belleza. El caso de Apocalípsur es bien otro: esta cinta se apropia, aún con más vigor que destreza, de los presupuestos descarnados de la Nueva Ola, y eso siempre será más renovador y saludable.

    Que la película haya sido grabada en video, a despecho de cualquier formalismo, que se haya privilegiado el trabajo con actores naturales y sobre todo que el énfasis o el gancho de la historia esté más sobre el aliento de las evocaciones y la laxitud del viaje que sobre las inquietudes con las que juega el drama clásico, son cosas propias de un cine moderno cuyo enfoque en lo cotidiano trasciende la misma exposición de los hechos y se acerca más a la revelación de una forma impredecible e inadvertida que respira por sí misma en nosotros y que mueve profundamente nuestra personalidad. Esa concentración sobre los elementos más pedestres y espontáneos constituye el impacto que produce Apocalípsur, un impacto que para algunos puede ser incómodo a veces pero que con los años cobrará más valor, porque además el mismo trasfondo de la película es una meditación sobre el cruel paso del tiempo.

    "¡Alegría, alegría, alegría!"...

    Queda por decir que la perseverancia de Javier Mejía fue fundamental para que este relato, inspirado por el espíritu de la sencillez, pudiera concluir en una obra que se contempla a escala nacional y, de algún modo, global. Él hace parte de un combo de amigos que se forjó en la universidad y que, de modo muy semejante a lo que hacen los personajes de la película, compartía el ocio en una rumba que jamás ha dejado de ser tan vana como es la rumba. Pero para recrear el corazón vacilante de la propia vanidad se necesita de una capacidad de observación y de un empeño creativo superiores a los que tienen quienes la miran y simulan desde afuera o según parámetros más juiciosos. Así Mejía entregó muchos años de su vida a un proceso titánico del que creo que se sabe tan privilegiado como responsable de haber podido concluir. Y el único sentido de todo era hacer un canto a un buen amigo que se había perdido.


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