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    De "Los deberes", "El botón", de Santiago Andrés Gómez




    Como regalo para los lectores
    y en celebración de la publicación de nuestro último libro
    (Los deberes, Universidad de Antioquia, 2012),
    presentamos uno de los cuentos del volumen

    ***

    EL BOTÓN


    Va a ser mediodía y, como es usual a esta hora, Carmen está sola en casa. Matías, su esposo, ha estado desde temprano en la loma, lavando el tanque del agua. Ricardo, el único hijo de ambos, está en la escuela. Ella se ha sentado en la mecedora, junto a la cama matrimonial, a reponer un botón en una camisa de Ricardo mientras el caldo del almuerzo termina de hervir. En el suelo, al lado de la mecedora, tiene un pequeño banco donde pone su cajita de costura, una cajita verde oliva en la que están sus agujas, hilos y dedales. La camisa es una de las más bonitas de Ricardo. Se la dio su padre el pasado diciembre. Hace poco más de una semana, Carmen se dio cuenta de que se le había desprendido un botón, el segundo de arriba abajo, y ahora se percata de que no tiene uno de repuesto que sea del color de los otros. Habrá que comprar uno que sea al menos parecido, ya que es tan difícil que sea del todo igual a los demás. Lo que esperaba era tener al menos uno marrón, y casi todos los que tiene son blancos. La otra opción sería poner a la camisa un juego de blancos, pero así ella quedaría casi sin ninguno. Sería perder seis botones por uno. Carmen mira por la ventana.

    En el patio, el gallo aletea encima de una gallina que se sacude y huye cacareando. Carmen deja la camisa en el banco, pone sus gafas en la cama y va a la cocina. Destapa el caldero, mueve las brasas, les pone unos palos. En ese momento oye que tocan la puerta abierta a sus espaldas. Es el doctor Sandoval con Jilguero, su asistente, y con el agente Lebrija.

    -          Buenos días, doña Carmen –saluda Sandoval.

    -          Buenos días, doctor, bien pueda pase.

    Los tres hombres entran y Sandoval se quita el sombrero. Sonríe con satisfacción, sin asomo de servilismo o de interés.

    -          Qué pena interrumpirle el trabajo, doña Carmen.

    -          No se preocupe, doctor. La visita de los señores no es ninguna molestia. Siéntense.

    Jilguero hace caso. Sandoval mira la habitación, la sala donde están, no separada de la cocina, el cuadro del Ángel protegiendo a un niño sobre un viejo sofá forrado en plástico. Luego mira al agente Lebrija y moviendo una silla hacia atrás para sentarse le hace ademán de que haga como él, pero Lebrija niega con la cabeza. Carmen mira a los tres uno por uno.

    -          Les voy a servir un tintico.

    -          Muchas gracias, doña Carmen –dice Sandoval.

    -          El mío sin azúcar, por favor, doña Carmen –pide Jilguero.

    Lebrija está de espaldas a todos mirando en la pared una foto de Ricardo en el día de su primera comunión, de frente y con gesto angelical, vestido de blanco y sosteniendo un cirio encendido.

    -          Qué bueno que haya venido, doctor –se alegra Carmen poniendo los tres pocillos humeantes en una bandeja de peltre–. Yo no he hecho sino pensar en usted.

    -          Con tal de que no sea por lo malo, doña Carmen –comenta Sandoval.

    -          ¿Y qué me ha hecho usted de malo, doctor? –replica ella y se sienta en el sofá– No, lo he pensado porque desde que mataron al padre no he dejado de preguntarme quién pudo haber hecho eso… A un hombre tan bueno, ¿quién podría tener un corazón tan torcido?

    Sandoval da un sorbo a su café y suspira.

    -          Es lo que estamos investigando.

    -          ¿Y no han podido dar con nada?

    Sandoval descansa la taza en la mesa.

    -          Tenemos algunas pistas. No son muy claras, pero si nos llevan por buen camino serían incluso pruebas de peso.

    -          Menos mal, doctor –dice Carmen–. Nosotros en esta casa no tenemos sino que agradecerle al padre. Usted sabe cómo fue de bueno él con Ricardo.

    -          Sí. El mismo Ricardo nos lo dijo cuando lo interrogamos. No me extraña que después de lo que ha pasado él haya decidido abandonar su vocación, que, por lo que sé, antes era tan firme.

    -          Seis años duró mi hijo como monaguillo del padre Manrique, doctor Sandoval. Imagínese cómo no lo habrá aporreado esa muerte. De todas maneras él ya es un hombrecito de trece años y tiene qué pensar bien antes de decidirse a dar un paso como el de hacerse cura. ¿No le parece?

    -          Así es, doña Carmen –afirma Sandoval, y se queda mirando a la mujer. Ella no le baja la vista–. Y ya que toca el tema, le voy a decir por qué hemos venido. Voy a ser franco. Ayer en la mañana se examinó de nuevo la habitación del padre Manrique para buscar nuevos indicios.

    Carmen asiente.

    -          Jilguero, muéstrele a doña Carmen.

    El asistente del inspector saca de un bolsillo una bolsita transparente. Adentro hay un botón marrón.

    -          Este botón, que estaba en el suelo, cerca de la cama –explica Sandoval–, no podía ser del padre Manrique. Miramos todas sus camisas y a ninguna le falta un botón, además de que los botones de esas camisas son distintos.

    Carmen mira lo que le muestran y luego a los dos hombres. No dice palabra.

    -          Lo más seguro es que el botón sea de la persona que mató al padre. Usted sabe que a él lo estrangularon, o sea que debió haber un forcejeo, y en ese forcejeo el botón se reventó.

    -          Sí –aprueba Carmen–. Entonces ustedes están buscando al dueño de una camisa que tenga esos mismos botones, pero a la que le falte uno.

    -          Exactamente, doña Carmen. Y es muy triste decirlo, pero el primer lugar donde hemos pensado buscar es en esta casa.

    Entre todos se hace un silencio sostenido por la mirada tensa de Carmen.

    -          Ustedes piensan que el asesino pudo haber sido Ricardo.

    -          Es muy apresurado decirlo, pero las circunstancias de la muerte del padre Manrique nos hacen especular con eso, doña Carmen. Solo son posibilidades, claro. Sin embargo, nadie más podía haber entrado y salido de la casa cural en la noche sin hacer ruido, sin violencia, sin ser notado. Si yo le digo todo esto desde antes de pasar a la inspección de su hogar, es con el ánimo de enterarla, aunque no debería contarle los detalles ni los motivos de la pesquisa. Hemos querido venir a esta hora, cuando sabemos que está sola, para que tanto usted como nosotros contemos con la mayor discreción. Si no encontramos una evidencia contra su hijo, y espero que así sea, al menos usted ya sabrá en qué dirección estamos buscando, y quizá pueda sernos de ayuda. A fin de cuentas, usted y don Matías, como padres de Ricardo, y sobre todo él mismo, fueron en este pueblo las personas más cercanas al padre Manrique.

    Carmen se levanta.

    -          Bien puedan mirar. Para que busquen a sus anchas no les voy a decir dónde está la ropa. Hagan lo que tienen qué hacer.

    -          Yo preferiría que nos señalara primero, doña Carmen –sugiere Sandoval poniéndose de pie–. No dudamos de usted, aunque además de los roperos también vamos a examinar todos los cajones y alacenas.

    -          Busquen donde se debe, doctor. Yo voy a quitar el sancocho del fogón.

    Carmen levanta el caldero por el asa y lo pone en el poyo de piedra. Luego deshace las brasas con un tizón, separándolas y echándoles ceniza. Los tres hombres entran primero en la habitación de Ricardo.

    -          Tampoco le vamos a dejar nada desordenado, doña Carmen –dice Sandoval, y añade–: Lebrija, que todo quede como estaba.

    Lebrija abre el ropero de Ricardo, saca de uno de los entrepaños una pila de camisetas, las mira una por una levantando un poco el cuello de todas, las vuelve a poner donde estaban, abre los cajones, mueve medias y calzoncillos. Después abre una gaveta más grande y encuentra las camisas colgadas de sus ganchos, las desliza mirando los botones, no encuentra nada. Abre un baúl que hay bajo la ventana y donde solo hay una bolsa de velas y un montón de calendarios y cuadernos viejos. Los otros han estado mirando la pieza, los afiches de un bosque y un nevado, la Biblia de la mesa de noche, una lámpara en forma de globo terráqueo.

    -          Aquí no hay nada, doctor –concluye Lebrija.

    -          Bueno, busquemos en la otra pieza –ordena Sandoval–. Solo es por asegurarnos, doña Carmen. Usted sabe que en este oficio no se puede descuidar nada, por nimio que parezca.

    Pasan a la otra habitación. Lebrija repite los mismos pasos de antes. Sandoval y Jilguero nada más miran el cuadro del Corazón de Jesús que domina el cuarto y las gafas de Carmen, que están sobre la cama, al lado de la mecedora. Al banquito donde reposan la camisa de Ricardo y la caja de costura, la cama no los deja ver.

    -          ¡Vean dónde dejé mis gafas! –exclama Carmen, y las recoge– Si ustedes no vienen me acuesto en ellas.

    -          Tampoco hay nada aquí, doctor –dice el agente Lebrija.

    -          Muy bien. Salgamos al patio –responde Sandoval.

    -          Ah, sí… Tengo una ropa secando.

    Un pequeño perro gris, pelado y en los huesos, se pone a ladrar a los visitantes. Ahora Sandoval participa en el examen, pero nadie encuentra una camisa con botones de color marrón.

    -          Bueno –suspira Sandoval–. Parece que aquí no hay nada sospechoso.

    -          Yo sabía, doctor, pero usted tenía que verlo con sus propios ojos –dice Carmen.

    -          La dejamos para que atienda a los suyos.

    -          Estamos para servirle en lo que se pueda, doctor, ya sabe. Si sé algo, le informo, y quedo atenta de lo que puedan averiguar.

    Atraviesan la casa hasta la puerta.

    -          Feliz tarde –se despide Sandoval.

    -          Igual para usted, doctor, y vuelva.

    Carmen se queda un momento viéndolos ir. El gallo canta. En la cocina el sancocho todavía burbujea. Se devuelve a la pieza, cierra la puerta y se sienta en la mecedora. Toma la camisa entre las manos y mira por la ventana. Saca unas pequeñas tijeras de la cajita y empieza a cortar los botones.