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    Documentales indispensables hoy (4): The Thin Blue Line (Morris, 1988)




    GAJES DEL CONTROL

    Por Santiago Andrés Gómez

    The Thin Blue Line (Morris, 1988)

    Si pensamos que según el muy ecléctico pero usualmente agudo y sobrio Roger Ebert (citado por María Luisa Ortega en Espejos rotos [Ocho y Medio, Madrid, 2007, p. 129]), Errol Morris es un cineasta de la talla de Hitchcock o Fellini, prontamente caeremos en cuenta de que echar un vistazo al documental contemporáneo, y a cineastas parteaguas en ese vasto océano, como Ross McElwee o Alan Berliner, para no salir de Norteamérica, es un deber de cinéfilo, y acaso algo más.

    The Thin Blue Line (Morris, 1988) fue la película que hizo más notorio ese fenómeno de inter-subjetivación que el cine de Morris evidencia como una ilusión falaz del mundo y de lo real, pero así mismo de múltiples repercusiones, que sigue vigente en detalles actuales de su trabajo tan fascinantes como el diseño de una cámara que filma tal como ve el ojo de un sujeto específico, un camarógrafo que debe filmar entonces o grabar con su propia mirada.

    The Thin Blue Line (Morris, 1988)


    “Lo que hace posible la civilización es que las personas se mienten unas a otras constantemente” (Ibíd., p. 130), es una frase suya monstruosa por los efectos que sugiere. Haciendo eco del Platón de Fedón o Teetetes, para que haya mentira debería haber una verdad de por medio, y además conocida por quien miente, aunque tal conocimiento podría ser inconsciente, y es evidente que hay mentiras que se reproducen como verdades aceptadas (la verdadera ignorancia, según el filósofo).

    En este último caso no hay posibilidad de inculpar del todo a nadie como flagrante mentiroso, máxime cuando la hondura de esa aseveración, una hondura palpitante hasta extremos trágicos en The Thin Blue Line, consiste en que la verdad es para todos y cada uno de nosotros un hecho desplazado por el lenguaje, y en que este motiva nuevas refriegas en torno a ella, que afectan al mundo y lo van modelando de acuerdo con sus fragilidades caprichosas, mutantes e imperiosas.

    The Thin Blue Line (Morris, 1988)

    La muerte del policía Robert E. Wood en noviembre de 1976 llevó al arresto de un hombre llamado Randall Adams, delatado por quien fuera pasajero en su auto, un muchacho problemático llamado David Harris. Sin embargo, apresuramientos en el juicio, varias contradicciones, y también la constante negación que hacía Adams de su crimen, fueron lo suficientemente llamativos como para que Morris se interesara más en ellos que en quien fuera su personaje inicial, James Grigson el “doctor Muerte”.

    De hecho, la manera en que asume el caso Grigson, un siquiatra que evaluaba a los reos condenados a muerte para aseverar el dictamen del jurado, y que así de sumariamente había llevado a la muerte a más de 100 individuos, se constituyó en una de las evidencias de los exabruptos del juicio, que al final, y ya acabada la película, llevaron a comprobar la inocencia de Adams. Entre tanto, David Harris había seguido con un nutrido historial delictivo, y al fin murió, él sí, condenado a muerte.

    The Thin Blue Line (Morris, 1988)


    Al final, una entrevista en audio hecha a Harris poco antes de su ejecución, queda flotando en la mente del espectador. Harris nunca acepta plenamente haber sido el autor del asesinato de Wood, pero cada vez tiende más a dejar la cuestión en el aire, y al confirmar en su diálogo con Morris que Adams lo sigue inculpando, dice: “¿Sí ve? Los criminales siempre mienten”. Esa frase se acerca a una aporía eleática, un callejón conceptual, en su caso, pues difícilmente le creeríamos a Harris cualquier cosa.

    Morris, según sus palabras, no es de quienes afirmen que la realidad a la que alude todo discurso está del todo inventada por o es solo la que crea él, pero justamente deja en entredicho que la reproduzca, y en esta cinta la justicia se mira como un relato contrahecho, al que las varias recreaciones escénicas, en la onda de Rashomon (Kurosawa, 1950), luego tan llevada y traída, dan una complejidad de la que a veces la propia realidad carece, si no fuera porque necesitamos controlarla para ser civilizados.

    The Thin Blue Line (Morris, 1988)