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    Cine y salud



    Cine y salud

    LA FUERZA DE LA ESPERANZA

    Por Santiago Andrés Gómez


    Persona (Bergman, 1966)
    Una catarsis trascendente

    El Sistema de Bibliotecas de la Universidad de Antioquia, seguramente bajo la asesoría tutelar de Germán Sierra, ha publicado un bello folleto titulado Tenemos la palabra, con una selección de poemas y textos antológicos en torno a esa “obra poética” que es para Borges cada voz del lenguaje humano. Uno de ellos es un poema ancestral de la cultura bue mika reede, en el que leemos: “la palabra es poder, y con solo ser proferida puede causar la muerte / Pero cayó en forma de tubérculo del saber / Ese tubérculo lo consumieron nuestros primeros abuelos para sanarse unos a otros”. El aspecto poderoso, mágico y sanador de la palabra ha sido restituido no solo por Freud en nuestros tiempos, también por la neurobiología, pero me parece interesante observar el hecho en relación con el cine, con su poder emotivo y la liberación somática que provoca, así como con la relación entre algunas cualidades terapéuticas suyas y la naturaleza biológica que, desde mi punto de vista, lo constituye por esencia.


    El hombre de Aran (Man of Aran, Flaherty, 1934)
    El hombre y el cine como fuerzas biológicas

    Para ello no puedo más que recordar algunas actitudes que han tenido con respecto al cine ciertos maestros. No me extenderé demasiado ni acudiré a pruebas científicas, lo que considero suficiente por lo pronto es el mero uso de metáforas que privilegian un aspecto orgánico, vivo, en la construcción de la película. El primer ejemplo, según recuerdo caprichosamente, y uno de los más notables, es el método de montaje del gran documentalista Robert Flaherty, quien con suma lentitud iba probando diversidad de materiales sonoros y visuales en yuxtaposición o alternancia, bajo la idea de que eran ellos los que se iban armando solos. Al cuidado del cineasta, y sin duda al calor y con la alimentación suya, la película iba tomando su propio carácter, evolucionando según sus fuerzas intrínsecas, cobrando una vida, en cierto sentido, autónoma. Pero igual de llamativo en cuanto a esta idea es que el impacto de las obras de Flaherty es visceral, y que su método puede cotejarse con tal impacto.

    Si algo semejante puede decirse del proceso de creación del maestro ruso Andréi Tarkovski, quizás el más inspirado de todos los cineastas, es sobre todo por ese aspecto entrañable del contacto entre el director y una obra que respira, y entre esta y los espectadores. El sacrificio (Offret, Tarkovski, 1986) sería una encarnación viva de la ansiedad somática de Tarkovski, y su visionado sin duda implica una inmersión en otra onda mental y sensorial que, según supongo, lleva a una cierta purificación de turbiedades y desórdenes mentales y corporales, tanto por sus cualidades específicas como por la capacidad que el cine tiene, en general, de sugestionar la percepción o experiencia del tiempo y de la realidad. Lo más notable es que la concepción del cine como sacerdocio en Tarkovski, se ve entonces como una pasión, una enfermedad que sanara, acaso una estructura que invadiera el organismo y terminara sustituyendo ciertas parcelas de la cotidianidad, en beneficio de una supervivencia menos indigna.


    El sacrificio (Offret, Tarkovski, 1986)
    El fuego purificador

    Por último en esta breve reflexión, quiero referirme a ese aspecto terapéutico y a la vez enfermizo en el caso de dos cineastas ejemplares en la expiación de traumas humanos, que alcanzaron una gloria literal y conquistaron nuestra eterna gratitud gracias a su práctica experimentación consigo mismos en la antigua tradición, probada por el poema indígena que ya mencionamos, de la sanación por medio del lenguaje. Persona (Bergman, 1966) y Ocho y medio (Otto e mezzo, Fellini, 1963) son obras que exudan crisis, que limpiaron el alma de sus creadores y que participaron en una sanación colectiva, desde luego no absoluta, pero sí multitudinaria, y que aún persiste. Cuando yo veo Persona, mi respiración se dilata, el ritmo cardiaco disminuye con la consideración aliviante de una locura compartida en la imprecisa negación persistente del ser durante la vigilia humana, y cuando veo Ocho y medio las endorfinas irrigan mi ser de manera tal que no puedo más que llorar de dicha, y salgo renovado.


    Ocho y medio (Otto e mezzo, Fellini, 1963)
    La fuerza de la esperanza

    Estos efectos sanatorios surgen de una necesidad biológica primera en los cineastas por hacer del cine una extensión de su experiencia vital, que acaso los desintoxique. Este texto sin duda genera más dudas e inquietudes que comunicar certezas, pero eso es parte de una actividad que aquí no termina, como si en tanto viva la nota crítica fuera en sí misma lo inacabado. Vuelvo a “la palabra que sana”, de Pizarnik: “Esperando que un mundo sea desenterrado por el lenguaje, alguien canta en el lugar en que se forma el silencio. Luego comprobará que no porque se muestre furioso existe el mar, ni tampoco el mundo. Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otras cosas”. Y entonces no dejo de recordar las palabras de Tarkovski, denostando a Eisenstein, sobre “esa cualidad esquiva e impronunciada que constituye, probablemente, lo más cautivador de todo arte”. Por ello retorno fácilmente al silencio, origen del deseo, de la vida y de la muerte, y recinto donde la ilusión de la salud es lo único que existe, en acechanza del otro que se escapa y también somos.

    Alejandra Pizarnik (1936-1972)
    La belleza, pese a todo...