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    Documentales indispensables hoy (6): Guión del filme “Pasión” (Godard, 1982)




    LA PROFANACIÓN MILAGROSA


    Por Santiago Andrés Gómez

    Algo extraño, no del todo inadvertido, pasó en 1982 para el cine documental. No solo se trata de que en ese año hayan surgido dos obras que cambiarían para siempre, y, con el paso del tiempo, cada día más, al género, sino que entre ellas había algo más que rasgos comunes: señas idénticas.

    En un momento de Guión del filme “Pasión” (Scénario du film Passion, Godard, 1982), el director nos hace ver que las noticias son presentadas por gente que “da la espalda a las imágenes”, y que estas, puestas en un recuadro, son quienes los miran a ellos, tal como Chris Marker dice que hacen las imágenes con nosotros en un momento de Sans soleil (Marker, 1982). En otro momento de Guión…, el cineasta que nos habla, que nunca nos deja de mirar, Godard, abstrae su presencia en el trabajo de creación que nos relata y por decir yo dice “él”: “él dice”, “él hace”, en un desplazamiento de la voz narrativa idéntico al efecto más sugestivo y transgresor de Sans soleil.


    Pero ya hemos hablado de Sans soleil en esta serie sobre documentales indispensables de nuestros tiempos: lo que cuenta es mencionar que dos cineastas que llegaron a fungir de rivales en algún momento tienen una coincidencia mayúscula en un momento específico de la historia, cuando la lógica del mercado, sobre todo con el ascenso de Reagan en Estados Unidos, parece adueñarse definitivamente de todo el planeta, cuando Spielberg es el amo y señor del cine. Justo entonces, las películas de los dos realizadores de quienes hablamos parecen conducirlos, por su sensibilidad extraordinaria ante el cadáver profanado que es toda imagen, a una reafirmación de esa condición de ellos como “exiliados”, de la que habla el propio Godard en Guión…, y que con estos dos grandiosos filmes ensayo se asume con algo más que entereza: con absoluto orgullo.


    Nada más ajeno al cine industrial que esta película, y nada más serio y “pasivo” en su agresión neurótica. Godard saluda: “Buenas noches, amigos y enemigos”… para hacer acto de presencia y, luego de echar un vistazo a la eventual pero inobjetable concurrencia que vea el documental (vistazo que repetirá dos o tres veces luego), darnos la espalda y concentrarse en la pantalla de su moviola, donde mediante una consola de edición de video hace que todos veamos las imágenes de la película que él nos cuenta cómo concibió.




    Godard no hace énfasis en los sutiles hallazgos que su pensamiento va hilvanando, uno tras otro, y bajo la apariencia de puros juegos de palabras estos nos cuentan cómo surge la obra de arte. Después de esa introducción que hace mirando a la cámara, y en la que señala que antes de escribir el guión sería necesario atender a, o ver lo invisible como algo probable, el cineasta se instala en su sala de montaje y define el silencio, “la página en blanco de Mallarmé”, el fondo de la memoria, como origen de toda narración, e insiste en que lo que él busca es ver, recibir algo en ese estado de pura latencia. Su inspiración primera es una imagen que, con un juego de disolvencias, recupera de la película (el dicho filme del título, que ya ha sido concluido). A partir de esa pequeña onda que es una imagen, en lo que él hace ver como el océano de la mente, se comienzan a hilvanar otras presencias que ya juegan con la experiencia.



    Crucial es el respeto que Godard nos hace sentir por la creación, pero su forma de exponer el proceso artístico es de una tal extrema austeridad que se nos hace harto escabroso, como si él quisiera dejar en el camino a todo aquel a quien no le interese el cine como misterio, expresión que en otro lado ya él ha empleado, y como un misterio del que se hace vocero al explicarlo en sí mismo como algo que esconde a la vez una secreta y delicada gracia. Así, uno debe despojarse de toda idea de película como algo atractivo por más que lo que oculta. En un momento dado él mismo indica que toda imagen es una barrera, y que así se vuelve doble. El pensamiento de Godard, no hay que darle más vueltas a eso, no es para todo el mundo, sino para verdaderos elegidos que sean capaces de abandonar la complacencia del espectáculo en busca de esa luz que el cine recupera perdiéndola una y otra vez.



    Al final, después de mostrarnos ensayos en video, fragmentos del filme y registros del quehacer cinematográfico como búsqueda (conmovedora la imagen de Isabelle Hupert tartamudeando), después de exposiciones crasas e imposibles del pensamiento borboteando en un rostro casi del todo impávido y frío, Godard ya tiene una sinopsis que recita, y ahora sí puede filmar lo invisible… Ahora retorna a “la región central”, que nos acoge siempre, donde está todo, donde cabe todo, “la herida universal”, la luz, el amor, el trabajo, el cine, el cine, el cine, la noche, el cine…