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    Sobre Carta a Juan (Gómez, 2012) y mi último recital


    LA CUESTIÓN DEL GNOSTICISMO

    Por Viejo Roble


    Carta a Juan (Gómez, 2012)

    Decía hace poco la Revista Marienbad (http://www.facebook.com/pages/Revista-Marienbad/274516942569345?fref=ts) que en vez de congelarlo, como se hizo con Walt Disney, al ya difunto Chris Marker había que ponerlo como ejemplo por seguir, con todo y que se sepa de la abismal distancia que nos separa de él, e incluso con todo y que desde un principio se acepte una inapelable pero engañosa inferioridad que, sin embargo, siendo más justos o precisos, sería más bien la deuda impagable que se tiene con quien nos enseñó a cavilar cinematográficamente.

    Escribo esto para decir dos o tres cosas sobre el video Carta a Juan (2012), que Santiago Andrés Gómez estrenara el pasado 10 de octubre en un evento que programó el Teatro Matacandelas junto con el realizador, de quien yo me escindo funcionalmente, acompañado de un recital de canciones mías y una eventual recolección de firmas para apoyar el referendo anti-minero que viene promoviendo Juan Ceballos, el mencionado Juan de la carta, uno de los líderes ambientales más importantes de Colombia (y del mundo).

    En enero de este año, Ceballos y Gómez decidieron grabar un documental sobre el primero, y Juan propuso una pieza audiovisual fuerte, de gran impacto, pero Santiago se dio cuenta de que esto tomaría un trabajo que, como él desarrollará con más fuerza en El viento sopla donde quiere, sobre el periódico El Hocicón, para alguien que vive al día resulta muy difícil. Desde luego todos vivimos al día, pero hay quienes son más dúctiles frente al vaivén de las sorpresas, y hay quienes están más cerca de la forma de acceder a recursos audiovisuales. Gómez no es ni de los unos ni de los otros.


    Su opción fue, como sugiere en el propio video, grabar con sus consignas de siempre, descalzas y más atrevidas en lo conceptual que holgadas en la producción, en ese tipo de “video imperfecto pero con sentido” que él siempre ha hecho “a duras penas”. El resultado es punto por punto conforme con un cine que no logra ser elogio de sí mismo (sin ironía), y quien lo vea se sentirá fácilmente reducido a una presencia con frecuencia devuelta a los presentimientos tácitos, e ingratos, de la vida infantil. Carta a Juan enfrenta su tema con una severidad que prescinde de toda diferencia

    Lo que alienta a la película es la correspondencia a una voz que surge de lo más hondo de aquello que Juan llama siempre “la esencia”, no otra cosa que un fondo harto negado no solo por nuestra civilización del espectáculo, sino por la propia realidad de las apariencias. En este mundo donde se confunde a Dios con los nombres que le ponemos, y donde no entendemos que al hablar de realidad mencionamos todo lo que ella nos oculta ahora mismo, es casi imposible percatarse de que todo sucede apenas en el instante grosero del tú a tú, y que cada uno guarda una respuesta inalcanzable.

    Los más que pudiéramos respetar el carácter sagrado de la tierra hablan casi siempre de respeto por ella como madre y, yendo un poco más lejos, mencionan a Dios como la energía o, según dicen, “como usted lo quiera llamar”. Otros que simplemente descreen de la impostura de las religiones, quieren decirse agnósticos (o sea, que confiesan no saber) y la confusión los ve decir a veces que son “gnósticos”. Pero el gnosticismo es otra cosa, y es lo mío. Por tradición milenaria, por lo menos desde cierta rama del judaísmo, se trata de un conocimiento interno, irreductible a la razón.


    Cada uno sabe que hay algo muy adentro de sí mismo opacado por el tráfago de la vida cotidiana. Para quien llega a gozar de ese conocimiento sin pérdida ocasionada por los afanes o los traumas, tal convicción lo aúna con la divinidad sin pérdida de su propio yo, sino al contrario, en una garantía inefable de realización trascendente y superior. Basta con saberse perdido para comprobar con toda lógica que existe en el tiempo un hogar ausente del orbe, y comprender la diferencia entre saber y creer ahonda la noción de una precariedad restauradora, de un orden superior que nos reabsorbe.

    Con un material puramente cinematográfico, Santiago Gómez hace lo que yo apenas estoy aprendiendo a hacer como músico: procrear el cosmos sin romper la continuidad de la existencia, sin hacer énfasis centrales en lo relativo, sin vender ilusiones falsas, sino provocando un silencio que nos lleva a la inflexión del ser en atenta espera que somos, mucho más allá de un espectáculo o un discurso, para oír esa propia voz que no todos sabemos reconocer cuando dice: “Oye, aún no eres tú”, y te lleva a comprobar cómo en el día debes ser puro olvido del olvido, para algún día respirar mejor.

    Carta a Juan. Dir: Santiago Andrés Gómez. 23 min.