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    En los cuarenta años de Transformer…



    YOU HIT ME WITH A FLOWER”…

    Por Santiago Andrés Gómez

    Angie: un himno para Angela Bowie

    Tal vez no fueron aquellos los días en que Truman Capote hacía decir a un personaje suyo, en Plegarias atendidas, que la felación es el mejor ejercicio para la mandíbula, pero sí que eran tiempos en que lo allí narrado se tomaba bien a pecho. Capote sabía no inventar al mencionar el sexo como el motor de la vida editorial de Nueva York, pero como amigo de Andy Warhol tendría mucho que contar, sin decirlo. Eric Clapton, alguien me ha dicho, confesaría que su mejor hembra había sido el Mick Jagger que luego desfilaría en Studio 54, la discoteca insignia de la movida neoyorquina en los setenta, y por esos años, iniciando la década, Angela Bowie, esposa de David, encontraba en la cama al líder de los Stones acostado con su marido, de lo cual saldría ese himno a los sentimientos calcinados, Angie. Mientras tanto, la RCA publicitaba un nuevo álbum, producido por Bowie, de este modo: “En la niebla de toda la infatuación, la burla depravada y los seudo-anarquistas de la sexualidad, Lou Reed es la verdad”.

    Vicious: insuperable arranque de Transformer

    Se trataba de Transformer, uno de los más grandes e influyentes elepés del rock en la historia. Como lo indica la cuña citada, la revolución sexual de la década anterior cobraba en Transformer un nuevo cariz que el disco se preciaba no solo de representar, sino de reivindicar: algo más que la libertad: la exaltación de la diversidad, y de una diversidad transformista. El propio Reed afirmaría luego, en el documental Rock and Roll Heart (Greenfield-Sanders, 1998): “Algunos dicen que yo podía haber estado al frente de todo”, y aquello era, de nuevo en sus palabras: “Glam rock... Androginia… Sexo polimórfico… Yo estaba justo en el centro”. Eran los años en que el feminismo, la teoría queer (en literatura, cine o sociología) y diversos movimientos gay en Estados Unidos y Francia, luego de los polémicos y fundacionales disturbios de Stonewall, en Nueva York, aprovechando además los postulados de otras teorías como el deconstructivismo, llegaban a manifestar: “Ser heterosexual no es natural”.

    Venus in Furs: una de las primeras joyas de Lou Reed

    De otro lado, luego de la tragedia de Altamont, en el concierto gratuito de la gira de 1969 de los Rolling Stones, el rock entraba cada vez más en una onda comercial que llenaba de indignación a toda una corriente anti-sistema en franca decadencia. Ahora el rock era un espectáculo fastuoso que se apartaba de las vertientes pacifistas y sicodélicas de los sesenta para andar otros caminos menos básicos, o más elaborados: el metal fundado por Led Zeppelin y Black Sabbath, el rock sinfónico de King Crimson, Jethro Tull o Pink Floyd y, por supuesto, ese Glam Rock exhibicionista, chillón, en que David Bowie era el rey. Otras bandas como T. Rex o los New York Dolls participaban con suficiente versatilidad en lo que era, más que nada, el maquillaje fosforescente de una actitud sexual incluso más provocadora que desinhibida, pero el espectáculo de Ziggy Stardust, el andrógino alter ego creado por Bowie en su legendario disco The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders of Mars, era el referente absoluto del Glam.

    Starman

    Esta corriente era producto y, aun más, expresión de esa era en que, al tiempo que todo se volvía un objeto de consumo, exigía una nueva atención, y un cambio, no siempre reconocido. Los gay (un término apenas acuñado por entonces), no negaban ni reñían necesariamente,  como lo demostró Harvey Milk, con las lógicas del sistema, pero demostrar los favores de una apertura mental según la cual la homosexualidad podía acceder a un estatus de ciudadanía igual al de la familia heterosexual, era ya un choque fuerte con el patriarcado y la cultura hegemónica. La índole de la revolución mental de la que el Glam Rock, sin duda, hace parte, a principios de los setenta, y que aún no termina, sino que, por el contrario, es del todo vigente, es la otra cara de la moneda del rock y la revolución sexual en que esta música nació. Si la música, como nos dice Yehudi Menuhin, siempre es sexual, el rock como espectáculo precisa e impone una liberación, por contradictorio que parezca, de los roles acostumbrados.

    I’m Waiting for the Man: la fuerza primordial de Reed

    Bowie, como afiebrado de Andy Warhol, ese artista que demostró que en la estética y, por ende, en la mentalidad de la sociedad de consumo, todo es arte, o es decir, “nada es natural”, tuvo que dar la valoración justa, pero una que resultaría pionera, al disco que aquel produjera en 1967: The Velvet Underground & Nico. Allí, la fuerza de temas originalísimos y ampliamente divergentes como Sunday Morning, I’m Waiting for the Man y Heroin, mostraba un camino por andar para cualquier ser desubicado en el mundo, de modo más violentamente crudo y seductor que como lo indicaran los Stones de Out of Our Heads. Así que cuando Lou Reed, líder de Velvet, y David Bowie se encuentran, debido en buena parte a que Bowie ha incluido algunas canciones del primero en sus conciertos, resulta normal que el segundo se ofrezca a ayudar, tal como hiciera con Iggy Pop, a quien fuera una de sus primeras influencias y que, luego del fin de Velvet Underground, acababa de fracasar con su primer disco como solista.

    Walk on the Wild Side: el momento clave de Transformer

    Curiosamente, Lou Reed se acababa de casar, pero su creación al lado del famoso “rey lagarto” (Bowie), hacía piropo a los excesos (“Vicious, you hit me with a flower”…, canta el primer tema), invitaba a todo homosexual, en la juguetona Make Up, a “salir del clóset”, y a la humanidad en general le sugería al menos echar un vistazo a la existencia de un instinto sin prejuicios, y dar “una caminata por el lado salvaje”, todo con un sonido que era el perfeccionamiento afilado y brilloso de cuanto hubiera hecho Lou Reed antes. Con todo, la precisa dicción y la singularidad creativa de Reed hacen de él tanto un guía como un portaestandarte generacional, fácilmente reconocible y beligerante, del que uno debe guardar distancia tanto como ama su arte, porque como narrador de la vida pareciera encubrirse al mejor estilo del verdadero transformista. “But she never lost her head / even when she was giving head”, es una línea que habla de Candy Darling, en la Factory de Warhol, pero parece retratarlo de cuerpo entero.

    Satellite of Love

    Porque a cuarenta años de su lanzamiento, Transformer es un disco cada vez más mágico, tierno e impetuoso, y no sabe uno si es triste o alentador que sus insinuaciones sigan siendo igual de respetables que revolucionarias. Lo más claro que podría decirse al respecto es que la música, en genios como Lou Reed, representa el misterio inaprensible de una humanidad íntegra que los códigos sociales buscan encerrar en conductas dictadas casi siempre por el miedo. Especialmente en temas como los delicadísimos Perfect Day, Walk on the Wild Side o Satellite of Love, el arte de Reed y Bowie es un trabajo esforzado por cristalizar ese difícil amor tan natural como la furia, pero tan imperfecto y así de conmovedor en sus expresiones como ella. De ese modo, Transformer es quizá la mejor expresión en el rock, la más acabada y vencida, de que lo artificial (o pensado), y no solo –y nunca del todo– lo natural, conduce a eso que más merece estima: la madurez en el afecto, para conversar y callar en confianza.

    Perfect Day: uno de los temas más bellos de la historia