• Espacio de difusión y debate sobre el video y el cine nacional, y sobre temáticas relacionadas. Tribuna abierta a la diversidad y plataforma de discusión estética y política.

    Kinetoscopio 100




    UNA HISTORIA IMPERSONAL

    Por Santiago Andrés Gómez

    Guarne, diciembre de 1991
    De izquierda a derecha: Guillermo Ríos, Santiago Andrés Gómez, Fernando Gómez, Fernando Arenas, Lía Master (de espaldas), Paul Bardwell y Luis Alberto Álvarez

    Alguna vez, en medio de cierto escándalo acaecido en el año 2008, oí a alguien hablar con ironía de la revista Kinetoscopio, y muy graciosamente, llamándola “la revista Vanidades”… Mi propósito con este texto es un imposible, e incluso podría considerarse inútil, pero obedece a la convicción de que hay que mirar los 100 números de Kinetoscopio (es más bello escribir cien en números que en letras) como un compromiso de la ciudad, o de nosotros, con nuestro propio futuro, un compromiso menos institucional que personal, y menos personal que espiritual.

    El escándalo de marras es algo que no está de más rememorar: se situó en un momento en que la revista pasaba por una aguda crisis de legitimidad en el interior mismo del Centro Colombo Americano, y los rumores y exaltaciones que sufrimos quienes estábamos cerca de Kinetoscopio dieron como fruto una carta firmada por más de sesenta cinéfilos, críticos y cineastas (entre ellos Luis Ospina, Héctor Abad Faciolince, Marta Rodríguez, Vïctor Gaviria, Ciro Guerra, Andi Báiz, Pedro Adrián Zuluaga, Juan Carlos González, Oswaldo Osorio, Felipe Moreno, Jorge Navas y un largo etcétera), en la que se pedía al Colombo mantener una actitud de protección hacia la revista, que era ya entendida y amada como un patrimonio cultural de la nación.

    El gran Luis Alberto Álvarez
    Decano de Kinetoscopio durante el periodo inicial de la revista

    No era la primera vez que Kinetoscopio pasaba por una crisis como esa, pero la muerte de Paul Bardwell, unos años atrás, dejaba a la revista mal parada frente a una Junta Directiva que, bien pronto, frente a la carta, hizo explícito su interés indeclinable por apoyar la revista. Luego de esa coyuntura y de aclararse las cosas, Kinetoscopio ha seguido marchando de la mano de Juan Carlos González como editor y de Andrés Murillo como director, todo bajo políticas que, para nadie es un secreto, no dejan de ser bastante distintas a las que, por ejemplo, cuando se llegó al número 50, contaban a Paul Bardwell y Pedro Zuluaga como corazón y cerebro, respectivamente, de la revista. Que hoy en día escriba en Kinetoscopio una pluma como la de Carlos Losilla puede ser un síntoma de la buena salud del proyecto editorial. Paso entonces a la consideración del futuro.

    El cine que Íñigo Montoya y Trucha Frita evocan en la historieta que cierra el número 100 de Kinetoscopio, y por cuyo futuro suspiran, es, y lo saben bien quienes trabajan en la publicación, una nube desmechada en sinnúmero de nubes menores, más delgadas, pero acaso más insidiosas, y letales, o acaso no. De la rentabilidad de su arduo rastreo nosotros nada sabemos, pero en la carta de 2008 a la que no por nada hago referencia (y que redactó quien esto escribe junto con Adriana Rojas, asesorados por Óscar Molina, director de Kinetoscopio previo a quien lo era por entonces, Catalina Uribe), se precisaba que no era ese el asunto por pensar, si se tenía en cuenta que el Colombo Americano goza por su actividad cultural de notables beneficios tributarios, y aun más que hacía poco había sido destacado por el Concejo de Medellín en una importante distinción por su labor en ese campo, labor que nosotros llamamos, en virtud de su pasado y del renombre cosechado, una misión.

    Paul Bardwell
    Un verdadero gigante

    Hoy es muy poco, casi nada lo que queda de ese Colombo del que, sin embargo, todos hablan como queriendo que todavía existiera, ese en el que las exposiciones de arte, los ciclos de cine, el centro de documentación de la Biblioteca, la videoteca misma, bullían de amor y de creatividad, bajo el influjo de ese gestor entrañable, arriesgado e inteligente como pocos, tal vez como nadie, que en 2013 cumplirá diez años de muerto sin que nadie sepa conmemorar su fallecimiento como es debido: Paul Bardwell. Entre tanto, la revista Kinetoscopio ha girado su rostro ante esa nube pletórica de sueño y trueno viviente que, al decir de Carlos Heredero en el pasado Festival de Cine de Santa Fe de Antioquia, es no el cine, sino el audiovisual en el mundo. Kinetoscopio, en términos generales, se regodea en un pasado cinematográfico que es el gusto de su editor, y no lo hace mal, pero mira el audiovisual contemporáneo con criterios del siglo pasado: dedicándole una sección raquítica y como si fuera una cuestión puramente técnica.

    Medida por festivales, la conciencia que la publicación pareciera tener de la creatividad en el orbe se reduce al mismo paisaje que nos pintaba el cine hace cien años en Ecrán o esas revistas de principios del siglo XX: que el cine es algo para privilegiados, que su razón de ser es una fábrica de sueños, y que el crítico es un estatus que se basta, sin vacilar, con la nostalgia y el apunte. Si Óscar Campo nos pedía en cierto momento que fuéramos más rigurosos y sagaces en el análisis de las películas, hoy el esforzado gestor y afilado cineclubista Wilson Montoya no duda en afirmar que Kinetoscopio huele a naftalina. Dudo que eso redunde en mayores ganancias, pero en cambio sí está en perfecta consonancia con el museo empolvado de ruinas en que se convirtieron las salas de cine del Colombo Americano, y en general toda la institución. Tal vez por eso lo mejor quizá sea dejarlo en paz. Ya no nos atañe.

    Vivir por el cine
    Más que una (linda) foto

    Al contrario, la vida que nutre al cine, y aquí sí brinco, esos chispazos del iris, el agua que corre, eso que calla frente a nosotros, la muerte vecina en que andamos, nos piden un movimiento más grácil. Este blog es parte segura de ese movimiento, pero no se queda allí. Otros relatos lo nutren, y de eso puede dar fe cualquiera. Como si siempre cambiara de rostro, fiel nada más al fluir de la corriente, sin duda que el cine renacerá en cualquier parte donde la codicia y la venganza de nuevo se amoneden. Sin duda que el cine respira con uno desde siempre, y que no hay lugar donde no sea, porque a la noche nada escapa. Como decía la admirable revista Marienbad, no se trata de congelar a los difuntos (en una linda foto), sino de asimilar los seres, de ayudarlos a avanzar hacia la siempre viva luz. Porque el cine no se queda en la gloria y los chismes de un pasado jamás lejano. Todo es madera salvaje, y el cine un relámpago que te atraviesa constantemente, llamado y seducido por la memoria. La película hay que hacerla en otra parte.



    Tú no te alarmes. Otro cine será el que te redima, revista querida.