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    Notas sobre un documental enamorado




    UNA PRUEBA DE FUEGO

    Por Santiago Andrés Gómez

    Recuerdo de los tréboles (Gómez, 2012)

    La realización de Recuerdo de los tréboles (Gómez, 2012) nos ha supuesto en Ojo Mágico desvelos sin tregua, más de tres enviones, discusiones fragorosas, angustias frente al mañana, pero también la reafirmación de una convicción profunda sobre la necesidad de permanecer en el camino del video independiente. Cuando apenas estábamos en la etapa del guión, el compañero Andrés Montoya, realizador de televisión, y la directora de programación de un canal local, a quienes les mostramos el proyecto, nos recomendaron hacer algo, en sus palabras, con más gancho, menos denso. Para nosotros, y ha sido la mayor alegría comprobar hasta el momento que teníamos buena parte de razón, el valor añadido, o el plus, como se dice a veces, de Recuerdo… es justamente su cuajada, su espesura.

    Hemos dicho en las dos presentaciones que ha tenido el documental, en su estreno en el teatro Lido, y en el Festival de Cine y Video de Santa Fe de Antioquia, que los modelos principales para su elaboración fueron los documentales sobre cine de Kevin Brownlow, en especial su descomunal serie de televisión Hollywood: The Pioneers (1980), que hizo mis delicias cuando la emitió la televisión colombiana en 1989, y dos de sus varias miniseries documentales, las dedicadas a Chaplin y Keaton, que me dio a conocer Luis Alberto Álvarez, así como los muy grandes filmes-ensayo de Martin Scorsese sobre cinematografías y directores amados: A Personal Journey with Martin Scorsese Through American Movies (1995), My Voyage to Italy (1999) y A Letter to Elia (2010).

    Recuerdo de los tréboles (Gómez, 2012)

    El afán era similar a la primorosa arqueología de Brownlow y a la emotiva filia de Scorsese, de modo que su influencia va más allá de la lógica narrativa: está en el impulso de destacar aquello de lo cual, como dije alguna vez, “parece que no nos diéramos cuenta”: la maestría cinematográfica de Gaviria. Para ello hicimos las pesquisas debidas por donde mejor pudimos, y no siempre fue así de fácil como pueda parecer a quien no tenga un acceso tan realmente privilegiado a los archivos de Gaviria como lo tuvimos nosotros. La historiadora Adriana González, por afortunada coincidencia, había recibido hacía poco una beca del Ministerio de Cultura para rescatar esos archivos, y su colaboración fue esencial, y Jorge Mario Álvarez, de Tiempos Modernos, nos dio una mano providencial en la consecución de algunos filmes.

    Wilson Montoya, de Pulp Movies, cabeza impagable de la muestra anual Indi-Visible, y Pilar Mejía, documentalista guerrera de Ojo de Tigre, quisieron ayudarnos aun más de lo que pudieron en la edición, pero diversas circunstancias, dentro de las cuales no era la menor la estrechez de los tiempos en que nos deja respirar el ritmo de la vida cotidiana, impidieron que con ellos lleváramos el documental a buen término, aunque algunas de sus intuiciones y aportes marcaron para bien el destino de la película. Al final, Adriana Rojas y yo pudimos dedicarnos como nos era más pertinente al ensamblaje de ese primer guión que no quisimos nunca adulterar con la visión infantil que casi siempre termina impulsando la televisión, más condescendiente con que cómoda para el espectador, pero que sí alteramos varias veces en función de la coherencia y la claridad.

    Recuerdo de los tréboles (Gómez, 2012)

    El final fue lo que más se rediseñó, bajo las estimulantes exigencias de Adriana, y casi sin darnos cuenta vimos cómo se armonizaba todo y retornaba al comienzo… En lugar de una puesta en escena con un espectador viendo el cine de Gaviria, el filme se cierra entonces con un trío de ejemplos de los largos del director en los que la muerte se sublima de manera no mágica, sino en éxtasis de pasión contemplativa. La frase del texto La representación de la realidad, de Bill Nichols, vuelve de nuevo, segmentada, como al principio, en tres fragmentos superpuestos a las imágenes de ese cine, empapadas de mundo: “El reto está en escuchar lo que tienen que decir los otros / que no están contenidos ni embalsamados, y que se representan a sí mismos / evocar una conversación de toma y daca que es importante para ambas partes”…

    Gaviria poniendo su rúbrica en Cannes, 1990

    Esta película, como ya hemos dicho, es el inicio de una serie de documentales sobre maestros del cine colombiano, y está ligada al reconocimiento de la Lágrima de Fuego, que otorgaremos a esos maestros. La experiencia ha sido, precisamente, una prueba de fuego para nosotros en Ojo Mágico. La deuda eterna existe con la familia, que nos ha acompañado y soportado en nuestros momentos de vacilación a cada instante, pero cada día estamos más convencidos de que, como nos decía Catalina Alcaraz, productora de cine colombiana residente en Savannah, Estados Unidos, se trata de un aporte a la historia del medio. Más allá del recuento de los avatares del cine en Colombia, lo que buscamos es penetrar en esos misteriosos enganches que tejen al autor con su tiempo en obras que, como debemos agradecerlo desde ya, perdurarán a través de los años.


    Música original de la serie