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    Rémi Gaillard y sus videos anarquistas



    CUIDADO CON EL PERRO

    Por Santiago Andrés Gómez

    No sé a carta cabal quién es Rémi Gaillard, aunque en la entrada de Wikipedia que lo reseña se nos cuenta que es una de las principales personalidades de la “Culture Jamming”, en la que podemos incluir como predecesores al espectáculo sadomasoquista de Jackass, en el MTV de los noventa y en sus posteriores largometrajes, y, desde luego, a la clásica Cámara escondida (Candid Camera), de Allen Funt, en la cual, durante los sesenta, hiciera algunas apariciones memorables nada menos que Buster Keaton. Gaillard es un fenómeno en Internet, y las visitas a sus películas en YouTube superan con creces los mil millones (la más vista es Mario Kart, con más de cincuenta millones de visitas). He aquí un ejemplo que considero encantador: Gaillard surfeando con una mesa de planchar (y con peluca amarilla), en Surf.

    Surf

    En este clip, hecho, como todos, en video, y sin ninguna pretensión artística, existe esa suficiencia del lenguaje que permite a los realizadores crear una presentación, tejer una continuidad o, al menos, una secuencia en el tiempo, con fantasía incluida, hacer transiciones y llegar a un cierto cierre, sin necesidad de pensar mucho, en acuerdo con un evento, una performance que Gaillard, como protagonista y director, lleva a cabo, y a la que bastaría con seguir. Pero este acuerdo no es el del simple seguimiento, en realidad. Gaillard es mucho más que un simple artista de la Culture Jamming: sus conocimientos y aptitudes en el lenguaje cinematográfico pueden parecer rudimentarios, pero él tiene la competencia necesaria para que en sus videos más trabajados (más de uno ruge porque les digo películas), la disposición de los camarógrafos pase inadvertida y uno crea que el registro, incluso de ensueños subjetivos, como cuando el surfista se imagina rompiendo olas, es puramente documental, viendo que no es así, ni de lejos.

    Mario Kart

    En Mario Kart, cuando el carro de Mario Bros (Rémi) pasa simplemente por una calle de un lado a otro, en medio de su correría, la cámara tiene que haber estado esperándolo, y Gaillard o sus realizadores han de haber pensado muy bien en el sentido y la ubicación de tal escena. Lo dicho es, como se dice, “puro Coquito”, un ABC muy elemental en la realización, pero lo hago notar para enfatizar la insidiosa elaboración, que no ha sido poca para esta y todas las películas de Gaillard, empezando por la consecución del disfraz y siguiendo, en general, con todo el esfuerzo de producción para que este hombre llegue a enfrentar como lo hace las expectativas de una civilización que no soporta que alguien se salga de los rieles con cuya liberación especula en elevada usura al vendernos a cada instante, en cada nuevo gadget, el sueño de la autonomía total. Todo parece hecho realmente en este mundo para que te quedes callado mientras juegas.

    Kangourou

    Gaillard ha hecho muchas películas, y algunas son más claramente subversivas que otras, que parecen simples payasadas, pero en este sentido la alucinante Pac Man no es menos inteligente que Kangourou, solo que, como en las buenas películas, se hace necesario ver esta completa para entender el desequilibrio al que nos somete este perverso antisocial. La imagen de Gaillard, disfrazado de canguro, mostrando un letrero que dice “Australia” a un avión, como para que lo recoja y devuelva a su hogar, en el final de Kangourou, luego de brincar y hacer destrozos sin miramientos durante todo el filme, se me hace un momento incomparablemente lúcido del cine de hoy para expresar el absurdo del confinamiento no solo de los animales en las jaulas de los zoológicos, sino de los seres humanos en nuestra admiración reprimida por todo cuanto nos es ajeno y nos ufanamos de llamar hermoso en lo salvaje o inocente de los animales. La libertad y sus bellezas y licencias están muy bien, pero tras las rejas, y si se salen hay que acabar con ellas.

    Pac Man

    No sabemos si así deba ser, pero Gaillard no se ocupa más que de mostrar cuánto nos contraría, y, por ejemplo en Pac Man, cuán espantoso es el direccionamiento al que nos someten nuestros estilos de vida para el disfrute y el gozo. No creo que sea del todo o simplemente instintiva la concepción de estas películas, en las que más que conseguir un disfraz ha debido, por ejemplo en esta, crearse todo un vestuario y una pequeña conspiración entre amigos para jugar como niños en recintos que tornan tanto más peligrosos cuanto exclusivos son, como el campo de golf donde Gaillard recibe un palazo que pudo haber sido mucho más grave… La enormidad de las molestias a las que nos somete Gaillard es tal que cualquier reacción natural, a estas alturas, se muestra mucho más irracional que lo que él hace. Quién es el antisocial, está claro, pero en últimas su contagio de alegría pura, sin motivo, tan romantizada por nuestra civilización, despierta verdadero encono, si no persecuciones policiales, tan frecuentes en su obra.


    Rémi Gaillard es un genio en la línea del slapstick de Mack Sennet, y tal vez la propia forma de difusión de su obra, en conjunto con su forma característica o autoral de expresión audiovisual, haga parte de un nuevo cine que apenas se está gestando.


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