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    Documentales indispensables hoy (7): Punishment Park (Watkins, 1971)




    LA FALACIA DE LA LIBERTAD

    Por Santiago Andrés Gómez


    Punishment Park (Watkins, 1971)
    Cinta clave del falso documental

    Aunque no hay discusión en torno a la cercanía y aun vigencia del verdadero auge del “mockumentary”, “fake” o falso documental, e incluso aunque es bien sabido que hay importantes predecesores del sub-género, no siempre se hace justicia al complejo interés de cuanto implica. Desde luego, pese a que muchos los califiquen de tal forma, no son Zelig (Allen, 1983) ni F for Fake (Welles, 1973) los primeros ni esenciales antecedentes. Saltando momentos de conciencia tan realmente fundacionales como la secuencia paródica del noticiero en Ciudadano Kane (Citizen Kane, Welles, 1941), los falsos documentales, en propiedad, nacen con el cine, en las actualidades recreadas de Georges Méliès, como El caso Dreyfus (L’affaire Dreyfus, Méliès, 1899) o La coronación de Eduardo VII (Le couronnement du roi Édouard VII, Méliès, 1902).

    Es decir, estas películas, que de hecho se publicitaban como filmes “más reales que la naturaleza”, no eran de ningún modo la parodia que el falso documental es, y cada día más, desde Ciudadano Kane. Y si atendemos a la práctica probada de muchos cineastas de principios de siglo, desde el camarógrafo Doublier, empleado de los Lumière, hasta el gran documentalista Joris Ivens, de presentar a un público incauto determinadas imágenes haciéndolas pasar por otras semejantes, podríamos entender que el veneno que destila del falso documental no surge tanto del escamoteo de la imagen como del poder cognitivo del discurso, poder que comparte con el documental en rigor, por un viraje hacia sus recursos argumentativos y retóricos, valga decir, su capacidad de énfasis y de sugestión.


    “La prueba de lo real” en el falso documental
    Ciudadano Kane (Citizen Kane, Welles, 1941)

    En este sentido, el falso documental nos puede conducir, como lo han hecho en nuestro medio Un tigre de papel (Ospina, 2006) y El proyecto del diablo (Campo, 1999), no tanto hacia verdades históricas como hacia verdades de la Historia, realidades subyacentes tanto al texto como a la experiencia colectiva, principalmente por medio de la metáfora. El “mockumentary” sería todo lo contrario de la mentira que simula enarbolar, para encarnar la función profunda del discurso documental: argumentar, debatir, vindicar, reivindicar, todo en una dimensión mental que atrae por una cercanía a la realidad que jamás es la de la relación directa, pero que sacude por el influjo que ejerce sobre nosotros el cúmulo de efectos, muy contradictorios a veces, que el cine consigue de diversos modos y desde diversos ámbitos.

    Un maestro relativamente temprano, y quizás el más legítimo antecesor del falso documental contemporáneo, es el veterano realizador inglés Peter Watkins, formado en la rica cantera de la BBC de los sesenta, junto con Ken Loach y otros, como director de docudramas sociales que pronto captaron la atención y levantaron las protestas de algunos sectores del público inglés, justamente, por hacer difícil el discernimiento de lo que era real y lo que era ficticio, en el tratamiento de temáticas que al parecer exigían exactamente esa claridad. Watkins, en los sesenta, llevó al extremo las posibilidades críticas del docudrama, en cintas como Culloden (Watkins, 1964) y El juego de la guerra (The War Game, Watkins, 1965). Con Punishment Park (Watkins, 1971), le daría un giro diabólico al cine directo, con una cinta de ficción que llega a desmadrarse.


    Punishment Park (Watkins, 1971)

    Con todas las marcas de estilo del reportaje televisivo de aquellos tiempos (cámara al hombro, movimientos bruscos en busca de un seguimiento cercano de las acciones, una narración que contextualiza y va narrando en términos generales lo que escapa a la filmación, y luego algunos diálogos espontáneos, más que entrevistas, de los realizadores con los sujetos filmados), el filme inicia con la exposición de dos espacios, uno de los cuales derivará posteriormente en un tercero. En un campamento situado en un desierto, un grupo de acusados es condenado a sufrir varios años de cárcel, a no ser de que opten por pasar cuatro días en “el parque del castigo” (“punishment park”). Todos optan por ello, y mientras les son indicados los reglamentos que se deben seguir en el parque, otro grupo de acusados llega para ser procesado.


    La Historia en el falso documental
    Punishment Park (Watkins, 1971), o los ecos del proceso a los “Siete de Chicago”…

    La cinta alternará entre las peripecias que deben correr los condenados y el proceso que se sigue a los acusados. Aquellos deben alcanzar una bandera de Estados Unidos, a más de ochenta kilómetros, cruzando el desierto, sin agua ni alimentos, y soportando la persecución de un escuadrón de policías que sale en su busca una hora y media después de iniciado lo que luego todos llamarán, no solo como un decir, “el juego”. Entre tanto, los acusados intentan explicar el porqué de sus acusaciones, casi todas por incitar a la rebelión, a modo de protesta, o por negarse a prestar el servicio militar e ir a la guerra. La confrontación ideológica se ve, igual que la confrontación física del parque, dominada por la autoridad del establecimiento, que da a los acusados la libertad de expresarse, pero sin permitir un examen racional de las posiciones.


    Punishment Park (Watkins, 1971)

    Digna de resaltar es la capacidad de Watkins para escoger y dirigir actores, o más bien personas, tan íntimamente relacionadas con su rol ficticio (los jueces, los acusados, el abogado, los policías) que la contrariedad ideológica de la realidad emerge en palabras dichas con total convicción, y se verifica en acciones que dan estremecedora fe de un conflicto que se reactiva en el interior de la patraña fílmica. En un momento dado, los policías se enfrentan a los inermes condenados en el parque en una situación desigual que ante los ojos del espectador se reproduce de modo tan contundente que poco importa incluso que haya sido (como en efecto fue) real, desbocada, sino que evoca con escalofriante elocuencia los momentos fatídicos de la realidad histórica que, con toda seguridad, inspiraron a Punishment Park, especialmente la masacre de Kent.


    Punishment Park (Watkins, 1971)
    La Historia en el falso documental
    Punishment Park (Watkins, 1971), o los ecos de la masacre de Kent…

    Con todo, el final de la película, ese alegato de los realizadores con el cuerpo de policías, descree trágicamente de la eficacia y aun del sentido de ella misma, si bien no certifica las palabras de uno de los agentes cuando acusa al equipo de cineastas de estar buscando plata con su trabajo y nada más. Si acaso fuera así, si estos cineastas fueran únicamente en busca de lo que se suele llamar “una exclusiva” noticiosa, ya sea solo al principio y que luego los sucesos los hubieran transformado, o también al final, esto no va en desmedro de su sensibilidad inmediata ante la muerte injusta de otros y el inmerecido peligro propio. En cambio, es mucho más decisiva la, más que fría, gélida y absoluta seguridad con que el superior de todos dice, simplemente: “Esto se repetirá las veces que sea necesario”, frase con que termina la cinta.


    “Esto se repetirá las veces que sea necesario”
    Punishment Park (Watkins, 1971)

    Punishment Park no pasó comercialmente en Estados Unidos, aunque ese público juvenil que con tanto ahínco empezaban a buscar las distribuidoras desde Easy Rider (Hopper, 1969) hubiera asistido a su exhibición en no pocas cantidades. Las razones para negarse a difundir el filme, mejor dicho, no eran, por supuesto, comerciales. Hay algo agreste, cegador, incómodo en la cinta, que la hace, si no inolvidable, al menos sí fácilmente recordable, identificable en el cúmulo de experiencias de quien la haya visto, y ciertamente llama a la sublevación, aunque ese llamado no sea más que asustador para muchos y, por ello, quizá provoque reacciones más conservadoras que un filme utópico. El valor de Punishment Park está en mostrar la falacia de la libertad en una sociedad que condiciona destinos arrullándonos en el sueño del bien y el mal.