• Espacio de difusión y debate sobre el video y el cine nacional, y sobre temáticas relacionadas. Tribuna abierta a la diversidad y plataforma de discusión estética y política.

    Nieve (2012) y Oslo (2012), de Juan Soto




    JUSTO UNA IMAGEN

    Por Santiago Andrés Gómez


    Nieve (Soto, 2012)

    El corte es el elemento central de la edición cinematográfica, un tipo básico de transición que, en el cine narrativo (sea o no de ficción), generalmente implica simultaneidad, y casi siempre una inmediatez física, entre las imágenes que une, para dar progresión a los hechos de la trama. En ocasiones, el corte, visual o sonoro, o ambos al tiempo, también separa secuencias o grupos grandes de imágenes de modo más abrupto, lo cual es una marca de estilo en el cine verista, aunque no privativamente. En estos casos, el corte puede convertirse en un comentario, e incluso, como he dicho alguna vez hablando de Katzelmacher (Fassbinder, 1969), puede llegar a sustituir la propia reacción emotiva de los actores, la cual asume por un efecto de elisión.


    Suzanne (Sandrine Bonnaire) y su padre (Maurice Pialat)
    en A nuestros amores (A nos amours, Pialat, 1983)
    Obra ejemplar del corte seco

    Por ejemplo, para hablar de un maestro del corte, el francés Maurice Pialat, en dos de sus obras maestras, A nuestros amores (A nos amours, 1983) y Bajo el sol de Satanás (Sous le soleil du Satan, 1987), cuando Suzanne, en la primera, al llegar de una fiesta, muy tarde, da un beso a su trasnochada madre, la imagen se queda en esta un momento, y luego, apenas cuando ella se toca ligeramente la mejilla y gira un poco su cabeza, asombrada del gesto de ternura, el director corta, resaltando su estupor, igual que cuando Mouchette, en Bajo el sol..., al descubrir que nadie le creerá la verdad, su confesión sobre la muerte de su amante, a quien ella ha asesinado, Pialat deja que oigamos su aterrador grito apenas una fracción de segundo, para pasar a otra cosa con el aullido del infierno como musitado en nuestros oídos.

    En Colombia se ha visto desde hace poco, especialmente en la obra de Felipe Guerrero, pero también en la Nueva Ola Caleña (Ruiz, Vega) un despunte de esta conciencia intensificada en torno a un corte que no depende de la contigüidad sino que constituye en sí mismo una afirmación sobre los límites de la imagen, sobre su capacidad significativa y la justeza de la mirada. En este sentido, el quindiano Juan Soto, egresado de la Escuela Internacional de Cine y Televisión San Antonio de los Baños, radicado actualmente en Londres como editor, es un atento e intuitivo representante de esa tendencia. En películas como 19° Sur 65° Oeste (2010), ya reseñada en este blog 
    (ver http://maderasalvaje.blogspot.com/2011/07/cine-no-universo-audiovisual-4.html ), 
    y en las recientes Nieve (2012) y Oslo (2012), se hace evidente la exquisita capacidad que tiene Soto de captar la pertinencia de una imagen según el ritmo que desde el interior de su aliento recupera el corte, y en su empalme con la siguiente y, en general, como quisiera Eisenstein, con la armonía del conjunto.


    Nieve (Soto, 2012)

    Esto promueve un crescendo en el interés que despierta lo que de otro modo serían imágenes taciturnas, cuando no endebles, las que el propio Soto hace con una Canon 7D casi en todo momento de su vida. En Nieve, al contrario de 19°..., se acude a recursos nuevos, como la tipografía de un diario que da a la estructura un contenido más dramático, relativo a la esperada primera caída de nieve en el invierno, la primera que verá Juan en su vida, y al contexto internacional, colmado por la expectativa que genera en Europa la crisis de Grecia. En un momento dado vemos una imagen que parece puro espionaje a Dios, una imagen temblorosa, como subjetiva de malvado, que mira por entre el tardío cortinaje de la ventana hacia el afuera más simplón, pero sabemos que la espera es la de los copos, y de pronto se asoma un avión en la lejanía y pasa, más lánguido que la cortina.


    Nieve (Soto, 2012)

    Esto es hermoso, de esa hermosura propia de cierto cine francés, pero que se afina con la mesura milagrosamente silenciosa del trato de una cámara algo más que intimista, del todo integrada a la vida de su guía. El día que al fin nieva, Juan, su novia y otros inquilinos de la casa que han arrendado a un griego, están en la complicada situación de que el casero ha desaparecido con los varios miles de libras que habían dejado en depósito. La realidad se percibe como una coyuntura penosa, no menos inmerecida por el delito del griego que lejana aunque ineludiblemente atribuible a un contexto social turbulento, pero la llegada de la nieve se convierte en un pequeño milagro, un milagro de pura belleza, que se les da a Juan y a su esposa por el mero hecho de existir, y que es feliz porque pueden compartirlo, también con nosotros (fenomenal cómo se pasan la cámara).


    Nieve (Soto, 2012)

    Oslo es cosa muy distinta, pero no menos hábil e inteligente en su construcción. Así como en Nieve, Oslo articula realidades diversas, o diversos niveles de la realidad, en una suerte de dramaturgia a posteriori, que elimina de un cúmulo de imágenes sin duda mucho más vasto y complejo de cuanto podamos imaginar, todo cuanto no contribuya a la expresión de una situación y un sentimiento muy precisos. Pero lo que antes era la experiencia íntima, ahora es el ciclo, diríase hindú, de los procesos de paz en Colombia, alternados con e incluso en verdad contados por medio de las visitas de los presidentes de Estados Unidos a Colombia. El nombre 'Oslo' hace referencia obvia a los actuales diálogos del Gobierno con las FARC, pero la sensación que queda después de ver la película es una desesperanza que luego, al otro día, los diarios comienzan a reafirmar. Engaño tras engaño, incriminación tras incriminación, fracasos consecutivos de la busca de la paz mientras el país cumple obedientemente una agenda dictaminada por intereses extranjeros en acuerdo con gobernantes poco confiables, pareciera ser el más exacto resumen. Entre tanto, Juan a sus doce años jugando en una piscina viene a ser un retrato mucho más entrañable de Colombia.


    Oslo (Soto, 2012)

    Juan Soto es un realizador que ha optado seguir en el cine el camino de los desterrados que cada vez se hace más laberíntico y, por tanto, más nutrido de conocidos y amigos, el de Chris Marker, el de Ross McElwee, el de Elías León Siminiani, un camino que si acaso no tiene en el día resonancia por amplitud, la tiene y la tendrá cada día más por intensidad, en baja frecuencia, a fuego lento... Mis respetos, cineasta.