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    No hay dolor ajeno (2012), de Marta Rodríguez y Fernando Restrepo




     
    EL CINE COMO FRATERNIDAD

    Por Santiago Andrés Gómez


    Marta Rodríguez, gran maestra del documental colombiano

    Este jueves 21 de enero comienza el quincuagésimo tercer Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias, y como ha sido inexplicable tradición en las últimas versiones, de nuevo será protuberante la ausencia de la ganadora de la India Catalina a Mejor Dirección y Mejor Película en 1982 (por Nuestra voz de tierra, memoria y futuro [Rodríguez & Silva, 1982]), la decana del documental en Colombia: Marta Rodríguez. Inexplicable, decimos, no solo por la indiscutible e indiscutida importancia de ella en el cine colombiano, sino además porque el documental es un filón cada vez más importante en el mismo festival, un evento del que todos, incluyendo a la propia Marta, reconocemos un nivel en alza, cada vez superior, pero que no debería pasar por alto la importancia de una voz o forma de entender el documental como la que encarna ella: como trasunto de lo real, y no solo como la exploración formal que, con toda justicia, se le reconoce actualmente al género.


    No hay dolor ajeno (Rodríguez & Restrepo, 2013)

    Trasunto de lo real, sin duda, es el documental, y queremos decir: de una realidad feroz, que precisa e implora con urgencia por la beligerancia o discusión abierta de temas candentes, incluso o sobre todo en tribunas como esta, en vez de su silenciamiento o elusión, máxime cuando en su último trabajo Marta Rodríguez hace coro fraterno, con mayor implicación que nunca, con una población civil, y como ha sido recurrente en su obra, indígena, sometida a presiones y chantajes que, muy seguramente, solo podrán cesar escapando a los frívolos discursos usuales, los del periodismo, sobre todo, pero también los más o menos oficiales, incluyendo los de muchas ONG’s, y siendo puestos en relación como problemas de todos. No hay dolor ajeno (Rodríguez & Restrepo, 2012), es el nombre de este trabajo, y nada más pertinente que darle su lugar como lo que merece, más allá de un concurso formalista.

    Y es que la concepción de Marta Rodríguez, como la que alienta a otros cineastas humanistas y gestores universales del cine en nuestra nación, como Víctor Gaviria, descree, aunque desde luego no condena, de la acaso inevitable compulsión por competencias y premios. Otros eran los tiempos en que una obra como Nuestra voz de tierra resultaba ganadora a Mejor Película en un Festival de Cartagena, hoy en día quizá lo más propio sea aterrizar las ideas que nos alientan al asistir no solo a jornadas como esta, sino en general al cine. Y lo ideal sería comenzar mirando, que es lo que hicieron los primeros cineastas de todos los tiempos. En No hay dolor ajeno vemos, con los ojos de los indígenas Naza, que graban con un celular en el momento de un combate entre ejército y guerrilla, justo cuando un “tatuco” (misil artesanal de la guerrilla) ha perforado el techo de una vivienda, acabando con la vida de una niña.


    Desde luego esto no es la información ablandada que ofrecen o, diríase, imponen los noticieros: es una violencia que, aturdidos, apenas si podemos encarar en la película como la solución que siguen proponiendo muchos al arrasador, insufrible conflicto en que vivimos ya mismo, y lo que dure el Festival, y mientras guerrilla y ejército ponen de escudo a la población. En el entierro de Mary Vanesa Coicue, la niña, oímos la esperanza de un padre de familia que sueña con que esta muerte sea la última de un indígena en la guerra, y lo único que puede superar la contrariedad de saber que es imposible que así sea, pues de hecho sabemos que no fue así, es entender justamente que hay una memoria, una memoria audiovisual, tibia y sangrante como un libro de la vida, que si no supera del todo los problemas de la realidad en su acaecer práctico, mantiene la dignidad de recordar uno por uno los nombres.

    Otros temas asume No hay dolor ajeno, especialmente el mencionado escudo que hacen ejército y guerrilla con la gente común, pero también, un tanto más aisladamente, aunque con no menos importancia, las complicaciones internas a que está conduciendo una infiltración entre los indígenas de los grupos que mantienen interés en la guerra. La situación es cada vez más desesperante, aunque al mismo tiempo la resistencia es cada vez más decidida y clara. Las propuestas que ha hecho el CRIC para la mesa de diálogo entre guerrilla y gobierno en La Habana, y que fueron desoídas por este último (especialmente la creación de mesas regionales
    [ver en este blog http://maderasalvaje.blogspot.com/2013/01/editorial-enero-2013.html ]),
     el trabajo profundo de la ACIN (Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca) y su extraordinario Tejido de Comunicación, que acaba de recibir el reconocimiento Bartolomé de las Casas, que confiere la Casa de América, son ejemplos de coherencia en la resistencia, que entre otras cosas dan como fruto un trabajo de memoria como el de Marta.


    ACIN (Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca)

    A Marta, el Festival le ha llegado a ofrecer como contrapartida, en voz de Orlando Mora, la exhibición de su trabajo en los barrios. La respuesta es: ¿y por qué no en primera línea? ¿En qué desmerece la discusión e incluso la acción a la que nos invita Marta, del resto del cine documental? Sabemos que las respuestas a estas cuestiones pueden ser muchas, pero sin duda no se agotan en las usuales salidas: “es cortometraje”, o “no es un estreno”. Resulta que tal vez esté más en nuestras manos de lo que creemos, aunque desde luego nunca será del todo, una apropiación más entrañable y responsable de lo que el cine invoca. En la muestra Colombia al 100% participará Réquiem NN (2013), el muy esperado documental de Juan Manuel Echavarría, sobre los muertos anónimos del río Magdalena, apadrinados por un pueblo de las márgenes. Sería bueno oír lo que un artista eximio como él diría sobre los temas que acabo de tratar.

    Y también sería bueno saber por qué Réquiem NN no está en la competencia oficial de documental, aunque creo suponer y me permito sugerir, que es por lo mismo que no invitan a Cartagena, nada más y nada menos, que a Marta Rodríguez.


    Réquiem NN (Echavarría, 2013)