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    Nuevo y último texto crítico sobre Nadie (Gómez, 2012)




    EL PLACER, CUANTO MÁS FRÍO

    Por Santiago Andrés Gómez

    Prefiero el amor al sexo, y la amistad al amor
    Péguy, citado por Lezama en Paradiso


    Fausto, de Goethe

    En un fragmento de su análisis de la obra de Whitman en El canon occidental, Harold Bloom habla del autoerotismo, o masturbación, como el último tabú de la literatura occidental, apenas encarado francamente, hasta aquel entonces, por el poeta norteamericano y unos años antes por el Goethe de Fausto. En el cine reciente, desde El último tango en París (Ultimo tango a Parigi, Bertolucci, 1972) la masturbación, masculina o femenina, se ha convertido casi en una figura estilística, indicativa en general de la soledad, como sucede, por ejemplo, en Año bisiesto (Rowe, 2010), o en Felicidad (Happiness, Solonz, 1998), pero de maneras a veces tan opuestas como podemos diferenciar entre la enérgica penetración de la tierra del joven campesino en Novecento (Bertolucci, 1976), y la similar pero desesperada embestida contra la pared de la celda del jefe de estación en la contemporánea Bolwieser (Fassbinder, 1977).


    Maria Schneider, en una secuencia inolvidable...
    El último tango en París (Ultimo tango a Parigi, Bertolucci, 1976)

    Lunero, el mulato que enseña los secretos prácticos de la vida a Artemio Cruz, en la novela de Fuentes, parece moverse, según la sutil descripción del mexicano, tal cual como el campesino de Novecento, en un literal acto de amor a la tierra, y en una exaltación de sí mismo similar a las coronaciones místicas de Goethe y Whitman, muy lejos, en todo caso, de las visiones compasiva de Rowe o irónica de Solonz. En Nadie, el cortometraje que terminé con mi esposa hace un año, y que acabamos de publicar en YouTube, trato de mirar con cierto detalle los preliminares y post-ludios de un gesto autosuficiente que, como he dicho en alguna parte, puede preservar a quien en determinada situación lo ejerza de esa infatuación que con el atrevimiento se enmascara en la voluntad propia, enredando cruelmente los hilos de relaciones humanas que siempre existen más allá de nuestra propia percepción y sensibilidad.

    No olvido el grotesco comentario que hace años hacía uno de mis mejores amigos cuando en el colmo de la traba yo me despedía de todos, incapaz de seguir en rumbas que nadie sabía dónde, cómo o cuándo terminarían, pero siempre me reservé cualquier respuesta, que de todos modos se haría muy larga, sobre la acomplejada visión que de la complacencia íntima parecía tener él al decir las palabras que callo. Si como dice Bloom, y aun después de tanta poesía felizmente ególatra en el siglo XX, el autoerotismo sigue siendo un verdadero tabú, es porque el sexo esconde verdades de dominio, feroces aun cuando no menos ilusorias, ideas de un poder no solo aparentemente verificado en la fusión de los cuerpos, sino de veras experimentado como capacidad y atractivo, pero también sugestionado por la parcialidad de la visión. El poder del acto erótico es un poder que se comparte y se pierde, y entraña un pacto.

    Nadie (Gómez, 2012)

    No son falsas las palabras de mi maestra Marta Andreu en el taller que dio hace poco en Santa Elena sobre el desarrollo de proyectos documentales: el amor no es libre. “Siempre debes tener en cuenta al otro”, señalaba la catalana, maravillosamente. Por su parte, Shakespeare, en su soneto 129 decía la lujuria de este modo, sorprendente por su clarividencia, por su amplitud mental y su profundidad expresiva:

    La lujuria es el abandono del alma en un desierto de vergüenza;
    la lujuria, hasta que es satisfecha, es perjura, asesina, sanguinaria,
    vergonzosa, salvaje, excesiva, grosera, cruel e indigna de confianza.

    Apenas se ha gustado de ella se la desprecia, se la persigue, contra toda razón;
    y no bien saciada, contra toda razón, se la odia, como un incentivo colocado
    expresamente para hacer locos a los que en ella se dejan coger.

    Es una locura cuando se la persigue, y una locura cuando se la posee;
    excesiva al haberse tenido, al tenerse y en vías de tener;
    felicidad en la prueba y verdadero dolor probada;
    en principio, una alegría propuesta; después, un sueño.

    Todo el mundo lo sabe perfectamente; y, sin embargo,
    nadie sabe evitar el cielo que conduce a los hombres a este infierno.


    William Shakespeare

    Nadie apunta a ese cielo que apenas si cruzamos, y mira cómo el autoerotismo, en principio frustrante, puede ser en verdad todo lo contrario de ese “desierto de vergüenza” en que gusta de pavonearse la lujuria que nos vende el sistema desde cuando Satisfaction, de los Rolling Stones, la píldora y el primer boom del modelaje terminaron de conformar lo que de todos modos mucho más bien que mal se dio en llamar la Revolución Sexual. Porque lo que Lucas sabe del afecto de esa chica que bajo el nombre de Demeter Low lo busca, es mucho más que devorarse con furor, y si bien no es lo mejor evitar el encuentro, la conciencia de la integridad mutua, más allá de cualquier moralismo, es lo único que preservará lo que hubo de real en el amor, y la amistad que Péguy decía preferir a cualquier cosa. A fin de cuentas, avergonzarse de no tener sexo, es como avergonzarse de tenerlo, con uno mismo o con quien sea.


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