• Espacio de difusión y debate sobre el video y el cine nacional, y sobre temáticas relacionadas. Tribuna abierta a la diversidad y plataforma de discusión estética y política.

    Entrevista a Marta Rodríguez (I)




    “NOS ROBARON LA TIERRA,
    PERO NO NOS VAN A ROBAR EL AIRE”

    Por Santiago Andrés Gómez (publicado originalmente en Revista Kinetoscopio, Vol. 7 – No 40, 1996 [sin especificar mes], pp. 90-99)


    Marta Rodríguez

    Desde cuando su viva sensibilidad apenas descubría el mundo, Marta Rodríguez ha sido una observadora acompañante de las gentes más humildes de nuestro pueblo. Al comenzar su carrera cinematográfica en 1965, el cine documental recibía un impulso avasallador de cineastas como Jean Rouch –su maestro– o Joris Ivens, quienes recorrían el planeta y registraban el omnipresente conflicto del hombre consigo mismo. Cercanos al oprimido y cómplices por naturaleza del no escuchado, los documentalistas de la calle y la montaña retrataron –y fueron parte de– una época de levantamiento, con una valentía y una decisión ejemplares; ejemplares, como es obvio, para un mundo y una época como la nuestra, en la que el video y el cine se realizan por lo general con perspectivas de frivolidad olímpica, como un arte gélido y desentendido de sus propios objetos, que son –que son siempre– la fuerza de la vida, el abrazo del destino y su perenne forcejeo. Conversamos al calor de un chocolate santafereño acerca de esa gambeta inteligente que hace de los cineastas del tercer mundo seres aguzados. La convivencia, las cámaras prestadas y el video indígena son nuestro tema.

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    INFANCIA Y JUVENTUD: “LAS CONDICIONES EN LAS QUE SE VIVE AQUÍ”

    Santiago Andrés Gómez: Veo en el fondo el afiche de una película de Raymundo Glayzer y recuerdo su destino, tan trágico…[1] Pienso en todo lo que ha sido este camino del cine popular, el cual, por ser tan peligroso para los hombres de poder, sufre tantas persecuciones, tantos ahogamientos… Ahora se dice que la izquierda murió y, sea o no esto verdad, el caso es que todavía existen problemas tremendos de injusticia y abandono social, más críticos aún, puesto que lo que impera es un neoliberalismo indiferente, un capitalismo salvaje, para utilizar los términos de aquella película de Andrei Kotzel. Me gustaría que nos introdujeras en lo que fue la lucha del cine popular, sus sueños y sus realizaciones, todo desde tu experiencia, para llegar a lo que estás haciendo ahora y a lo que se está haciendo en toda América Latina con el video comunitario.

    Marta Rodríguez: Yo te podría decir que desde pequeña conocí la pobreza. Mi padre murió antes de que yo naciera. Él era sangileño, exportaba café. Mi madre era maestra de pueblo, campesina pobre. Cuando mi padre muere, mi madre pierde todo, se lo quita un hermano. Quedamos entonces en una pobreza grande. Nos toca irnos a vivir a Subachoque, a una finca en donde nos criamos y vivimos hasta mis dieciocho años. Quizás este hecho de tener que asumir desde muy pequeña la pobreza en unas condiciones casi de miseria, de tener que trabajar, ordeñar vacas, recoger leña y vivir en un sitio desde donde observaba las fincas de recreo de las familias adineradas, soportar aquella ausencia paterna que en mi familia ha sido una constante porque los hombres se han muerto muy jóvenes, ver cómo mi madre tenía que hacer frente a todo: a que nos envenenaran los perros, a que nos corrieran las cercas, con un revólver ella sola recorriendo la finca por la noche, con cinco niños chiquitos… Eso y el ser educada en colegios de monjas, lo cual fue un tiempo perdido en mi vida –eran monjas a las que ni se permitía entrar a la universidad–, me hizo conocer muy de cerca las condiciones en las que se vive aquí. Lo único bueno es que mi mamá vende la finca y nos manda a Europa a estudiar, por nuestra cuenta y riesgo… A los dieciocho años cojo un barco de esos grandes, italianos, que van con inmigrantes… 26 días en ese barco, con misioneros, con de todo, esos barcos eran increíbles… Llego a Barcelona. Quería estudiar filosofía, pero no me dejaron entrar porque me pedían latín, griego y pues yo… ¡en ese colegio de monjas! Fui como asistente y aprendí muchas cosas: historia del arte, muchas cosas… Me saqué un título de sociología allí, que no significa nada, porque, imagínate, en la España del franquismo… En el 57 me voy a París a trabajar y a estudiar francés. Allí encuentro a los curas obreros, al abate Pierre; trabajo con ellos en un centro de acogida a obreros españoles que migran a trabajar en las minas de carbón en Bélgica y a recoger remolacha en Francia… Además estoy en el país del cine, comienzo a ver cine documental y también comienzo a saber lo que luego fue la teología de la liberación, con estos curas obreros, esa iglesia comprometida, no la de las monjas de mi colegio… Camilo Torres en ese momento está en Lovaina estudiando filosofía[2]. No lo conozco. Me hablan de él. Me dicen que tiene un grupo de estudiantes. Pero yo tenía que trabajar, mira: iba a la estación de Austerlitz a las cinco de la mañana a recibir obreros, estudiaba francés en la Sorbona, cuidaba niños por la tarde para pagar mi transporte y tenía que enseñar español para que me dieran el cuarto… Yo terminaba la jornada agotada. No tenía tiempo sino de trabajar, porque yo me fui sin beca, sin ayuda de la familia, sin nada. Mi mamá me dijo: “Si se va, usted se defiende”. Y me fui.




    CON CAMILO: “APARECE LA SOCIOLOGÍA”

    Regreso a Colombia en 1958. Camilo vuelve el mismo año y llama a un grupo de sociólogos para hacer investigaciones. Entonces yo me meto ahí y lo conozco. En 1959 se abre en la Universidad Nacional el primer Departamento de Sociología de Colombia. Yo entro a estudiar allí –el título de sociología de la España franquista me parecía una absoluta mentira– y se hace el libro La violencia en Colombia, de Orlando Fals Borda, Gustavo Umaña Luna y el cura Guzmán, que es el primer estudio sociológico de la violencia nacional. O sea que aparece la sociología en Colombia, lo que es muy importante. Orlando Fals Borda publica Campesinos de los Andes y ya hay un movimiento para mirar científicamente la violencia que se vive en ese momento –es 1959–. Camilo quería estar en reforma agraria, quería estar en todo y nos dijo: “Los que quieran se van conmigo al barrio Tunjuelito a alquilar una casa y a crear un centro comunitario”. Entonces se crea MUNIPROC, Movimiento Universitario de Promoción Comunal, formado por sociólogos, arquitectos, abogados, psicólogos… Camilo me dice: “Marta, ¿usted qué sabe hacer?”, yo le digo: “Soy maestra, alfabetizo niños”. Entonces hacemos una escuelita dominical y me empiezan a llegar todos estos niños con las manitos fracturadas… Yo me fijo de dónde vienen y ahí nace Chircales[3]. Decido estudiar cine, porque digo: “Esta realidad”… Eran imágenes como del Medioevo. Yo había tenido un novio suizo, Roger Rickerman… Él decía que era una rata de cineclub. ¡Sabía de cine…! Me metió mucho en el cine, me regalaba libros, íbamos a cineclubes, fue la persona que me metió en el cine, mucho, mucho… Él era muy amigo de Camilo, trabajaba en Tunjuelito conmigo y hacía planos –esta casa me la hizo él–, porque Tunjuelito no tenía servicios públicos, no tenía sardineles, era un barrio de invasión… Y yo veo esas imágenes de los chircales que no olvido… Sobre todo los hornos, porque ponían unas rampas de madera y a los niños, a la edad en que pudieran caminar, los hacían subir por esa rampa con una cincha en la cabeza para sostener en la espalda el ladrillo. ¿Tú sabes lo que es ver eso? Había que mostrar esa realidad. Entonces me quedo en Colombia hasta el 61, cuando me voy a París a estudiar cine y etnología. Porque me salí de sociología en la Nacional: era mucha estadística, mucha matemática… En cambio estudié dos años de antropología allí, antes de irme a París. Yo quería entrar al IDHEC, la Escuela de Altos Estudios Cinematográficos, pero no me admitieron porque había que pasar por exámenes dificilísimos y tener una formación de bachillerato francés. Entonces entro al Museo del Hombre a sacar mi certificado de etnología y aparece mi maestro, Jean Rouch.

    EN LA PRÓXIMA ENTREGA:
    CON ROUCH: "UNA FORMACIÓN PARA EL TERCER MUNDO";
    CON JORGE [SILVA]: "Y COMO ERA LIBRE"...




    [1] Raymundo Glayzer, cineasta argentino del Grupo Cine de la Base, desapareció en los primeros días del régimen del General Videla, en 1976. No se sabe nada de su paradero, con excepción de las confesiones que hicieron los militares argentinos sobre lo que hacían con los desaparecidos: los torturaban, los lanzaban al mar, los desaparecían. Véase el artículo de Julián David Correa publicado en Kinetoscopio 40.
    [2] Camilo Torres es una figura esencial en la vida política y social de la Colombia del siglo XX. Sacerdote inquieto y agitado por las injusticias sociales, Torres participó en muchísimas investigaciones, en toda clase de movimientos comunales, hasta que fundó el movimiento político Frente Unido y finalmente decidió, luego de recorrer el país, irse al monte al lado de la guerrilla del ELN, en donde fue abatido en su primer combate, en 1966.
    [3] Chircal es el lugar donde se moldean y cuecen los ladrillos. En los chircales a los que hace referencia Marta, los obreros trabajaban de una manera muy semejante a la del sistema feudal: vendiendo su fuerza de trabajo por una vivienda y una alimentación sumamente precarias, sin ningún tipo de derechos laborales ni civiles.