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    Entrevista a Marta Rodríguez (II)




    “NOS ROBARON LA TIERRA,
    PERO NO NOS VAN A ROBAR EL AIRE”

    Por Santiago Andrés Gómez (publicado originalmente en Revista Kinetoscopio, Vol. 7 – No 40, 1996 [sin especificar mes], pp. 90-99)


    Marta Rodríguez

    CON ROUCH: “UNA FORMACIÓN PARA EL TERCER MUNDO”

    Marta Rodríguez: Mis compañeros son muchos africanos –lógico, porque África era colonia francesa– y muchos latinoamericanos. Allí estaban Tomás Pérez Turrent, Paul Leduc, Néstor Almendros… Y Rouch nos dice: “Les voy a dar una formación para el Tercer Mundo, porque ustedes se van a África, a América Latina, en donde no hay industria ni hay nada. Tienen que empezar de cero”. Entonces nos dan unas de esas cámaras de Joris Ivens, unas Bell & Howell, nos dan película, nos enseñan los principios básicos para filmar y salimos a filmar por París… Teníamos un laboratorio y allí revelábamos. Un profesor nos daba sonido. Y nos dejaban una cámara. Yo cogía mi cámara y me iba a filmar. Hice un documentalito del mercado de las pulgas en París, con Tomás Pérez Turrent. Yo vivía en la ciudad universitaria al lado de la Casa de México, donde vivían Paul Leduc y Pérez Turrent… Y el pintor Toledo, tan famoso ahora en México… Íbamos a cine muchísimo: yo al mismo tiempo estudio etnología, pero de verdad me meto es en el cine. Entrábamos a la cinemateca todos los días, desde las seis de la tarde hasta la una de la mañana. Salíamos corriendo a coger el último metro…

    Santiago Andrés Gómez: ¿Qué cine te llamó la atención?


    A propósito de Niza (À propos de Nice, Vigo, 1930)

    MR: El documental, como por ejemplo Las hurdes, de Buñuel, A propósito de Niza, de Vigo… Vigo para mí era el maestro. A propósito de Niza es ya todo un ensayo sobre la sociología de la imagen. Jean Vigo fue el primero que hizo cine social. Y era un poeta. En esa época hubo un encuentro importante… Yo llego a París en un momento clave. Es 1961 y acaba de tener premio en el Festival de Cannes la película de Rouch y Morin Crónica de un verano. Arranca el Cinéma-Vérité. Además comienza un movimiento de cine latinoamericano muy fuerte. Y en Sestri Levante, un pueblecito de Italia, unos curas hacen un festival de cine latinoamericano. Allá nos invitan, yo voy con Santiago García, que estaba en Europa, y descubro ese movimiento: veo la primera película de Glauber Rocha, Barravento, veo el cine de la Revolución Cubana, porque va Alfredo Guevara, el teórico del ICAIC… Es el primer cine cubano después de la Revolución… Y veo allá, en Italia, Raíces de piedra, de Arzuaga, que es, además, una película sobre los chircales… Entonces imagínate lo que es para mí ver ese cine colombiano allí y todo ese cine latinoamericano, comprometido con su cultura… Ver esas imágenes de Barravento fue para mí algo… algo que no olvido… Y mi maestro Rouch, junto con el sociólogo Edgar Morin, acaba de tener ese premio en el Festival de Cannes, junto con Hiroshima mon amour. Ellos retoman todas las teorías de Vertov, del cine-ojo, de la cámara-ojo… Es el Cinéma-Vérité… Es un movimiento teórico que aparece al mismo tiempo que la revolución tecnológica: los micrófonos ligeros, las cámaras ligeras… Godard hace Sin aliento, que ya es salir a filmar en la calle, Belmondo improvisa… Ya las cámaras no son esas cosas grandotas que hay que mover con mucho esfuerzo, no: hay micrófonos ultrasensibles y la cámara AATON, a la que llamamos “el gato”, porque te la puedes poner en el hombro, como un gato; es la cámara ideal para el documental. Y son dos personas, el sonidista y el camarógrafo, unidos, como decía Rouch, por un cordón umbilical. Entonces en la UNESCO, en París, hay un gran encuentro al que llega gente de Nueva York, de Italia, de Canadá, sobre Cinéma-Vérité… Viene Leacock, quien filmó ese documental sobre la campaña de Kennedy, Primary. Llegan los hermanos Maysles; llega Ruspoli, de Italia; llega Michel Brault, de Canadá, un documentalista excelente que trabaja con Rouch… Están todos los teóricos… Es una revolución en el cine. En ese momento llego yo a París, fíjate. Un momento definitivo: se quería cuestionar todo. Ya no era ese cine con grandes actores, con grandes estrellas, como Les enfants du paradis


    Jean Rouch (1917-2004)

    SAG: Era el Neorrealismo con unas posibilidades tecnológicas mucho más ventajosas.

    MR: Era el Neorrealismo con una visión mucho más revolucionaria e innovadora, como Godard. Yo, al fin, dejé mi certificado de etnología a un ladito… Porque era una etnología muy teórica y que no tocaba lo que a mí más me interesaba… No tenía que ver nada con América Latina, más bien con África, porque como los franceses tenían colonias en África… No se estudiaba la problemática que a mí más me interesaba, sino una teoría muy esotérica, muy científica. Y yo nunca he sido por ese lado. Regreso en el 65 y me encuentro con Camilo, quien está de profesor en la Nacional y lanza su proclama política, frente a la cafetería de la Nacional… Allí se paró a leer su proclama. Yo estaba ahí y no tenía cámara en ese momento… para haberlo filmado… Aunque yo ya estaba filmando: Manuel Zapata Olivella me había conseguido un puesto en el Distrito para hacer unas películas sobre recolección de basura. Tuve entonces una cámara, tuve película y comencé a trabajar con los barrenderos, me fui a sus barrios a ver cómo trabajaban, cómo vivían… Y viviendo con ellos, registrando cómo hacían la recolección de basuras…

    CON JORGE: “Y COMO ERA LIBRE”…

    SAG: ¿Terminaste esas películas?

    MR: Sí, yo terminé esos documentalitos… Estoy en la Nacional estudiando antropología –ya que quiero terminar la carrera–, he entrado a la Alianza Francesa a tomar un curso de literatura francesa, hacemos un pequeño cineclub y un día en el que vamos a presentar El Sena encuentra a París, de Ivens, veo un grupo de muchachos ahí en la cafetería. Yo me acerco y les digo: “Vengan a ver, que está Joris Ivens”. Y ahí está Jorge. Jorge me dice: “Marta, yo también hago cine. Yo hice Los días de papel”. Los días de papel era una película autobiográfica de Jorge sobre la infancia, la pobreza, la soledad, el frío, el hambre… Jorge era de un origen totalmente proletario. Había carecido de todo, de todo…

    SAG: ¿Cómo llegó él a hacer Los días de papel?


    Jorge Silva

    MR: Él se unió con Enrique Forero, un amigo igual de pobre a él… Hicieron cooperativa. En esa época se hacía cine porque se hacía cooperativa.

    SAG: En ese momento él estaba dedicado a la fotografía…

    MR: No, en ese momento Jorge estaba dedicado a la literatura. Eso fue una parte de su vida muy importante. Estaba escribiendo una novela que se llamaba Un largo viaje hacia la noche. A él lo marcó para toda su vida su experiencia en un amparo de niños… Los corredores helados, el hambre… Les daban frijoles podridos, o papas todas gorgojeadas. En la noche hacían los niños hogueritas y cogían una papita y la calentaban y le daban vuelta; una hora con la papita, mirándola al fuego, como… como sacándole el saborcito a algo, ¿no…? Lo que más recuerda él es haberse separado de la mamá, porque la quería mucho… Y ella iba a visitarlo y cuando se iba, él sentía la soledad. Él quería hacer una película sobre eso: el hielo de Bogotá, la soledad, el hambre que era tenaz, tenaz. El día de Navidad iba una señora de esas benefactoras y les llevaba dulces, regalos, no sé, una vaina así… Una vida muy dura. Él venía de Girardot, tierra caliente, y lo meten en un albergue de Bogotá. Y la novela se perdió, maldita sea, se perdió. La amarró con una corbata y la dejó en la casa de un supuesto tío, un tipo que le daba un cuarto porque le tomó cariño al verlo siempre leyendo en la Luis Ángel Arango. Jorge se mantenía leyendo en la Luis Ángel, todo el día. Como no estudió, decidió leer. Y esa era su vida. Decía: “Para mimetizar el hambre, tinto y cigarrillo”. ¡Y era flaquito! Mejor dicho: él no trabajaba porque su vida era leer o escribir… Él no tenía un trabajo así como… una oficina, o algo así, no, no, no. Él no servía para eso. Tomaba fotos. Y como era libre y no tenía trabajo, yo le dije: “Jorge, camine, yo tengo un proyecto para hacer una película sobre los chircales”, y él me dijo: “Nos vamos”. Y nos fuimos cinco años a los chircales.

    EN LA PRÓXIMA ENTREGA,
    CHIRCALES: “LLEGAR AL SER HUMANO”,
    PLANAS: “NUESTRA REALIDAD TERRIBLE”