• Espacio de difusión y debate sobre el video y el cine nacional, y sobre temáticas relacionadas. Tribuna abierta a la diversidad y plataforma de discusión estética y política.

    Marta Rodríguez en la década de los ochenta



    AL FILO DEL ABISMO


    Por Santiago Andrés Gómez


    Amor, mujeres y flores (Rodríguez & Silva, 1984-1988)

    Veamos un poco el contexto. A mediados de los ochenta, cuando Marta Rodríguez y su esposo, Jorge Silva, inician el rodaje de Amor, mujeres y flores (1984-1988), es palpable en el ambiente el fin de un vasto ciclo humano que coincide, en su etapa más intensa, con el lapso que cubre la Guerra Fría. Como nos recuerda la propia Rodríguez, por esos tiempos su esposo le escribe desde Londres, donde se encuentra filmando algunas imágenes para su documental: “Marta, el discurso político se acabó, hay que buscar la poesía” (ver http://maderasalvaje.blogspot.com/2013/04/entrevista-marta-rodriguez-v.html). Poco después caerá el Muro de Berlín y con él la llamada “Cortina de Hierro”, Francis Fukuyama se hará famoso en todo el mundo por su consigna del “fin de la historia”, bajo el supuesto, para entonces muy convincente, de que las ideologías han muerto, y George Bush Sr. apenas si esperará un poco a haber impuesto el poderío militar norteamericano en el negocio del petróleo, luego de la Guerra del Golfo, para proclamar un “nuevo orden mundial”, en el cual el mundo giraría, ideal pero no utópicamente, bajo las leyes del capital.

    Por esos años entraba yo a estudiar Periodismo en la Universidad Pontificia Bolivariana, y me es inolvidable un intercambio de palabras con la profesora Ana María Miralles en nuestra clase de Periodismo de Opinión. A unas palabras mías (no recuerdo cuáles), ella, sin dejarme acabar, respondió de un brinco: “Las ideologías están ya pasadas de moda”, frente a lo cual yo solo respondí: “Pero las injusticias están a la orden del día”. Sin entrar a debatir si el liberalismo es hoy por hoy tal cual proclaman sus prescripciones en el planeta, y no un conjunto de monopolios que operan como fuerzas reguladoras para proteger sus intereses, lo cual, por lo que sé, debería ser el debate crucial sobre la praxis de la ideología del capital, lo que me parece inobjetable es la realidad de las inequidades que algunos economistas ponen, eso sí, en tela de juicio. Se quiere redefinir la pobreza, y esto es interesante, pero al tiempo se encubren y legitiman acciones encaminadas directamente desde la cúpula del corporativismo a ampliar la brecha entre la mera dignidad y la más crasa miseria, y luego se proponen con toda solemnidad y entusiasmo las mismas fórmulas para la riqueza que en treinta años no nos han servido de nada.

    George Bush Sr. anuncia el establecimiento de un “Nuevo Orden Mundial”,
    el 11 de septiembre de 1991

    Ningún pacto global ha sido eficaz, ya no para solucionar, sino tan siquiera para impedir que crezcan los problemas sociales, y la democracia, al parecer, tampoco ha sido de mucha ayuda, sino más bien un obstáculo enorme para todos los protagonistas de las grandes decisiones en el mundo, pues al mismo tiempo es, en su versión contemporánea, el pretexto más funcional de todos, desde Obama hasta Chávez, pasando por las manipulaciones mediáticas de quienes pusieron a Georges Bush Jr. en el poder. En semejante panorama, verificable según cifras ya de la ONU, ya del Banco Mundial, y próspero para todo vendedor de ilusiones, sea político, religioso o ambas cosas, ¿cómo se ven los documentales que, con cabeza erguida y corazón encogido, hicieron en los ochenta una Marta Rodríguez y un Jorge Silva desencantados por igual con la estrechez mental del partido comunista de su país y, en general, con las izquierdas de todo el mundo? Después de haber logrado obras de alcance universal a un costo emocional altísimo, las dos cintas de esta década los muestran en otra vena pero, al mismo tiempo, confirman lo mejor de su cine.

    MÁS ALLÁ DE TODO


    Amor, mujeres y flores se inicia con una larga toma descriptiva de un gran montón de flores listas para ser empacadas y en el audio un escrito de Jorge Silva sobre lo que hay “detrás de una flor”. El color irrumpe en la obra de Rodríguez y Silva con toda coherencia en esta cinta, y debe verse la gradual degradación en sus tonos anímicos, desde este lírico inicio hasta la decisiva huelga de las floricultoras, como un adentrarse físico y emotivo, más que intelectual, en el corazón de lo que apenas vemos como una fachada luminosa y en verdad se alimenta, para su mejor funcionamiento, de la precariedad y consecuente desgracia en las condiciones de hombres y mujeres que, por poner el caso más escandaloso, deben trabajar en casi nulas condiciones de protección con pesticidas ya para entonces prohibidos en Europa y Estados Unidos, pero por ello más efectivos y baratos para los dueños de la empresa floricultora. Admirar a las mujeres que van a su trabajo con toda la energía de la mañana, y sufrir con su absurdo pero provocado desastre físico, no es una imposición ideológica, aunque al final surja la luz de una justa protesta.


    Amor, mujeres y flores (Rodríguez & Silva, 1984-1988)

    Pero si Amor, mujeres y flores constituía frente a las infamias del sistema una contundente y visionaria alternativa humanista al discurso político convencional y, por demás, nada forzada, sino muy sutil, tanto en su distanciamiento del proselitismo como en su condena al industrial de Bogotá Flowers Ltda., Nacer de nuevo (1986-1987) será uno de los más estremecedores cantos a la resistencia del ser humano en medio de la tragedia absoluta, más allá de, pero sin obviar, la desidia estatal de antes y después de la presagiada avalancha que sepultó a Armero. De hecho, la película tuvo problemas con la productora estatal Focine por sus denuncias al programa Resurgir, también del Estado, y creado para manejar las ayudas internacionales que llegaron a Colombia luego del desastre, pero que no les adjudicó vivienda a María Eugenia Vargas, la protagonista del documental, ni a muchos otros ancianos igual de desposeídos que ella, solo porque serían incapaces, dada su avanzada edad, de responder económicamente por las cuotas exigidas. Sin embargo, Nacer de nuevo alcanza además niveles metafísicos en su retrato de la experiencia humana.

    El amor que despunta entre María Eugenia, una mujer de 71 años, y el albañil Carlos Valderrama, de 75, el caminar de ella por las ruinas del pueblo, su mirada pensante al vacío, sentada con digno porte en los refugios donde a duras penas debe permanecer en medio de la más penosa incertidumbre, y con todo, la entereza y el talante con que la pareja asume su tiempo compartido, el tiempo que tienen, el que les ha tocado vivir juntos, hacen uno de los momentos más felices, conmovedores y enaltecedores de la historia del cine mundial. Si Flores... es citada por Bill Nichols en su legendario texto La representación de la realidad como un ejemplo crítico de compromiso ético en el documental al compartir el camarógrafo con los actores sociales el peligro de los pesticidas, Nacer de nuevo, a la cual se le han puesto diversidad de trabas y que es muy poco conocida para lo que es su grandeza, no desmerece en ningún sentido, aun y siendo un mediometraje, de las mayores obras de los más grandes documentalistas del planeta, en un momento de dolor universal.


    María Eugenia Vargas, en Nacer de nuevo (Rodríguez & Silva, 1986-1987)

    Porque Marta, que siempre apunta hacia lo particular, hacia un individuo o un conjunto de individuos muy preciso, templa el arco de sus textos cinematográficos desde lo histórico como un contexto general imprescindible que nos aúna comprometidamente a todos, e incluso desde un punto de vista más profundo todavía, y ciertamente atemporal: el de la solidaridad humana, que, como quisiera Flaherty, y como queremos todos los documentalistas, es permanente y constante, y atraviesa todas las distancias y rompe todas las barreras. Es posible que en ello esté el carácter perennemente revolucionario de su obra. Su cine posterior demorará un buen rato, necesitará de un acomodamiento luego de las pérdidas de Jorge, su esposo, y del entorno que antes fuera tan receptivo a sus imágenes. En los indígenas del sur de Colombia volverá a encontrar un horizonte de sentido, premonitoria y, aun mejor, auténticamente ecologista y espiritual, aunque también seriamente amenazado. Sobre esas películas de los años noventa (Memoria viva [Rodríguez & Sanjinés, 1991-1992] y la Trilogía de la amapola) hablaremos en la próxima entrega de este, nuestro homenaje a ella.