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    Sobre "El niño invisible" (1981), de Luis Alberto Álvarez



    Este jueves 23 de marzo se cumplen 17 años de la muerte del maestro Luis Alberto Álvarez.

    Compartimos un texto sobre su único trabajo fílmico de ficción, que hace honor a su invisible permanencia...


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    DE LA PRESENCIA



    El niño invisible (Álvarez, 1981), en la copia de trabajo
    facilitada por la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano

    Por Santiago Andrés Gómez

    El cortometraje que Luis Alberto Álvarez realizara a principios de la década de los ochenta, El niño invisible (1981), es un pequeño mito. Reportado en su momento por el cáustico Alberto Aguirre como una verdadera obra de arte, no ha gozado de igual fortuna, en tiempos recientes, frente a la mirada de Víctor Gaviria, quien fuera asistente de dirección en el rodaje de aquella pequeña película. Gaviria, así como también lo deja entender Sergio Cabrera en el reciente documental Luis Alberto Álvarez: un espectador intensivo (Castañeda, 2012), dice que El niño invisible significó una frustración para Luis Alberto por sus protuberantes fallas técnicas, cosa incluso presumible desde la forma como el crítico contaba una anécdota del rodaje, cuando debió él mismo, con sus imponentes registros vocales de bajo operático, doblar la voz de un actor, el difunto camarógrafo Rodrigo Tamayo, quien con ese tono se veía, según Luis, ridículo.

    Incluso Cabrera y Gaviria afirman, el primero en el mencionado documental, y Víctor en conversaciones sueltas, que haciendo su cortometraje, Luis sintió cómo es de difícil pasar de la crítica a la realización, o simplemente hacer cine, y a veces los cineastas se ríen de ello, como si sintieran que la realidad le hubiera cobrado a Álvarez sus peores intransigencias, pero fueran más bien ellos quienes le cobraran a él, con cierta envidia vengativa, sus extraordinarias dotes de apreciación, que acaso (pero es una suposición arbitraria) quedarían puestas en un sitio más relativo al ser Luis incapaz de crear como él mismo quisiera. Pasados ya poco más de treinta años, resulta indispensable decir de El niño invisible lo que tal vez en su momento hubiera parecido tan ridículo de afirmar como pueda resultar hacerlo hoy sobre una película que tenga sus mismas falencias, pero que es algo legítimo: y es que el acabado de una cinta no tiene por qué ser perfecto, ni mucho menos.


    Eric Rohmer (L'ami de mon amie, 1987)... Ese cine de ojos abiertos...

    Luis privilegiaba, en sus escritos más personales, un tipo de cine contemplativo y un tanto tendiente a la depuración alusiva, al trato indirecto de los temas, que jamás fue rentable ni popular, y en eso él era no solo claro sino inspirador: hablaba de Ozu (aunque Ozu fue rentable, pero solo en el Japón), Bresson, Rohmer, Rossellini, y unos cuantos más, entre quienes incluía al primer Wenders como “garantía de continuidad de un cine de ojos abiertos, de serena lucidez, de profunda armonía” (Páginas de cine, Vol. 1., Editorial Universidad de Antioquia, Medellín, 2005, p. 202). Esos epítetos (“serena”, “profunda”, “ojos abiertos”) y aquello que es sustantivo (la lucidez, la armonía), retratan a Luis Alberto en cuerpo y alma, y no dejo de sentir el mordisco de la más lejana añoranza, del respeto más rendido, por la presencia de quien fue tan amado por su sabiduría, y no por otra cosa, una sabiduría amable, comprensiva, plena de gracia.

    Y esa visión del arte, emparentada también con Tarkovski, como trasunto de una verdad impalpable, como contacto con las certidumbres más sutiles, volátiles y aun coherentes del ser humano, está del todo plasmada en El niño invisible. La experiencia del niño protagonista está descrita en un juego temporal: vemos paralelamente la situación actual y la que él recuerda, y un rompecabezas se arma sin que Álvarez haga uso de más recursos que ciertos detalles de vestuario y ligeras conexiones dramáticas que solo el espectador convertirá en elementos de una historia del todo hilada y, sin embargo, laberíntica, como es, no tanto la arquitectura del tiempo, sino la percepción. El corto representa la experiencia humana y sus meandros asociativos, los más propios del arte y el espíritu: el niño quiere entender la muerte accidental de su amigo, y más crasamente, su ausencia, y el juego que jugaban en ese momento fatal, de hacerse invisibles, viene a explicar al fin, en el recuerdo, su extraña inquietud.


    Luis Alberto Álvarez (1945-1996)

    Por todo lo demás, la firmeza o seguridad de cada elección formal, en este caso centradas en un tono de mesura, un beneficio del silencio, de la actitud perpleja del pequeño protagonista ante la indescifrable realidad humana, solventa ciertas brusquedades motivadas por las circunstancias y un aire de pobreza de recursos inocultable. Esto es algo que cineastas tan grandes como Buñuel y Renoir, o sobre todo Rossellini, pero también el Hitchcock de algunas cintas de su periodo inglés, han logrado validar, y muy bien lo entendió Truffaut, como una supremacía de la visión de conjunto por encima tanto del virtuosismo como del natural o artificial desmaño (artificial en Godard, o en Pasolini). Aguirre, con quien Luis Alberto mantuvo una relación difícil, de estima y permanentes desencuentros, supo entenderlo así, bajo su criterio implacable. Hoy, El niño invisible no solo resiste la prueba del tiempo: nos lleva a alturas sublimes.