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    Andrés Caicedo opina de "Rayuela" (Cortázar, 1963)


    RAYUELA



    En el quincuagésimo aniversario de Rayuela, obra influyente como pocas, presentamos la visión personal, disidente, de quien, por supuesto, como lo dictaba su vocación y demuestra el escrito, la leyó con la debida atención y el merecido criterio, dignamente discordante del favor popular.
    La transcripción del texto es literal.

    Por Andrés Caicedo (extraído de El libro negro de Andrés Caicedo. La huella de un lector voraz. Grupo Editorial Norma, Bogotá, 2008, pp. 27-30)


    Escrita en mil novecientos cincuenta y pico (parodiando al autor, en su pavor de dejar un preciso rastro histórico), esta novela o antinovela o contranovela se convierte en una feroz batalla campal contra el lector. Rayuela, como dice el propio Cortázar, son muchos libros, pero ante todo, todo es dos libros. O sea, la novela precisa ser leída dos veces.


    En la primera lectura, sin pasar por alto los "capítulos prescindibles" y leyendo el libro de pasta a pasta, en el orden característico Rayuela se graba como una incesante búsqueda, donde protagonistas juegan desesperadamente a llevar el guijarro de la Tierra al Cielo, y a lo mejor lo coloquen en el destino, pero queda toda una vida por delante. Los jugadores de la Rayuela no son más que unos simples actores de la inautenticidad humana, de la cual luchan por zafarse para poder llegar al cielo. Oliveira: un Ulises extranjero en cualquier parte, en París o en Buenos Aires, su patria; encerrado en una soledad caprichosa, dando ligeros mordiscos a eso que llaman amor para llegar al encuentro con la realidad siempre esfumable y de más de cuatro caras. Traveler y Talita, la bella pareja de cosmopolitas porteños, quienes no han salido en su vida de Buenos Aires, protagonizan un atónito marco de circunstancias rutinarias al mismo tiempo que universales. La Maga, Rocamadour, Ronald, Babs, Cregorovius y todos los demás existentes en París, aquellos seres capaces de disertar noches enteras sobre un oscuro trozo literario empleando subjetividades acertadísimamente llevadas a lo objetivo, haciendo uso de un léxico maravilloso y de asombrosas dadas en el blanco sin lograr un solo ápice de comunicación, no son más que danzarines de una realidad ficticia.


    Realmente Cortázar abusa demasiado de la erudicción de personajes tan vulgares como pueden ser Traveler y Talita o como cualquiera de sus criaturas jugadoras de la Rayuela, pero con eso logra una visión acertada de la incomunicación de cada jugador, de la misma soledad empecinada. Y el amor. El amor de la Maga por Oliveira. El amor de Pola por Oliveira. El amor de la Maga por Rocamadour, su hijito. El amor de Talita (en desdoblamiento de la Maga) por el Oliveira desdoblante. El amor de Traveler por Talita y viceversa. El amor del par de asquerosos clocharde a las orillas del Sena.


    El amor podría ser el perfecto guijarro que guiara a los jugadores hasta la última casilla de la Rayuela, pero tampoco funciona. Antes de aplicar la última fórmula, los jugadores deberían aislarse totalmente del resto de la humanidad para poder encontrarse ellos mismos, para que una vez resuelto el problema de la metafísica personal y absolutamente solo, el individuo pueda encontrar a su otro yo: el amante.


    Es que Rayuela es un libro muy complejo. Podría estarse uno horas estudiando esa insuperable secuencia del concierto de Madame Trépat, en el cual las personas oyentes se declaran vencidas por su resistencia al oír un esperpento musical; el patetismo de la situación cuando la Madame ve que al final de la audición solo queda un parroquiano, el bueno de Oliveira. La actitud hermosamente buena de Oliveira, su enfrascamiento después con la concertista para llegar a una realidad cruel, a una brutal salida de la irrealidad amañadora, es tal vez el punto culminante de la novela. La noche en la cual el club diserte sobre realidad y sobre irrealidad, sobre estética y metafísica rodeando un cadáver de un niño todavía tibio, esperando casi con fruición a que su madre, la Maga, perciba la desgracia; calculando los pasos que dará ella para llegar a su cuna a darle la cucharadita de medicina, si como siempre el jarabe se le derramará en la sábana, si maldecirá al caérsele, etc.; es otra porción, otra casilla de la Rayuela en la cual los personajes luchan por alcanzar una autenticidad de la cual se arrepentirán más tarde.


    En Rayuela todo es un desdoblamiento. El primer libro acaba con el suicidio de Oliveira, tirándose de cabeza a la casilla cinco de la rayuela marcada con tiza en el patio del hospital. Naturalmente, allí no queda el asunto. Naturalmente el personaje revive en el próximo libro.


    Figuras como Morelli, un escritor de origen italiano, el cual vive por el momento en París y es uno de los puntos de eterna discusión del club, y Seferino, un uruguayo o algo parecido, también escritor, motivo de estudio de Traveler y Talita, son otro ejemplo de la dualidad imperante de Rayuela. Los dos son las armas que esgrime Cortázar en su arremetida contra el lector. Mejor dicho, no ellos: su obra literaria. En el afán de crear una simple literatura estética, Cortázar trata desesperadamente por hacer que el lector lo abandone, para alcanzar la autenticidad de su realidad. En los capítulos prescindibles, (los cuales son por su mínima denominación una invitación al lector para tirar el libro) Cortázar se empeña en incomodar al lector, en cogerlo desprevenido y darle cuatro vueltas, de la misma manera como Oliveira quería enredar a Traveler en los hilos pegados de una pared a otra como una inmensa tela de araña. Por eso utiliza a la oscurísima obra literaria de Morelli y Severino, para ahuyentar al lector del texto, del juego hasta el Cielo. El hecho de que Talita y Traveler comprendan a la perfección las acotaciones de Seferino es una despiadada burla al público, una tirada de los cabellos, una carcajada húmeda en frente de la cara.


    Rayuela es una "novela literaria". Donde acaba la problemática del hombre buscando su propio yo, empieza el escritor en una búsqueda parecida: buscando su literatura. El fracaso de Cortázar está en que el lector se deja enredar del juego y lee toda la novela, y si hay que leerla dos veces, salta el último y más difícil obstáculo y comienza su lectura, comienza el juego del segundo juego, pero jamás llegará al Cielo, el guijarro pasará la raya.