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    Mapa (Siminiani, 2013)


    LOS BACHES DE LO QUE IMPORTA



    Por Santiago Andrés Gómez

    Quien haya seguido este blog sabrá que Elías León Siminiani es uno de nuestros “directores faro”, un cineasta que, a medida que pasa el tiempo, ha ido delineando, con cada uno de sus filmes (casi todos cortometrajes), una forma quizá no exclusivamente suya, pero sí incomparable en los matices de su agudeza intelectual. Siminiani es, empleando términos ya no tan tradicionales, un “autor”, a la vieja usanza: un estilo preciso, definido, inconfundible. Si hoy, en el mismo festival en el que asistimos al esperado estreno en Perú de Mapa (2013), el primer largo de Siminiani, apreciamos repetidas veces el fenómeno de la coexistencia de cintas harto disímiles en la obra de un mismo cineasta, como hemos dicho en la última entrada, el largo de Siminiani confirma, en cambio, las virtudes idiosincrásicas, el excelso manierismo de su creador, aunque, curiosamente, no podamos decir que la película nos satisfaga, sino al contrario.

    Los cortos de Siminiani gozan de un poderoso, envolvente atractivo, que se funda en la ironía. Son verdaderas parrafadas, a veces frías, como en la serie Conceptos clave del mundo moderno, a veces lacónicas, teñidas de un sentimiento nostálgico, como en el díptico compuesto por Zoom (2005) y Límites (2009), o a veces sencillamente satíricas, como en esa maravilla que es Pene (2007 [creado junto con Daniel Sánchez Arévalo]), pero, en cualquier caso, parrafadas que siempre, al tiempo que interactúan casi en pugna con las imágenes, desmontan todo tipo de expectativas que el espectador pueda tener sobre el mundo y el cine mismo. En esto, la genialidad de Siminiani no tiene discusión, y puede relacionarse legítimamente con algunos de los principales intereses de Jorge Luis Borges y ciertas capacidades destructivas de Lars von Trier. Mapa pareciera demostrarnos que la ironía no basta cuando no es total.


    Mapa (Siminiani, 2013)

    Con esta película Siminiani ha intentado hacer un largo con ese discurso verbal que lo ha caracterizado como un ensayista fílmico de primer orden, pero también él se ha dado cuenta de que ahora requiere sostener tal discurso sobre una trama, casi al modo en que practicaba el arte de la parodia de un pitch en Pene. Si se me permite, y desde luego como una hipérbole que apunta hacia la descripción de una forma, Mapa es la película que Sánchez Arévalo intenta vender en Pene, pero tal como si no la hubiera podido realizar y solo pudiera contarla otra vez, con todo detalle. Por algo el mismo Siminiani decía en Lima que le gusta cuando la gente le pregunta qué es verdad y qué es ficción en su cinta, pues eso indicaría que el documental funciona como relato, y llegaba a afirmar que poco importa si algo es real o no en el filme, con tal de que funcione dramáticamente. Yo pienso lo mismo, pero no me importa nada de lo que aparece en la película.

    ¿Y cuál sería el problema de Mapa, más allá de una corrección estructural que, a fin de cuentas, el crítico Isaac León Frías reconocía públicamente en la proyección a la que asistí? La cinta narra un viaje que parece en pos de su propio sentido, y más que de un lugar en el mundo para el viajero, de un modo de habitarlo: de alguien con quien compartirlo. El periplo nos lleva primero por la India y luego hay retornos insatisfechos y nuevas partidas, hasta que al fin el hallazgo se encuentra casi por deber (con el productor) donde, siendo sincero, creo yo que no hubo nada. Hay una desconexión congénita en la cinta entre lo que muestra y el modo en que nos lo muestra, pero esta desconexión, que solo es otro tipo de relación con el mundo, solo puede ser un defecto por la ausencia de ironía. Se toma muy a pecho a sí mismo Siminiani al decirnos que en últimas el nadador del Ganges y el hombre que corre a la orilla del río “son él”.


    Mapa (Siminiani, 2013)

    Y es que la auto-reflexividad de Límites tiene sus límites, o más que límites, implicaciones, ya que, luego de haberlas hallado, es muy fácil decir ciertas palabras que esconden más de lo que simplemente “funciona”. Ocurre parecido con la “otra voz” que Siminiani inscribe en la película como esa racionalidad parlanchina que lo está atosigando a cada instante, pero que siempre nos habla con el tono de la víctima, incluso en los rótulos con que escribe su dictado. Al fin, el problema esencial de Mapa es que Siminiani quiere “contarnos algo que le pasó”, y eso no le va. A diferencia del díptico del Sahara, que nos relata otra cosa, propiamente sus sentimientos, a través de lo que le pasó (pues allí esto sí importa), y aun por medio del análisis del cine que lo evoca, convirtiéndose en pensamiento sobre la memoria, aquí el director quiere contarnos su experiencia desde la presencia simultánea, donde su carácter jamás está.


    Mapa (Siminiani, 2013)

    Elías León Siminiani tiene en la razón y en el discurso verbal armas de doble filo, que pueden volverse en su contra. Y hay algo que no había notado aún: esta cinta lo muestra vulnerable. Lo muestra en pos de no sé qué cosa (¡de contacto humano!), y está envuelta en un vacío donde él apenas logra manotear, en su pretensión de construir un filme que le diga por dónde va, por dónde debe ir. Amo más a Siminiani por este filme insoportable que como quizá lo habría temido y venerado recibiendo lo que ya he conocido de sus monumentales obras menores, o no tan menores, como se puede concluir. Porque, como dije al principio de este artículo, los cortos del murciano pueden apreciarse con una mayor conciencia de su valor enorme atendiendo a las dificultades que su director ha encontrado para hacer un largometraje que conserve su voz y profundice en sus hallazgos. Este virtual, o relativo fracaso, hace más grande su cine anterior, y me revela lo precario del arte.