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    Notas sobre "El Hormiguero", de Cruz Mauricio Correa Taborda



    LA NARRACIÓN POROSA



    Por Santiago Andrés Gómez

    Escribo sobre un amigo que se da la autoridad de decirle a uno, dándole un codazo y matándole el ojo, que “el Quijote no es la mejor obra de Cervantes”, como si fuera una confidencia de intimidades que la historia ignorara, con lo cual uno debe lidiar por sus escrúpulos, que otras veces se hieren con felicidades similares, pero de otro orden. Por ejemplo, el final del libro que trato, su primer libro publicado (que no primero escrito, estoy casi seguro: los libros de cuentos no tienen fecha, las novelas se instauran entre tanto), es un final, digo, que tiene toda la vocación de una suerte de manifiesto personal, pero lo que es quizás una forma literaria de mis moralismos me hace retroceder con un poco de repulsión ante las últimas palabras:

    No hay compasión. Todos se alimentan del silencio. Él sin Mónica o la felicidad de lograr entrar en ese paisaje inmencionable que solo le puede presentar ella aunque está seguro de que es terrenal; y ellas, desnudas, Mónica y Vicky, desnudas y juguetonas por la ciudad, cabalgarán sin toparse nunca más, puesto que no lo quiere la vida, con un hombre, tal vez mudo, “que te besa, mujer, y no te miró antes con la voz disfrazada de caballero, sugiriendo en cada exhalación un ‘dejame echarte un polvito, peladita’”

    Pero por ello me doy libertades semejantes a las que la sensibilidad pedestre, o la región pedestre de la sensibilidad de Cruz, le permite a él, y que en su caso no son otras que las mismas que le otorgan una profundidad de visión que a veces remueve nuestra imaginación:

    No obstante, reconociendo mejor las pequitas de los hombros y contemplando el croquis del pecho marcado bajo la blusa sin tirantes, Amerigo revive con tormento el único movimiento de aquella criatura amorfa y lisa en la cual los convirtió el paroxismo de la fiesta aquel fin de semana después de San Alejo. La fuerza tibia y mesurada de Elisae lo masajeaba prensando incansable de abajo arriba y viceversa. Se siente estrecho, incómodo en el taburete de la taberna.

    El “y viceversa” no es una expresión menos certera que “prensando”, o que la inteligente alusión a la excitación de Amerigo (“se siente estrecho”), que se repite en otras formas a lo largo del libro, pero tal “y viceversa”, en medio de un flujo tan poético, tibio y mesurado como “la fuerza” de Elisae (que luego llamará asombrosamente “el abrazo de aquella lengua interna”), habla de una forma de expresar la vida en la que hasta lo más rústico es medido, o sea: hay una conciencia de la brusquedad como condición de misterios que no serían tales sin ese origen, del todo asimilado a la naturaleza masculina.

    Buscando llegar a ese sector, se mete por una calle cualquiera, pero que le es familiar, aunque la otra vez la vio desde un carro. Cuando empieza a recorrerla y a recordar se le viene a la cabeza esa obsesión exacta de los machos y, a fin de cuentas, no tiene por qué dejar que ese casquillo que Mónica le ha dado lo haga perder su sentimiento más primario.

    Como un hormiguero, en donde si uno se acuesta sin mirar será mordido, como ese de donde sacamos las hormigas que echar en la lente de mi cortometraje Clemencia, y que picaron ellas también sin mirar al camarógrafo, Cruz, este libro de cuentos de Correa Taborda puede hacerte perder de vista que su orden está más allá de tus expectativas como lector de cuentos, que su origen es una experiencia meditada hondamente y en común con muchos otros, y no la sorpresa con que por lo general nos quieren regalar los cuentistas, los mejores y los peores. Los personajes, cuando alcanzan una revelación o sopesan una reflexión, muchas veces reconocen su procedencia en las palabras de un amigo o de un conocido en las anónimas horas de la rumba madrugada: eso es hermoso, pero ante todo un reflejo del tono pensativo que, como nubes de humo, se lleva al libro entero, a veces de modo explícito, entreverando cuentos entre sí, y dejando cada uno de ellos al aire, casi como si nada hubiera pasado.

    Camina suspendiendo entre los labios un cigarrillo sin encender. Si lo prendiera elevaría los diecisiete grados de la noche, la blanca cortina de humo le retornaría el sentimiento desplazado por el desconsuelo de sentirse en un mundo indescifrable. Eso le ha dicho Mónica, fumadora empedernida de quien está tragado.

    Acaso las sugestivas palabras de Mónica las haya dicho ella en esa primera fuga a la que Amerigo y ella se dan y que debe ser la misma que él recuerda tan nítidamente en un cuento anterior (“Luna corta”) cuando pasa por “un rompoi recién hecho”, de camino a donde Elisae, en el bar El Hormiguero:

    ... la roca donde tomó cerveza un día con una pelada de El Hormiguero.

    ... pero en cualquier caso son ese y otros énfasis (las palabras “un día”, en este caso) los que configuran una arquitectura semejante a la que Amerigo descubre en los óleos del bar, la tarde en que retorna a él, luego de varios años de no ir.

    ... ventanas abiertas a un mundo subterráneo de cavernas húmedas y tierra espumosa. Las cámaras más hondas y salvaguardadas por los zánganos están colmadas hasta la angustia de unos huevos amarillosos.

    Los zánganos son un poco también los amigos de Amerigo, y los huevos que colman las cámaras más hondas “hasta la angustia” son ese huevito que felices dando solo podemos “revivir con tormento”, como ya hemos visto que nos dice el narrador de “Paisaje inmencionable” (prefiero la voz “huevo” al mote de “polvito”). La sensualidad de las palabras de Correa al describir a Elisa Elisa, en “Química”, y sobre todo su atracción por Miguel Miguel en ese mismo cuento...

    Ella se enternece con la música cascabelera de las tamboras llenas de brazaletes y collarcitos. Le da por girarse para escuchar mejor; sintiéndose atraída por el cuentero experimenta un hormigueo que le abre el estómago, le deja débiles las piernas y le enfría la ingle. Le gusta Miguel Miguel. Siente angostas las venas, livianos los huesos.

    ... son palabras que nutren de un sentido conmovedor el prodigioso encuentro final entre Elisae Elisae y Amerigo:

    La esgrima de los besos se transforma en un bailoteo manso. Algo frío les baja, a los dos, por dentro hasta el estómago, y se devuelve luego tibio hasta los hombros, para volver a desenrollarse y trepar y bajar frío y una vez más enrollarse calentándose. Ni Elisae ni él quieren parar, en tanto las bocas de ambos se macizan entre sí. Nadie va a abrir los ojos. El mueble rechina. Alcanza la pared. Ella apoya la cara contra el cojín. Él pone la cabeza sobre la de Elisae.

    -         Nunca te había sentido así –piensa concentrada en lo que está sintiendo.

    Menos que nunca pueden detenerse ahora.

    - Gracias –piensa Amerigo convencido de haber escuchado la voz de la mesera confesándole que nunca lo había sentido así.

    Para el iniciado en las drogas, y sobre todo en la rehabilitación por toxicomanía, la frase “nunca te había sentido así” puede sonar familiar, pero el “gracias” de Amerigo es la voz de lo que yo he llamado una sabiduría superior en Cruz Mauricio Correa Taborda, que entiende a la perfección la magnitud de lo que, a lo largo del cuento, y del libro, ha llamado simplemente “un polvito bien echado, y ya”. Esa sabiduría está desde el principio, en cuentos como “Perro come perro”, de modos imperceptibles pero tanto más sutiles, cuando dice:

    ... la mafia de Medellín no perdona y siempre ataca al paciente por el lado que está menos involucrado.

    ... o:

    ... y en este país, en el que pichar todavía es un evento...

    o en general todo su asombro ante el insuperable favor que cosecha Bonaser entre las mujeres...

    ... porque no tiene carros, ni fincas, ni lujos, ni estatus, ni caballerosidad, ni fama, ni nada de nada, solo labia...

    ... pero más que nada en sus digresiones sobre el difícil compromiso al que llama el amor, en “Reliquia casual”, y en el magistral y dolido final de “Las seis”, en el que Amerigo, domado por el sistema, debe dejar la oficina sin hablarle a la bella nueva empleada porque el jefe le ha dicho que se abstenga de ello:

    bueno, pelado, concéntrese en la carretera entonces, que con este aguacero, facilito se resbala y la situación en Colombia no está como para hacerse incapacitar.

    Los méritos literarios de El Hormiguero son innegables, pero lo que constituye su hallazgo superior puede ser invisible para el lector común: esa forma de novela porosa que Correa se inventa, y en la que Amerigo al final flota en una especie de trascendencia “por el lado que está menos involucrado” (quien lea el libro, quien lo lea bien, me entenderá, a mí que ahora lagrimeo un poco, por recordar a su autor cuando hace muchos años me contaba con asombro, dolor o perplejidad las cosas que al fin han despuntado en forma literaria)...

    Con todo, esa es la recompensa de los escritores que se afanan en comprender el mundo, y no solo en contar historias. Hay quien dice que los cuentos de Cruz no son cuentos, algunos los llaman “relatos”, pero como si algo les faltara. Lo que ha hecho Correa es algo nuevo, y El Hormiguero, como he señalado, va más allá de ser una colección de cuentos, y es una curiosa forma de novela abducida, adivinada, una más que legítima, sugerente exploración, que perdurará y, sobre todo, quiero imaginar, como comienzo de más cosas.

    Recomiendo especialmente “Las seis”, una narración que es voz interior pura.

    Quienes adviertan la calidad del atrevimiento de Correa, son verdaderos elegidos: pero elegidos por él, al modo en que lo hace su amado Joyce. Felicitaciones a mi viejo amigo por dar a luz, al fin, una obra como esta, que merece a su autor, como solo pasa con las mejores.