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    En recuerdo de Mejía Vallejo (1923-1998)


    LA MUERTE DE PEDRO CANALES:
    EXÉGESIS DEL GUERRILLERO


    La muerte de Pedro Canales (Gómez, 2003)

    A falta de espíritus de paz hábiles, persuasivos, en una sociedad intolerante,
    en donde, por contrapeso, abunda el martirologio,
    escribí este texto hace cinco años,
    en memoria de Manuel Mejía Vallejo, quien este año cumpliría noventa

    Tal vez siga teniendo vigencia esta lectura
    de uno de los principales relatos del narrador,
    pero donde se piensa a Pedro Canales cabría explicarse a Uribe Vélez
    (otro bandolero),
    y donde dice Tirofijo, leerse Santos, o ejército,
    (y donde rebelión, el progreso a costa de nuestra propia existencia)

    Por Santiago Andrés Gómez (este artículo fue publicado originalmente en el periódico El Colombiano, en julio de 2008)

    Más allá de cualquier causa, la figura del guerrillero persiste hoy en toda su idealización, y es moda. En varias películas importantes del cine reciente, como El violín o El laberinto del fauno, la rebelión armada ha sido elevada a la condición heroica que para muchos le es propia, y el Ché Guevara es mirado, de Walter Salles a Steven Soderbergh, como una persona de gran importancia para el mundo.


    La muerte de Pedro Canales (Gómez, 2003)

    El hastío que nos ha terminado provocando la realidad que vivimos puede que no sea general o ni siquiera determinante, a no ser por la tendencia que pueda definir para el mercado mismo, pero en todo caso lleva a más de uno a soñar con la idea de que un cambio radical y violento del sistema es la fórmula ideal para encontrar justicia, o al menos de que quienes lo intentan enfrentando la ley son personas dignas de todo elogio.

    En 1956, tres años antes del triunfo de la Revolución Cubana, Manuel Mejía Vallejo escribió, en pleno exilio provocado por la violencia partidista, un cuento titulado La muerte de Pedro Canales, que intenta retratar el alma y el destino de un bandolero –aunque la palabra que utiliza el propio Mejía ya es “guerrillero”-. A diez [quince] años de la muerte del escritor, este cuento puede darnos claves para acercarnos mejor a la paradoja de ese ser rebelde que, pese a su barbarie, sigue cosechando tantas simpatías.


    La muerte de Pedro Canales (Gómez, 2003)

    Pedro Canales fue un personaje que acosó a Mejía por mucho tiempo. El texto que nos ocupa no es el único del antioqueño en el que aparece el bandolero. La Revista Universidad de Antioquia publicó en 1998 algunos escritos tempranos en los que Mejía esboza a Canales, y en El día señalado vemos al temible capitán aparecer de otra manera, ya no tan central, pero que sí lo determina como un arquetipo permanente en nuestra cultura.

    Canales es mirado en el cuento desde la perspectiva de un compañero de armas que lo admira pero a quien también horroriza. “De legionarios contra un estado corrompido de cosas, habíamos caído en hombres fuera de la ley”, reflexiona el narrador. “Ya no luchábamos por nuestra causa sino por vengarnos de nuestra derrota”. Es 1956, y aunque fugaz en estas frases, insulares en la escritura bravía del cuento, la penetración política de Mejía es visionaria.


    La muerte de Pedro Canales (Gómez, 2003)

    Sin embargo, lo que hace al cuento más impactante es la forma como hace conciencia de dos tendencias insostenibles en la guerrilla, y que tampoco se pueden separar. Canales, que es quien manda, logra imponerse por la violencia de sus motivos, unos motivos oscuros, irreflexivos, que se agotan en un inconformismo menos político que existencial. Hay en él un animal herido, un ser primario que sencillamente, no tolera el orden, ningún orden.

    “No creía en Dios pero había endiosado su destino, adoraba ciertas fuerzas en cuanto representaban lucha contra hábitos preconcebidos”, dice el narrador hablando de Canales, y más adelante: “Pues detestaba la pasividad de los hombres organizados por decreto”.


    La muerte de Pedro Canales (Gómez, 2003)

    Contra ese desprecio absoluto por la civilización, así de fascinante como repudiable, pues lleva a cometer injusticias que Canales ni siquiera considera como tales, el narrador se levanta y, al matarlo, dice desde el principio: “maté aquello que en mí odiaba”, o sea, como explica luego, mata “ese ir al desgaire, desatadas las fáciles emociones para echar en olvido la disciplina de la obra seria”.

    Las figuras del cuento son la cristalización de unas fuerzas contrariadas que desgarran el alma del rebelde, pero no son ficticias. Basta oír a Tirofijo decir que cuando disparaba “no sabía” si mataba civiles, para entender que toda rebelión, por justa que sea, tiene su tirano.


    La muerte de Pedro Canales (Gómez, 2003)