• Espacio de difusión y debate sobre el video y el cine nacional, y sobre temáticas relacionadas. Tribuna abierta a la diversidad y plataforma de discusión estética y política.

    "Nido de gulungos" / Capítulo 1


    NIDO DE GULUNGOS
    Una novela de Santiago Andrés Gómez


    Edificio Coltejer, símbolo de Medellín
    Foto: Jaime Calle ©

    (Extraído de "Todas las huellas. Tres novelas breves".
    Editorial Universidad de Antioquia, Medellín, 2013, pp. 15-19)

    ***

    Santiago, que el cine sea para ti una ventana que te permita conocer
    lo más profundo y lo más bello del ser humano.
    Con aprecio,
    Luis Alberto

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    Uno

    La mañana del jueves, Eliseo Benavides, el prefecto de disciplina, interrumpió nuestro taller de Inglés con el aviso de que por fin los expertos en orientación profesional se habían dignado a visitar el colegio para darnos a los estudiantes de último grado una asesoría que nos permitiera escoger mejor la carrera que habríamos de estudiar.

    -          Pasen en orden al salón de Audiovisuales –nos pidió.

    Nosotros animosamente cerramos nuestros cuadernos, aunque nosotros es un decir: todos mis compañeros lo hicieron, no yo, que me pasaba las clases leyendo o conversando con los profesores, como ahora en inglés con César, acerca de los temas del día, los asesinatos cada vez más reiterados de miembros de la UP, los equipos que pintaban para entrar a la final del torneo nacional de fútbol, o lo que se nos ocurriera. Exceptuando a algunos profesores de matemáticas a quienes les entregaba los exámenes en blanco, mis maestros –y César en especial– me tenían estima porque yo, sin necesidad de tomar notas ni hacer cuaderno, conservaba en mi mente los conocimientos del curso, y también, frescos aún, los más remotos, de modo que si un profesor debía repetir una lección sabida, en caso de que algún alumno mostrara haberla olvidado, yo siempre protestaba: “Pero si eso ya lo vimos”…, con lo que me había ganado una inmerecida fama de lambón entre varios estudiantes –no mis amigos.

    Me levanté con curiosidad por lo que nos dirían los expertos, ya que vacilaba entre estudiar Periodismo, Cine o Literatura, y me senté atento en una de las primeras filas del salón de Audiovisuales, pero no fue sino oír las primeras palabras de uno de ellos cuando algo colapsó en mi cerebro.

    -          Bueno, muchachos –nos saludó un joven encorbatado mientras dejaba su pesado saco en una silla–, yo sé que ustedes esperaban estos días desde que estaban en kínder… Yo también soy ignaciano, y sé que desde que entramos al colegio nos dicen cada mañana que el futuro del país está en nuestras manos… Uno termina acostumbrándose, pero eso no es carreta, y ahora ustedes deben tener muy en cuenta que en verdad son los dirigentes del mañana, y tienen que prepararse para asumir los retos que les presenta el mundo y escoger bien la carrera que van a estudiar, si quieren ser hombres de éxito por el resto de sus vidas.

    A mí me había dado migraña por primera vez el pasado diciembre y ya sabía cómo empieza ese martirio impensable que primero te ciega para delirar con uno y luego te demuele con su sonso martilleo. Mientras miraba los ojos gélidos del joven encorbatado dejé de ver la bandera del colegio, al fondo del salón, y en vez suyo apareció una mancha lechosa que empezó a hacerme el quite cuando intentaba atraparla con la mirada. Al ver que me iba, Darío Arboleda, director de grupo, alzó las cejas con gesto consternado.

    -          ¿Qué pasó, Santiago?

    Si yo en el fondo sabía que los ataques de migraña me daban en momentos en que me veía a mí mismo doblegado por circunstancias que no podía soportar, mi propia persona era algo así como una neuralgia irredimible para Darío, pues cada que me era posible, y ante quien fuera, yo en el colegio cuestionaba dogmas que rara vez eran discutidos –por eso mi fama de lambón era, más que inmerecida, absurda–. En los actos cívicos improvisaba ante todos, si era veinte de julio, que la democracia en Colombia no era sino un mito de papel, o si era doce de octubre, que Colón no había descubierto nada porque los indígenas ya estaban aquí cuando él llegó… Ahora Darío, y se sabía con sólo apreciar su bochorno, estaba convencido de que mi retirada, en plena charla de unos expertos sobre las responsabilidades de nuestro futuro, era un acto subversivo que no tenía otro fin sino que mis compañeros por lo menos se percataran de mi inconformidad. No sé realmente cuál habrá sido el motivo exacto de mi ataque, pero de cualquier modo era real, así que me apresuré a aclararlo.

    -          Me dio zarigüeya –subrayé mientras salía del grupo golpeando con las piernas las rodillas de mis compañeros–. Voy a la soltería.

    -          ¿Precisamente ahora? –adivinó Darío.

    -          Uno no apuesta si va a filtrar zarigüeya, Darío –expliqué, pasando a su lado con la mano en el ojo.

    En enfermería me dieron un vaso de agua con cinco gotitas de Neosaldina, que más te alivian por la amargura, pero la embestida de la migraña era una de las más temibles que yo hubiera tenido… Me recomendaron que me fuera en taxi, que pasara el día con una dieta blanda –lo que nos decía siempre la enfermera–, y cuando llegué a casa le adelanté a mi familia que no iba a almorzar, me encerré y me tiré en la cama, donde soporté toda la tarde los hendidos hachazos enhiestos de mi encabritada testa.

    Ese día había eclipse de luna. En la noche había aminorado la tortura, e invadido por esa sensibilidad que nunca he perdido ante la ronda de los cuerpos celestes, detuve mi repaso de Kierkegaard y salí con mi padre a la terraza a ver el maravilloso encuentro con nuestra propia sombra. La luna, oculta del sol por la tierra, estaba como embrujada, y papá y yo la contemplábamos absortos en el instante en que mamá gritó desde la sala:

    -          ¡Mijo, mataron a Julián!

    Papá entró corriendo.

    -          ¿A cuál Julián? –clamó, obcecado, sin creerlo aún, y mamá sólo supo alzar la radio.

    Entonces lo vi, enmarcado por la puerta de la terraza, llevar sus manos a la cabeza, dar media vuelta y buscar a tientas un sillón para derrumbarse, llorando. Mi hermano Gabriel apareció por el pasillo con la mano en la boca. Había oído el grito de mi madre, y tampoco lo podía creer.

    Julián Becerra era un magistrado de la Corte Superior que había compartido con papá sus años de formación. El domingo pasado había estado en la finca haciendo visita a mi familia, y a mí me parecía verlo todavía bebiéndose un aguardiente doble y chupándose un casco de naranja… Agaché la cabeza, conmocionado… Una sólida gota de brea que llevaba años en una baldosa, parecía licuarse, lerda y maligna… Alcé la vista para ver la luna, y su tono escarlata me hizo estremecer.

    ***