• Espacio de difusión y debate sobre el video y el cine nacional, y sobre temáticas relacionadas. Tribuna abierta a la diversidad y plataforma de discusión estética y política.

    Sobre una posible industria del cine en Antioquia


    LA ÚNICA ALTERNATIVA


    Los colores de la montaña (Arbeláez, 2011)
    ¿La (posterior) confirmación de nuestras palabras?

    Este texto, vetado por el periódico El Colombiano en 2010,
    poco antes de nuestra voluntaria salida de ese medio,
    puede tener aun vigencia, en los diez años de la Ley de Cine

    ***

    Por Santiago Andrés Gómez

    De un tiempo para acá se está hablando en diversos ámbitos de la empresa, la política y la cultura en Antioquia, sobre la necesidad y posibilidad de crear un ambiente propicio para la industria cinematográfica en nuestra región. La premisa obligada para ello, el supuesto incuestionable, está en el mismo objetivo que se busca: hacer industria. A eso no hay que ponerle trabas: no está mal que en algo relativo a nuestro cine seamos claros por fin. Sin embargo, se suele romantizar el asunto argumentando que con el cine se podrían obtener otros beneficios, como reflejar la cara buena del país. Se tiene por sabido que un país sin cine es un país sin memoria, y al parecer queremos recordar lo bueno, no pensar en lo malo.


    Retratos en un mar de mentiras (C. Gaviria, 2010)
    Un tema del que aun hay mucho que hablar, en una de las cintas colombianas
    más reconocidas internacionalmente

    Valga tener en cuenta, no obstante, que lo mejor es dejar al cine ser lo que es: esa olla donde todo cabe, como decía Mastroianni. No se explica uno por qué para hacer una película casi siempre se le intenta mostrar como el ejemplo definitivo del cine que hay que hacer. Es natural que tanto realizadores como espectadores sientan preferencias y algunas veces postulen una u otra cinta como el modelo que se debería seguir, o que por ciertas obras se sienta aversión, pero si la crítica puede servir de algo es para aceptar que el propio punto de vista, por más que se sustente con convicción, no pasa de ser un simple punto de vista, y que no sólo para gustos se hicieron los colores, sino que tan importante es que haya un cine malo como un cine bueno.

    Lo que quiero decir es que un cine “perjudicial para la imagen del país” ha sido una sana costumbre de industrias fílmicas cimentadas como la española o la inglesa, y por supuesto el motor de la única industria autónoma de cine en el mundo, la de Estados Unidos, desde el cine del Oeste hasta Belleza americana (American Beauty, Mendes, 1999), pasando por El padrino (The Godfather, Coppola, 1972) De otra parte, ¿por qué habríamos de optar nada más por vender una imagen positiva que es tan real como irreal? Cierto es que las palabras más desencaminadas que se puedan decir sobre películas como La vendedora de rosas (V. Gaviria, 1998) son justificaciones del tipo: “Es que ésa es la realidad”, pero resultaría ingenuo, con miras a la creación de una industria, anteponer un cine de historias blancas a uno que asuma nuestros traumas y problemas como parte de su identidad, o sea, como una característica diferencial, y un valor añadido.


    Soñar no cuesta nada (R. Triana, 2006)
    A partir de nuestros vicios y valores, ¿qué otra cosa fue, sino un éxito difícil de superar
    y un fenómeno cultural oportuno para pensarnos?

    Y es que nadie puede discutir que la industria del cine es peculiar en cuanto su producto es un generador de sentido, y resulta particularmente delicada la capacidad de las películas para exaltar o demonizar a ciertos personajes. Pero ninguna fórmula puede definir cómo encarar correctamente tal o cual historia, sólo mientras más auténtica sea la relación del cine con su sociedad, el esfuerzo por mantener en pie la industria tendrá una mayor significación. De todos modos, lo más recomendable para evitar el fracaso de una posible industria del cine en Antioquia, es no idealizar el papel que ella pueda cumplir.

    Películas quizá ejemplares para el tipo de cine que se está buscando, como Los viajes del viento (Guerra, 2009) por ejemplo, que detrás de sus métodos llevan el afán implícito de tomar distancia frente a los temas más trillados del cine colombiano, podrán ser lo que sea, pero no más que una película: su resonancia nunca será tan grande como sueña todo productor, ni radicará más en su temática que en sus propias cualidades internas. La buena imagen que tanto buscamos para el país se logrará con hechos, y no haciendo del cine una publicidad condicionada, sino más bien un producto que valga por sí mismo.


    Eso no tiene por qué reñir con la industria, por el contrario: es su única alternativa.