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    Documentales indispensables hoy (y 10): Sherman’s March (McElwee, 1986)


    ESTA TIERRA ES MÍA


    Sherman's March (McElwee, 1986)

    Por Santiago Andrés Gómez

    Hablamos de una obra que pronto cumplirá treinta años y se mantiene tan fresca como si hubiera sido realizada esta mañana, como si su información fuera siempre nueva: ¿por qué? En los ochenta, a tono con estudios avanzados de lingüística en todo el mundo, el documental contaba ya con autores que permitían entender la elocución en el género como un elemento definitivo. Dentro del sistema retórico clásico, la elocución, el último momento de la construcción del texto, es en el que adquieren entidad la estructura y el universo referido por el autor, y Bill Nichols llegaría a entenderlo en el documental como las elecciones que configuran el estilo: se trataría así a la forma como dimensión decisiva del documental, la que le otorga su permanencia.

    Pero este momento emerge de decisiones previas sobre la estructura, especialmente, y lo que ya quedaba en claro, para aquellos tiempos, era que el documental no es un reflejo estable del mundo, sino una variación poderosa, casi ilimitada, de sus trazos contingentes. La mixtura escandalosa entre un documental clásico, interpretativo sobre las bases de una lógica positivista, y un documental más suelto e intuitivo, cuyas formas más recientes tendían entre la observación desnuda y la auto-representación de sus actores sociales, era una consecuencia natural que adquiriría fuerza tan pronto “el lugar de elocución” fuera llenado por el yo, por la primera persona, o puesto a girar en un espacio de cierta indeterminación, como pasa con Marker, Trinh Minh-ha o Errol Morris.


    Sherman's March (McElwee, 1986)

    Entre los documentalistas clave que por medio del relato en primera persona hicieron en su obra una suerte de “desvío al centro ingrávido de lo real” (como lo fueran luego célebremente Michael Moore o Alan Berliner), Ross McElwee es tal vez el fundador de un estilo, a la vez, único en él, inimitable, de imperecedera elocuencia. McElwee fue alumno, en el eminente MIT (Instituto Tecnológico de Massachussets), de uno de los documentalistas señeros en la historia del cine: el legendario Richard Leacock, quien creara las preceptivas del Direct Cinema (ver en este mismo blog esta entrada dedicada a él http://maderasalvaje.blogspot.com/2011/08/richard-leacock.html ) y quien últimamente había tendido hacia una vertiente más intimista en sus documentales de observación pura.

    La pregunta genial, revolucionaria, de McElwee acerca del cine directo, era por qué, si pretendía retratar la realidad, el camarógrafo se ocultaba: por qué la concepción de tal estilo buscaba hacer invisible la relación más que crucial, absoluta, entre los personajes y los realizadores. De aquí surge todo el cine de McElwee, y Sherman’s March (McElwee, 1986) es la obra capital, la que definirá toda una serie de episodios subsiguientes, documentales extensos, épicos pero intimistas, una especie de gran álbum familiar de Norteamérica en el que su autor, un hombre que “lo filma todo”, es como un protagonista atónito y, al mismo tiempo, un comentarista de ironía tan sutil que pareciera que todo se escapa de sus manos sin que nada quedara por fuera de su atención.


    Sherman's March (McElwee, 1986)

    Sherman’s March es el registro de una frustración asumida. McElwee busca hacer un documental clásico sobre el paso por el sur de Estados Unidos del general nordista William Tecumseh Sherman, durante la Guerra Civil, en 1863, pero su perspectiva, centrada en las cicatrices que dejara aquella campaña en la gente de los territorios afectados, atrae y considera todo cuanto tenga que ver con su experiencia propia en el conocimiento de esas personas, y entre ello es central la preocupación de un McElwee ya maduro por intimar con una chica más o menos afín a él. Ambas tramas se alternan con preponderancia de la realidad del sur de Estados Unidos en los ochenta, y casi siempre por medio de la relación del camarógrafo con una serie de mujeres, a cuál más fascinante.

    Una alocada aspirante a actriz, una frágil estudiante de lingüística, una apasionante cantante de rock, una creyente en la inspiración divina de la nación, son ejemplos de la humanidad que desfila enternecedoramente ante un sujeto que se abstiene de juzgar, sino que juega todo el rato, en tono menor, con todo el mundo, fascinado con su presencia, con sus movimientos, palabras y silencios. El montaje es el momento en que toma cuerpo el pensamiento del realizador sobre un mundo traumatizado, por medio del tejido de una voz fuera de cuadro que pareciera ubicarse en los momentos pasados y revivirlos, y sus comentarios, fría y certeramente humorísticos, nos permiten idear asociaciones, mantener en suspenso y entender a cabalidad su punto de vista.


    Sherman's March (McElwee, 1986)

    Sobre la obra sus profesores Leacock y Ed Pincus, quien realizara un diario fílmico con coordenadas más contemplativas que otra cosa, Ross McElwee añade una voz personal que se busca y encuentra constantemente a sí misma en medio de un universo abrumador, febril, con frecuencia despiadado y absurdo, aportando un sentido más humano al documental y generando un orden de relaciones más íntegro en el ámbito del cine. Uno de sus apuntes sobre el documental de observación lo explica claramente: “Filmar la realidad de forma tan distante, sin acceso a los pensamientos del director sobre lo que está grabando, tenía como resultado objetivar una experiencia personal que, de forma natural, parecía pedir a gritos una interpretación subjetiva”.


    Sherman's March (McElwee, 1986)


    Ross McElwee es mi documentalista favorito, y uno de mis cineastas más amados.


    2 comentarios:

    Unknown dijo...

    Si os gustan los documentales os recomiendo http://www.documaniatv.com tienen mas de 10000 documentales y la actualizan a diario

    Madera Salvaje dijo...

    ¡Gracias!