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    Perplejidades en torno a El cuarto asesino


    AL RESCATE DEL CUADERNO AMARILLO



    Fausto, inspiración en divergencia...

    Por Segundo Calvo

    Si hay algo que proteja a este extenso relato, escrito en su época de confianza por Santiago Andrés Gómez, es que, al parecer, todo lo que se diga sobre él puede ser cierto. Nada más provechoso que asimilar con igual entereza los caprichos de la fortuna, “los golpes y favores de la fortuna”, como elogia Hamlet de Horacio, pero si lo que en un sujeto es mérito es en su obra albur, en este caso puede ser así. Hay momentos, y de hecho toda una dimensión y una serie de facetas de El cuarto asesino francamente indescifrables, pero las trazas de un argumento angustioso, esos como guijarros azules que va encontrando uno a lo largo de la lectura, cual si de un hilo de Ariadna se tratara, para no perdernos en el imposible laberinto, nos van determinando, hasta donde he leído, la presencia, incluso la realidad de unos hechos de los que se da cuenta.

    Pareciera pues que nada es caprichoso, y al terminar, no sin esfuerzo, cada capítulo, se afianza, no sin placer, la sensación de que los enloquecidos desvaríos que humean de tanto en tanto llevan la insignia de un conocimiento previo, y como quieren decir, de un trasunto revelado, de algo que pedía ser narrado. He hablado con Gómez a nuestra vieja usanza, cada vez más inusual, y ha terminado por conceder que no solo algo hay de cierto en todo lo que ha escrito, sino que de hecho todo lo que la breve novela dice es como una oveja que se contara porque se ve, no porque toca. Hay dos espacios definidos por dos momentos narrativos, profundamente imbricados tal como que sin uno el otro no existiría o no tendría sentido. Esta sensación de extravío atraviesa el libro entero, pero la reiteración del evento de despertar jalona una urgencia.

    En el primer espacio es evidente la aparición o conquista de un entendimiento acerca de pulsiones insólitas, ignoradas por su protagonista, y relativas al modo de habitar o ser habitado por el tiempo, en las que el sujeto se reviste de una potestad fugitiva pero inviolable, bien sea para evitar el olvido y, así, no morir, bien sea para acceder al presente, por medio de la memoria. La música se convierte, más que en un símbolo, en el modo de ser de tal mutación permanente, en la que, al final, encarnamos la culminación desmedida de un orden, en última instancia, convergente, pero omnímodo, impasible. Ser testigos de nosotros mismos compromete advertir aquello que, siéndolo, hemos despreciado, y que no es otra cosa que un recodo reservado para nuestra propia y maliciosa indiferencia; como decir que “nadie sabe para quién trabaja”.

    En un momento asombroso, propiamente el centro de Doctor Faustus, el demonio Sammael le dice a Adrian Leverkühn que el infierno, la experiencia del infierno, consiste en llegar a una comprensión nefasta de lo que es la vida: “¿En esto queda todo?”. El demonio del olvido, en El cuarto asesino, esa mujer deforme que, para quien crea en la realidad de los hechos y la vida interior, simula o vale por una simple y fatal anulación de lo que ya hubo sido, pareciera tener algo más reservado para Verónica... En esa parte voy, ya cruzados dos capítulos de lo que a Tácito, la voz que somos, en su personalidad de Julián, el Ser pasajero y eterno le revela. Julián Sevilla, se nos aclara desde el párrafo clave con que se inicia el cuarto capítulo, ha soñado con Verónica, y esto no es que no haya sido o no sea ella, sino que en el mundo tangible su faena es otra.

    Aquí tocamos lo más convencional u ordinario y, al mismo tiempo, lo más incógnito o inexplicable de El cuarto asesino... Yo mismo, que tanto he visto y sentido como Gómez o Julián Sevilla o cualquier mortal, estoy atemorizado en el momento de tratar el tema, porque comprendo que hay en juego una disposición subjetiva frente al universo, que se ha puesto por sí misma en ese riesgo. Julián pertenece al orden de lo vivido, de la experiencia, de lo narrable. Así se establece en la conjugación del texto, y nos parece más llevadero, aunque es todo lo contrario. Cuando ese relato se dilata porque en él persiste otro hilo, más fuerte y delgado, otra percepción, y en este caso la sensación muy particular de haberlo ya vivido todo, como si se estuviera de regreso, cada acción termina tomando un rumbo de magnitudes inconcebibles, inimaginables.

    Y es que, ciertamente, lo que se ignora es lo que llamamos real y olímpica pero necesaria y en verdad muy cobardemente menospreciamos, desestimamos, consideramos de paso como un algo dado que no importa. Lo que se ignora es una eternidad de eventos que cunden en pánico alrededor nuestro y se precipitan desde otra eternidad naciente hacia la eternidad de lo más remoto e irreparable. En ello estamos, con la dignidad de una espera y la temible conciencia de una presencia sensible y moralmente inquieta, pero a la que nadie le ha sabido negar la responsabilidad que intuye. Como si Verónica, la soñada Verónica, fuese Julián para reconciliarse ambos con Tácito (la voz que somos), o si el miedo, lo doloroso, la vergüenza o los odiados fueran el único alivio de nuestro definitivo error, sabido que con el pasado, nos perdimos.

    ¿Preferiríamos el olvido, la nada que ya sabemos? Voy para el final...