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    Angie, 40 años


    “NO ES BUENO ESTAR VIVO”...


    La famosa carátula del Goats Head Soup, diseñada por Ray Lawrence

    Por Santiago Andrés Gómez

    Hasta donde sé, no es mucho lo que gustan hablar los Rolling Stones de un disco que, bien que mal, hace parte de los más reverenciados que ellos hubiesen grabado nunca y que, personalmente, es entre todos los suyos el que quizá siento más cercano, no sé si porque yo haya nacido pocos días después de su lanzamiento mundial: el Goats Head Soup, de 1973. Para no ir muy lejos, basta con decir que en el muy completo y autorizado libro According to the Rolling Stones, lo que se dice de este elepé es un escaso párrafo de Keith Richards sobre las dificultades que significó grabar en Jamaica, pues ya era un lío juntar a todos quienes para entonces eran casi unos fugitivos de la ley.

    El Goats Head Soup es un disco suave, dotado de una especial elegancia que resulta disonante en relación con la agresividad de los vinilos que habían elaborado en los años anteriores con Jimmy Miller, quien seguía siendo productor de la banda. Temas como 100 Years Ago o Doo-doo-doo-doo-doo (Heartbreaker) tienen una componente indiscernible del glam al que se entregaría sobre todo Mick Jagger por esos años, algo más cercana a una suerte de heavy pop, pero en verdad son inclasificables, y la balada Coming Down Again, cantada por Richards, viene a dar un toque de trip, de viaje narcotizado, aun sin ser para nada sicodélica, al fabuloso primer lado del disco.

    100 Years Ago: una venturosa delicia...

    Pero es Angie, el corte que cierra el lado A, el tema que se convertiría en primer número uno de los Rolling Stones en Estados Unidos desde 1968, y uno de los más famosos de la banda, oscilando entre aquellos que lo exaltan como una de sus joyas más preciadas y quienes lo atacan con odio por ser supuestamente una absoluta concesión comercial, y eso sin considerar los mitos que se han creado sobre su concepción. Hay los que dicen que es un tema compuesto en honor de Angela Bowie, quien habría descubierto a su esposo, el famoso David Bowie, en la cama con Jagger, pero otros argumentan que la inspiración fue el nombre de la primera hija de Richards, quien realmente fue el compositor.

    A mí lo que más me interesa es el alcance emotivo de la canción. No es necesario estar anestesiado en el amanecer de una rumba sicotrópica para reconocer en la marea alta adonde nos lleva Angie una tierra acaso reservada para quien atraviesa los confines de la muerte y encuentra su mirada posada sobre esa lejanía irrecuperable que llamamos vida, sin más opción que un inconsolable sentimiento de arraigo en las pasiones y gentes idas, pero tal vez sí provenga de la experiencia más rastrera con la heroína, a la que Richards estaba entregado, la vibración última en que Jagger canta, perfectamente entonado con la largueza de los violines, “It ain’t good to be alive”...

    Angie: una de las dos versiones del promo oficial

    La estrofa dice exactamente: “Pero Angie, no es bueno estar vivo / Angie, Angie, no pueden decir que no lo intentamos”... ¿A quién, o a qué cantaba Richards? “Sin amor en nuestras almas ni dinero en nuestro abrigo / No puedes decir que estemos satisfechos”... El cuadro no son sino alusiones a una situación que no alcanzamos a completar, pero que no podemos imaginar más que de modo certero. Hay aquí un testimonio de vida que, de situaciones muy peculiares, pero siempre temidas, pasa a mezclarse con lamentos que nadie dejaría de sentir como propios. “Todos los sueños que tuvimos tan cerca parecen esfumarse en humo”, es de esas frases que uno no sabe cómo recibir.

    Keith Richards y Mick Jagger son mucho más que unas simples estrellitas de rock, y su pose a lo largo de los años es más indescifrable de lo que permite suponer la publicidad. Lo que hay en ambos, y también en Charlie Watts, y en Ron Wood, es sabiduría. Basta con leer sus palabras para saber que la experiencia humana ha sido y sigue siendo vivida por ellos hasta sus más etéreos límites, desde una actitud que no se avergüenza ni de lo más abyecto. La clave para la expresión poética la tienen en sus manos, conquistada desde su niñez por su amor universal hacia la música, un amor práctico, se entiende, que pone manos en el asunto y resuena de allí hacia el cosmos.


    Keith Richards, en la lente de Annie Leibovitz

    Idear un conjunto de acordes como el de Angie e interpretarlo con tal sentido de la pertinencia, en un contacto tan profundo con lo que esta canción sugiere como único, como un momento de llegada o una revelación inalcanzable, solo le estaba dado a los Stones. Componer no es algo que pueda aprenderse y ponerse en práctica sino de manera introspectiva, martillando uno sobre sí mismo, y lo que ellos aquí descubren es algo a lo que la música puede reconocer como uno de sus límites. Porque ya poco falta para que entendamos que nuestro tiempo fue no solo el de unos loquitos, sino el de unos creadores inmortales. Y es que, ¿qué otra pop star cantaría “No es bueno estar vivo”...?

    Angie: la segunda versión del promo oficial