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    "Buscando a Sugar Man" (Searching for Sugar Man, Bendjelloul, 2012)


    RAZÓN DE VIDA


    Sixto Rodriguez

    Por Santiago Andrés Gómez

    Hay dos cuestiones que han quedado resonando en mi cabeza, además de varias de las canciones de Sixto Rodríguez, luego de ver este documental hermoso y sorprendente. La primera de ellas tiene que ver con la escurridiza capacidad del arte para incidir en las transformaciones sociales, algo aquí evidenciado en el evento de Sudáfrica bajo el poderoso aunque involuntario influjo de la música de Rodríguez. La segunda tiene que ver con el modo en que, al abrir el canon, una obra desconocida pero insólita viene de algún modo a refrendarlo y, al mismo tiempo, en seguidilla, a proyectar una acogedora sombra sobre sí misma. En este caso, Rodríguez es más que su música.

    Pero antes hablaré de momentos que se quedarán para siempre en mi memoria. El primero de ellos, no cronológicamente, es cuando esperamos, con el corazón en vilo, por la aparición de Sixto Rodríguez, ese individuo legendario, muerto según muchos de las maneras más estrambóticas, y que al fin descubrimos vive aún en Detroit. De pronto vemos una ventana cualquiera, la ventana cualquiera de una casa cualquiera, y la abre un hombre cualquiera. Pero es él, basta verlo. Es él, y la fuerza de cuanto sabemos que ha provocado en el corazón de una nación entera, al otro lado del mundo, y lo que su música nos provoca a nosotros mismos, hace latir nuestro corazón más rápido.

    Cold Fact, álbum completo

    Sixto Rodríguez es la encarnación más profunda del rock que podamos imaginar, alguien de la talla de Springsteen o, como ya se ha dicho e incluso un productor musical reconoce en la película, aun de Dylan, pero justo porque hoy, al patear su calle o dar de comer de la mano al perro más viejo, debe lidiar con su fama. La entrevista que vemos a continuación nos muestra a un Rodríguez frágil, realmente tímido, y es asombroso que entonces el cine documental capte la magnitud de todo lo que no puede verse ni saberse. Vemos, cómo negarlo, un aura que no es de la película pero se convierte en algo suyo, un aura propia de alguien que pareciera esconder un sin fin de vidas por entre su sonrisa.

    La película elude muy apropiadamente lo que al principio deja temer, y es el uso de esas músicas de violines graves que acentúan momentos de suspenso dosificado, planillado, en el documental convencional del main stream contemporáneo, y en general sabe aplicarse con un formato televisivo muy elemental a lo que no pugna demasiado por ser expresado de otra forma. Entonces es la obra de Rodríguez la que emerge y te sume en un estado de percepción distinto a cuanto puedas experimentar frente a otra película u otro artista. Las letras dan cuenta de una sensibilidad afinada y sabia desde joven, pero la música, con una venia a su productor, esa música es la de un ángel.


    Rodríguez en su juventud

    Saber que todo esto pudo haber permanecido al margen de la gran publicidad, desconocido para la historia oficial, empapando las veladas de los jóvenes en Sudáfrica que oían en estas canciones mensajes de lucidez y emancipación inspiradores, hasta el punto de que Rodríguez fuera sabido por esos maravillosos rebeldes uno de los artistas insignia en la lucha contra el Apartheid, nos permite suponer que haya otros músicos igual de grandes a otros más conocidos, músicos incluso igual de embrujadores que Rodríguez, pero que nadie conozca. Y así el sentido de vida de este sujeto, que volvió a la construcción tras su paso fugaz por las disqueras, tiene mucho que decirnos.

    Lynn Hunt ha escrito hace poco un interesante libro llamado La invención de los derechos humanos, en cuyo primer capítulo menciona, a partir de una rigurosa investigación de la correspondencia del siglo XVIII, cómo obras de arte, novelas fundacionales como Pamela (o la virtud recompensada), de Richardson, influyeron sensiblemente para la generación de una conciencia mayor en la sociedad sobre lo que luego sería conocido como derechos humanos. La carambola que llevó a Rodríguez a Sudáfrica tal vez no fue decisiva para la caída del Apartheid, pero significa mucho más que un gracioso reconocimiento de farándula, algo, de hecho, que él tampoco se esperaba.


    Buscando a Sugar Man (Searching for Sugar Man, Bendjelloul, 2012)

    Y aquí llega mi corazón al testimonio de un compañero de albañilería de Rodríguez, un ser que lo conoce mejor que nadie y dice: “Siempre puedes elegir”. Rodríguez sabe, sin duda más por experiencia que por deducción, que esta elección que hacemos no siempre es entre los elementos de la dicha o la esperanza: él con seguridad entiende de modo justo lo que dice su compañero. Buscar ser alcalde de Detroit (para luego ser derrotado) nos habla de una insatisfacción y un arraigo duraderos en él, y la capacidad de elegir pareciera bandear entre los frutos de la frustración y el afecto más entrañables, pero a la vez más inesperados. Estamos hablando de rock en su sentido más puro.


    Rodríguez sigue siendo el mismo de siempre, y por eso es cada día mejor.


    Un placer, maestro