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    Cines colombianos (06): la aparición del sonoro


    PALOS A CIEGAS


    Allá en el trapiche (Saa Silva, 1943)

    Por Santiago Andrés Gómez

    La llegada del cine sonoro a Colombia se demoró, igual que en la mayoría de países de América Latina, no solo por la dificultad técnica que implicaba filmar con sonido directo durante los primeros años de este sistema, sino sobre todo por el cambio mental y metodológico que implicaba, por lo improbable de que fueran ideadas opciones diversas a las que, en efecto, se hicieron de uso común en las fuertes industrias de México, Argentina y Brasil. Por eso, tan pronto hizo aparición el sonido en nuestro cine, la alternativa más socorrida fue, como en los países citados, crear obras favorecidas por números musicales autóctonos, incluso a veces como explícita –e infortunada– réplica del cine de rancheras (Allá en el trapiche [Saa Silva, 1943], uno de los filmes más emblemáticos de aquel periodo, copia sin pudor el nombre de ese gran éxito mexicano que fue Allá en el Rancho Grande [de Fuentes, 1936]).

    Este cine colombiano de los años cuarenta y cincuenta, hecho en condiciones muy precarias y de modo harto improvisado, casi sin conocimiento del oficio por parte de sus realizadores, ofrece en sus muy chatas películas ciertos matices que lo hacen interesante (la forma en que Máximo Calvo dirigía a sus hijas, actrices naturales, en Flores del Valle [1941], el giro marcado hacia un nacionalismo folclorista, y un poco más tímido hacia nuevas representaciones de la mujer), pero resulta definitivo el modo en que el público se relacionó con ellas. En ocasiones las películas lograban recuperar la inversión, pero ese éxito por lo general se debía a cierto exotismo de nuestro cine en la cartelera, e incluso a cierto afán de solidaridad del público, por lo que la fórmula se agotó rápidamente y, además, conquistó el complot de los distribuidores, sobre todo los de cine mexicano, que veían en él una indecorosa competencia.


    Flores del Valle (Calvo, 1941)

    La Ley de Cine promulgada durante el segundo gobierno de López Pumarejo (según el productor Oswaldo Duperly a su pedido, pues dedicó grandes sumas de dinero a hacerle lobby con el Ministro de Educación, el ilustre historiador Germán Arciniegas) no fue, de nuevo como en toda América Latina, bastante previsora en cuanto al trato preferencial que recibía el cine extranjero por parte de las distribuidoras, lo cual es un problema que alcanza nuestros días, pero también, y en esto sí se diferencia mucho de los casos de Argentina y México, fue menos proteccionista con los productores, quienes aquí, además, se lanzaban a la quimera de producir cine donde no había industria. Como si fuera poco, hay que recordar que en uno de sus artículos la ley exigía que las películas cobijadas por ella trataran temas “únicamente nacionales”, bajo el criterio de una junta formada por historiadores y folcloristas oficiales.


    Sendero de luz (Álvarez Correa, 1945)

    Es decir, la ley no favoreció el surgimiento de condiciones en las que el cine pudiera crecer de modo, debemos decir, natural, consustancial a esa sociedad moderna que Colombia a veces se preciaba de ser y en realidad apenas si soñaba, y el desfase se daba tanto en términos económicos como culturales. Lo que surgió fue un producto contrahecho que, con todo, es la crasa expresión del ser colectivo que fuimos en los albores de la modernidad cinematográfica. Cuando la madurez del Neorrealismo estaba haciendo apenas una lejana aparición que solo más tarde nos tocaría, cuando el cine de Hollywood se imponía en nuestras pantallas incluso en la forma de obras ambientadas con usos de culturas más cercanas, Colombia no podía atinar a ser más que un vacilante empeño por hallar su propia manera de insertarse en lo que se tenía como un lenguaje universal, sin el cual hoy vemos que andaba a ciegas.