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    Sobre “Los deberes”, de Santiago Andrés Gómez


    MÁS UN PLACER QUE UN DEBER


    Por David Betancourt (escritor, egresado del programa Letras: Filología hispánica, de la Universidad de Antioquia; es autor de Buenos muchachos [Universidad de Antioquia, 2011] y de Yo no maté al perrito y otros cuentos de enemigos, de próxima publicación con el mismo sello editorial)


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    La colección de cuentos Los deberes (Medellín: Editorial Universidad de Antioquia, 2012), del escritor Santiago Andrés Gómez (Medellín, 1973), es de esos libros que de principio a fin logran atrapar al lector. Esto se debe, en gran medida, a su diversidad temática, lo que ocasiona la variedad estilística. Cada uno de los doce cuentos que componen este estupendo libro tiene un tono propio, un lenguaje particular, una estructura distinta, una narración ágil, potente y, sobretodo, muy amena. Los deberes es, en términos generales, como lo afirma Esteban Carlos Mejía en la contraportada del libro, “una obra traviesa, inteligente y muy bien escrita, cuya lectura nunca será un deber sino un placer de placeres”.

    A mi modo de ver, en Los deberes predominan tres temas esenciales: la niñez, la juventud y la mujer. De esta manera, a lo largo de la colección de cuentos y relatos los personajes van delineando un arco que cubre la experiencia vital de la infancia a la madurez.

    Al abordar el primer tema, Santiago Andrés Gómez demuestra su oficio de escritor, logrando que las historias y las voces infantiles sean totalmente creíbles, verosímiles. Cada palabra expresada por estos niños, cada frase, la manera de pensar, de comprender el mundo…, corresponden a su propia edad; nunca se deja ver que detrás de esas voces hay un escritor, sino que, por el contrario, es el propio personaje quien narra su historia.

    En “Un cometa”, primer cuento del libro, por ejemplo, se presenta la dicotomía narrador-personaje. Un narrador mayor evoca un capítulo incómodo y gracioso de su niñez, e incluye (el autor) diálogos donde las voces de los niños se diferencian, como debe ser, de la del narrador. En este cuento, a un niño, luego de almorzar, le da un fuerte dolor de estómago y, sin embargo, su mamá lo obliga a ir a la escuela. En clase pide permiso para ir al baño pero la profesora se lo niega. Al final de la historia sucede lo que tiene que suceder, una especie de desquite involuntario. En este cuento se asoman los recuerdos, la ternura impetuosa, la inocencia, los días de la escuela, las obligaciones, la obediencia, los deberes, la inconformidad, los pequeños problemas, la indiferencia…

    En “El nido” y “El aventurero” los narradores son niños. En el primero, el personaje se enfurece con sus padres porque desaparecieron los pajaritos que tanto quería. El niño se rebela y decide no ir al velorio de su tío que acaban de matar, pero luego (como en “Un cometa”) aparece la autoridad (sus padres) que lo obliga a ir. “La fatal noticia me hace pensar de pronto en la crueldad de mi familia, y en que yo también tengo unas muertes que lamentar” (Gómez, 2012: 24), razona el niño, y se va a cumplir con su deber. Este cuento está cargado de imágenes poéticas, de belleza, de ternura, de dolor, de realidad… En “El aventurero” un niño narra, minuciosamente, un día de su vida, de vacaciones en la finca: lee, ve televisión, escucha música y luego se va caminando solitario por el bosque, como un aventurero, explorando, jugando, haciendo travesuras, imaginando escenas, personajes… Un olor a muerte lo mortifica, le fastidia; no puede aguantarse las ganas de vomitar. Cuando regresa a casa le toca presenciar una escena angustiante de su papá en el piso. En este cuento son notables las descripciones literarias, las imágenes, la fuerza narrativa, la ternura…

    En esta primera parte del libro Santiago Andrés Gómez logra retratar la niñez imborrable, escribir como piensan los niños y sobre los niños. No escribe para ellos, no le interesa. Asimismo, en estos cuentos está presente “la secreta complejidad” de la que habla Borges. Es decir, parecen cuentos simples, al punto de que el lector puede creer que es capaz de escribir esas historias, así los cuentos estén plagados de secretas astucias y modestas destrezas. En Los deberes jamás se ve desvanecerse la espontaneidad, esa naturalidad que debe tener todo narrador a la hora de dejar que su relato fluya. Tampoco hay un afán de lucimiento del escritor; las figuras literarias, las palabras, los trucos no reemplazan la historia que cuentan, no son más importantes, acá lo que realmente importa es la historia, pues, como afirma Raúl Castagnino, “el cuento no es invitación a solazarse con primores de estilo, sino juego para atrapar al lector con ajustado número de recursos, interrelacionados con la precisión de un sistema de relojería”. En estos cuentos no hay exceso de palabras, hay historias atractivas, juguetonas e interesantes; muy bien contadas.

    En la segunda parte del libro (la juventud) el lenguaje deja una nítida impresión de frescura, creatividad, naturalidad, búsqueda de originalidad. Son los jóvenes con sus maneras de hablar los que se expresan, los que caminan y viven la ciudad, los que mueren en ella, los que padecen la violencia, los que la imparten. Santiago Andrés Gómez penetra la sicología de ellos, la ciudad donde se desenvuelven y, por ende, consigue conducir oportunamente las situaciones y solucionar acertadamente los conflictos que propone en los cuentos.

    “Entendimiento”, por ejemplo, es un cuento de jóvenes, de locura, paranoia, delirio, drogas, sexo, muerte, amor… Un cuento redondo, con toques de humor.

    “Veneno” es un cuento que remite a la narrativa de Andrés Caicedo en cuanto a la construcción de las frases, al lenguaje, a la manera de narrar, a las constantes reflexiones trágicas, entre muchas otras cosas. Es una historia divertida pero trágica, nostálgica, que nos lleva a la vida del colegio, al matoneo, al desprecio y ataque a la diferencia, y el paso a la madurez, a la independencia, a los destinos fatales. En este cuento, por ejemplo, un joven, que acaba de salir de la clínica donde se recuperaba de la drogadicción, cuenta que se está deshaciendo de los recuerdos que tiene entre carpetas. Se encuentra con un examen de Álgebra que presentó con Alejandro Rayo, en noveno grado, “y siento que quiero y no puedo botarlo en la papelera” (Gómez, 2012: 55). Evoca el bachillerato, su afición al cine, “que poco después la rumba de ese gremio me absorbió por completo y nunca terminé la carrera” (48) de periodismo que había iniciado; los amigos, las muertes de los amigos de su padre en manos de la mafia, entre muchas más cosas. Recuerda la vida de Rayo en el colegio: la persecución a la que lo sometían sus compañeros, las agresiones, el desprecio, las bromas… su expulsión del colegio. Luego rememora, con el examen en sus manos, el encuentro que tuvieron tiempo después, cuando Rayo se iba a casar, las discusiones que tuvo con su esposa, la amenaza de matar a su hija, el desespero… su decisión final, esperada, aplazada.

    “Pacientes” es un cuento que insinúa, de alguna manera, la violencia de la ciudad por medio de una caminata de dos amigos atravesándola. En el trayecto de ida y regreso ven parte de la realidad de la ciudad: vértigo, velorios, gente armada, escoltada… Al llegar de nuevo a su barrio escuchan una balacera, que significa mucho.

    En la segunda parte de Los deberes Santiago Andrés Gómez demuestra que solo se escribe bien de lo que se conoce bien, de lo que se ha vivido, pues en estos cuentos no se siente nada falseado, forzado, impostado; por el contrario, se nota una apropiación, un conocimiento profundo del tema tratado, del lenguaje utilizado por los jóvenes; las historias son imágenes fieles de la ciudad, de los personajes que la habitan. Las voces en estos cuentos saben lo que quieren contar y lo hacen de la manera apropiada. Estos personajes han padecido una sociedad violenta y su autor, valiéndose de una gran destreza narrativa, nos muestra ese padecimiento de una manera sutil, sin morbo, sin amarillismo.

    En la tercera parte los personajes principales de los cuentos son mujeres, mujeres jóvenes y maduras, mujeres agresivas, trabajadoras…, y con ellas temas como el aborto, la maternidad, las enfermedades, la infidelidad, las relaciones de pareja, entre más cosas.

    En “Nunca”, primer cuento del libro que abandona la narración en primera persona, tan presente en toda la narrativa de Santiago Andrés Gómez (a saber: Madera salvaje. Ediciones B, Bogotá, 2009, y otras novelas inéditas como El cuarto asesino, y las que componen el volumen Todas las huellas. Tres novelas breves. Editorial Universidad de Antioquia, 2013, o sea Nido de gulungos, No más justicia y Fuera del amor; así como algunos de sus cuentos inéditos), el autor emplea la narración en tercera persona, olvidándose de los monólogos, soliloquios y evocaciones. En este cuento una mujer embarazada duda si tener o no a su hijo. Extrañamente la letra de un tango le aconseja la decisión, le da la respuesta a lo que debe hacer, pero al final todo es demasiado tarde.

    “Tengo algo que contarte” es un relato en primera persona en el que abundan los diálogos. Es una historia que se dispersa, que pasa de la historia de una joven que va al médico y le informan que tiene un tumor carcinoide, a las anécdotas de una taxista temeraria. La esencia del relato es el tumor descubierto, la posibilidad de tener un cáncer, y la necesidad de contarle a su pareja. Del hospital a la casa hay un trayecto en el que ella piensa en lo que le dijo el médico, y reflexiona: “todos los planes que hacemos para mañana, para esta tarde, cuando la muerte puede visitarnos en el momento más inesperado. Me pregunto, y sé que es absurdo, si la angustia que me provocó esa reflexión maduró en media hora un tumor que tal vez me lleve a la tumba” (64).

    En “Niebla” una mujer madura seduce al joven conductor del carro mortuorio que transporta un ataúd con su hermano. Es un cuento donde están presentes los recuerdos, la infidelidad, el sexo, el alcohol…

    En esta tercera parte, al igual que en el libro en su totalidad, el lector lee rápido las historias, se deja llevar por la agilidad narrativa, por la destreza del autor, lo que no significa que estas no tengan fondo; por el contrario, lee rápido porque no encuentra tropiezos ni dificultades y, por ende, pasa con deleite cada página. En Los deberes es recurrente la sencillez, poco presente en los escritores jóvenes, que piensan equivocadamente que la simplicidad es sinónimo de falta de profundidad, ingenuidad, desconocimiento. La buena literatura, y eso lo sabe muy bien Santiago Andrés Gómez y lo incorpora en sus propios textos, es aquella que produce esa agradable sensación que deja ese buen conversador de reunión, el narrador de sala que puede hablar por horas y horas y todo el tiempo nos mantiene expectantes, seducidos por el uso del lenguaje, encantados por el humor, por la espontaneidad, por la cercanía de lo contado con la vida misma; cualidades que posee, sin duda, esta estupenda colección de cuentos.

    Por último, cabe destacar cuentos como “La finca” y “El botón” que, a mi modo de ver, son de una gran factura literaria, de antología. Historias con intensidad, tensión, finales contundentes, narración exquisita… Cuentos más clásicos, desde todo punto de vista, que los antes reseñados. Cuentos que se desarrollan en un espacio rural, al igual que “Ya se sabe quién es el que manda”, una historia de jóvenes que graban un documental en un pueblo de Antioquia, metidos en la selva.

    En estos dos cuentos, y en general en toda la colección, Santiago Andrés Gómez demuestra que sabe que la mayor expresión de la literatura está en la simplicidad, en la máxima economía de medios, que el narrador no es más importante que lo que se narra. Asimismo, demuestra que conoce muy bien el género, que está al tanto de que un cuento debe crear interés, que es el género literario que exige más depuración, que “hay que concentrarse en unas cuantas páginas para decir muchas cosas, hay que sintetizar, hay que frenarse; en eso el cuentista se parece un poco al poeta, al buen poeta” (Rulfo, 1980: 17), sabe que no puede proceder acumulativamente, que el cuentista tiene que ser vertical. Santiago Andrés Gómez sabe estas cosas y las emplea a la perfección en este libro de cuentos y en sus novelas.

    En fin, Los deberes es un libro que constituye un muy buen aporte a la cuentística del país. De igual manera, Santiago Andrés Gómez es un autor que, con certeza, contribuirá a la renovación de la literatura colombiana. Por lo anterior, leer esta obra está entre sus deberes; haciéndolo llegará el placer.


    Bibliografía
    Gómez, Santiago. (2012). Los deberes. Medellín: Editorial Universidad de Antioquia.
    Rulfo, Juan. (1980). "El desafío de la creación”. En: Revista de la Universidad de México, números 2-3, pp. 15-17.