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    Sobre “Lugares comunes” (Upegui, 1987)


    LA EMOCIÓN INALCANZABLE


    Lugares comunes (Andrés Upegui, 1987)

    Por Santiago Andrés Gómez

    Andrés Upegui fue el cineasta que, con su cortometraje El hurón, obtuvo en 1978 el segundo puesto del hoy famoso Primer Concurso de Cine en Super-8, organizado por la Cinemateca El Subterráneo, en el cual resultara ganador Víctor Gaviria con Buscando tréboles. Gracias al concurso, Upegui, Gaviria, Luis Fernando Calderón, el literato Rubén Darío Lotero y otros creadores más, no todos realizadores, pero sí fascinados con el cine, se harían amigos o continuarían su amistad en ese ámbito y trabajarían en diversidad de proyectos durante los años siguientes en Medellín. La totalidad de la obra de Gaviria en esos años es gestada al calor de este grupo, y varios guiones suyos que no se hicieron nunca revelan un trabajo ingente. Entre esos guiones o tratamientos hubo uno del que saldría el primer cortometraje profesional de Andrés Upegui.

    Lugares comunes (Upegui, 1987), visto ahora, veinticinco años después de su realización, nos habla de unos rasgos que compartía en sus valores de producción con otros cortometrajes, o como se les llamaba, “mediometrajes” de la Compañía de Fomento Cinematográfico, Focine, en aquellos tiempos, así como emana unos modos de ser característicos del cine de Medellín de los ochenta, previos tanto al remezón que significó Rodrigo D – No futuro (Gaviria, 1989) como desde luego, en perspectiva más amplia, a los traumas del narcotráfico. El modo en que hablan e interactúan los personajes, en efecto, permite suponer unas formas de representación escénica y actuación que, curiosamente, solo parecieran haber pervivido en algunos estratos, sobre todo rurales, de Antioquia, anteriores o ajenos al parlache y al agite de la violencia.


    Los "superocheros de Medellín", a principios de los ochenta, filmando La lupa del fin del mundo (1981), de Víctor Gaviria: en el extremo izquierdo, con una percha, el poeta Rubén Darío Lotero; a la derecha, Víctor Gaviria; en el centro, con audífonos, Luis Alberto Álvarez, y a su lado, prestando atención al director, Andrés Upegui

    En este sentido, la película es, ya solo por el sedimento temporal que la afecta, un pequeño pero invaluable tesoro para el cine nacional, tal como otros mediometrajes paisas de aquellos tiempos, de Diego García, Gustavo Fernández o Gonzalo Mejía, pero además muy peculiar, no solo porque el argumento es hechura de Gaviria, sino porque significa una mirada oblicua al universo del prestigioso autor antioqueño y, así, revela, justamente, que todo lo que toca o inspira a este cineasta es algo compartido con muchos, algo de interés y resonancia cultural más amplia y profunda que las simples coyunturas temáticas o que los tópicos de expresividad del artista. En este caso, de hecho, se trata de una apropiación o encarnación del todo divergente, que bien hubiera merecido mejor desarrollo, una evolución íntegra en una carrera plena.

    Hasta donde sé, en cambio, Upegui no volvió a hacer cine, pero esta película puede seguir siendo un aliciente para que el abogado persista en un trabajo que, como él lo sabe muy bien, no precisa, ni mucho menos, de la prolijidad, sino más bien de la esencialidad. Lugares comunes se difunde sin solución de continuidad y sin conexiones secretas en las experiencias cotidianas de tres personajes centrales, aunque no del todo protagónicos. La falta de énfasis en todos los niveles permite hermanarlos con otros seres próximos, vecinos, improvisados conocidos, indeseables parejas cruzadas... El entramado de relaciones pasa por sueños sin aviso (la pesadilla que luego cuenta el vecinito), recuerdos no identificables (cuando escribe el joven intelectual), y solo en un momento inesperado la música cubre todo de una atmósfera sacra, reverente.


    Lugares comunes (Andrés Upegui, 1987)

    El interés en la cultura popular, que va desde la seria pero luego desencantada afición de un niño a la música de Raphael, en uno de los eventos más misteriosos y atractivos de la película, hasta la fugaz imagen del vecinito llenando una página del álbum de laminitas Jet, y los momentos destacados de frescura cotidiana, como el canto con un peine a modo de micrófono de la chica del grupo de fanáticas, o sobre todo el final, cuando el joven lector corre en bicicleta con el retardado mental con quien suele compartir festivamente, están atravesados por cierto laconismo, como depurados, o aislados, no solo de todo aire pintoresco, sino ya solo llamativo, como si fueran cosas sobre las que se llama la atención en tanto no la merecen, o porque esconden algo. Hay una mengua interpretativa que aquí no es falta de fuerza, sino un estilo abstraído.


    Lugares comunes (Andrés Upegui, 1987)

    Al final, una cita de Unamuno que sin duda proviene del (casi) escolástico Upegui, y no del coloquial Gaviria, reviste al filme con rigor monacal de la solemnidad austera con que ya nos preñara el mero plano final, que deja todo, más que abierto, deshilvanado, pero con un aire de inocencia perdida, de soledad extrañada, de emociones siempre inalcanzables e indescifrables. “Es una enfermedad terrible el intelectualismo, tanto como el idiotismo. Ni el intelectual ni el idiota sufren, pues no conocen su mal y aún pueden vivir contentos”, dice el texto, sin precisar otro origen que el nombre del pensador español, y podría sobrar, pero solo una vez la hemos leído. En verdad, nos hace constatar que lo que hemos visto ha sido meditado y sustraído de todo esplendor a conciencia, más allá de cualquier imperfección puramente técnica.

    He disfrutado con esta cinta como con el cine que más nos inquieta.