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    Cines colombianos (8): sobre la carta de Camila


    CUESTIÓN DE CRISIS


    Camila Loboguerrero, cineasta colombiana

    Por Santiago Andrés Gómez

    Pongámonos en onda. No es necesario saber todo lo que hay detrás del asunto, todo lo que ocasiona o implica la reciente queja pública de algunos cineastas por el presunto maltrato de las distribuidoras y exhibidoras al cine nacional, tal vez baste o incluso sea mejor atenernos a los efectos mayores, las más notables repercusiones de los hechos, que se traducen en dos cartas: una de Antonio Dorado y otra de Camila Loboguerrero. En la primera, se denuncia sobre todo ese hecho ya probado: la desconsideración con que en este caso Cine Colombia maneja una película colombiana, Amores peligrosos (Dorado, 2013). Aquí el campanazo de alerta tendría que darse sobre todo porque la cinta fue realizada según todos los cálculos para hacer gran público, y sin embargo, nada de esto es cosa nueva. O sea: “llueve sobre mojado”.


    Amores peligrosos (Dorado, 2013), objeto de polémica

    La segunda carta, de la juiciosa Loboguerrero, pone justamente sobre el tapete la recurrencia del problema, desde la época del Sobreprecio, pasando por los años de Focine, hasta llegar a unos tiempos que parecieran más prósperos, pero que la cineasta desinfla con datos que significan una contra-información escandalosa. No me extenderé en ellos, pues podría resumirlos en una agorera frase suya: “la ley fue hecha por y para los distribuidores y exhibidores”, pero sí me detendré en un aporte que considero relevante. Haciendo eco al llamado de hombres tan valiosos para el cine como Ripstein o Haneke, Camila reivindica el cine como arte, y le recuerda a sus gestores oficiales que la producción es estéril sin una adecuada difusión, pero sugiere esferas alternativas de distribución a las que, estoy seguro, no se les quiere prestar el debido cuidado.

    Dice Camila: “es necesaria no sólo una CUOTA DE PANTALLA (...) sino también la creación o el fortalecimiento de una amplia red de divulgación del cine colombiano en veredas, pueblos y ciudades, allí donde no llegan los Distribuidores y Exhibidores. Existen las Casas de Cultura. Existen las Bibliotecas Departamentales y Municipales por todo el país. Existen los DVD. Existe el Internet. Lo que no estoy tan segura de que exista es una voluntad política real para articular una red de distribución que le haga contrapeso a los grandes capitales y a los intereses privados”. Esto último es decisivo: se trata de una voluntad política cuya ausencia no es nada caprichosa. La coyuntura es compleja, toda vez que las tendencias emergentes en la distribución están siendo implementadas como un mayor blindaje de los grandes monopolios.

    Andrés Murillo, director de la sala de cine del Centro Colombo Americano de Medellín, lo resume así: “Es que no solamente estamos hablando de las salas, porque después de digitalizarlas, seguimos a merced de los grandes estudios, de lo que nos quieran cobrar por las copias”, y añade: “Es que así como el Estado regula el mercado de los celulares, debería regular el del cine”...
    Pero si estas frases resultan asombrosas al provenir del representante de una institución que desde siempre puso toda su fe en unas lógicas comerciales que, por los noventa, prometían la generación de nichos casi autosuficientes, ¿no cabe esperar que esos nichos, vistos como algo estable y fijo, podrían y acaso deban convertirse más bien en flujos vasculares, subcutáneos, auto-inmunes? El audiovisual colombiano es una alternativa viable, barata y útil socialmente.


    Video killed the movie star


    Vamos más allá. Si los mercados del video y sobre todo de la Internet son reacios a cualquier perspectiva no utópica, sino apenas optimista para el cine colombiano, estamos seguros de que es porque no se les ha estudiado o no se les ha podido o querido estudiar a fondo. Por demás, es natural que nos sean a nosotros por lo menos tan difíciles como lo es el establecimiento de cualquier producto en cualquier canal de distribución, y mucho más siendo este tan desconocido. Como tanto se dice: nadie ha dicho que sea fácil. En cambio, sospecho que es la única alternativa, y es sabido que si se sigue produciendo con la ilusión de tener éxito en taquilla, estamos perdidos por muchas razones, algunas de las cuales, como las expectativas del espectador colombiano corriente, son ya, para cineastas como Mendoza o Ruiz Navia, caso cerrado.

    En el fondo, lo que quiero decir, por vía de simples ejemplos ilustrativos, y de hecho muy pertinentes para el caso, es que, por decir, no solo las salas alternativas deberían anchar sus patrones en cuanto al cine que van entonces a presentar, por fuera de todo canon, y a despecho aun de los más grandes festivales, si se quiere, o en contravía si se trata de subsistir, sino que también somos los cineastas colombianos los que debemos aprender a ser (o crear en llave con) distribuidores. La lección nos la da el cine español contemporáneo...
    La frase del realizador Alberto Morais es, más que clara, visionaria: “Primero había directores, luego directores-productores, hoy somos directores-productores-distribuidores”. Y la de nuestro maestro, Elías León Siminiani, es más animosa todavía: “Vivimos un momento tan jodido como apasionante y de forzada reinvención”.

    19° Sur 65° Oeste (Soto, 2010)
    Una muestra excelente de nuestro "otro cine"
    Este cine, “el otro cine” español, crea su red vascular de distribución como reflujo dirigido y cada vez más diferenciado de una práctica productiva ya plenamente consciente de su elocución y su relación con su público. Es un caso por replicar en tanto nos sea posible ir andando al modo en que lo hace Campusano en Argentina, diciendo a entidades estatales: si te pegas bien, si no, sigo mi camino. Es decir: teniendo la capacidad de aterrizar los proyectos (digamos “los sueños”, siendo fieles al humanista Wenders), a la realidad de financiación propia o más cercana. Porque aquí, además, la creatividad surgiría, me atrevo a decir, como querría el hermoso Ángel Rama, no tanto de las nuevas tecnologías como de nuevas necesidades expresivas, de más auténticos deseos, de una mayor compenetración o amor por nuestras cosas.