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    Cines colombianos (9): Caicedo, cineasta


    EL GENIO SIN ATRIBUTOS


    Andrés Caicedo Estela (1951-1977)

    Por Santiago Andrés Gómez

    Llegados a los años en que el cine moderno cobra carta de ciudadanía en Colombia, a veces de modo, dijéramos, clandestino, como en los casos muy diversos, pero ambos proscritos, de Arzuaga y Carlos Álvarez, las duplas de Marta Rodríguez y Jorge Silva, por un lado, y de Luis Ospina y Carlos Mayolo, por otro, son el fenómeno algo más que notorio o incluso destacable, sino significativo, resonante y perdurable de aquellos tiempos en nuestro cine. A los primeros nos hemos dedicado con verdadera devoción en este blog a lo largo del año, cuando reconocimos a Marta Rodríguez con nuestra Lágrima de Fuego del 2013, y aun nos dedicaremos más, ya que nuestro segundo episodio de la serie “Gracias por el cine”, sobre grandes cineastas colombianos, analiza la obra de la documentalista y lo estrenaremos el sábado 7 de diciembre, a las 2 y 30 de la tarde, en el Festival de Cine y Video de Santa Fe de Antioquia.


    El Grupo de Cali
    Arbeláez, Caicedo y Ospina en el Teatro San Fernando...

    En cuanto a Ospina y Mayolo, sea este el momento de anunciar el otorgamiento de la Lágrima de Fuego del 2014 a Luis Ospina, y que el tercer episodio de la serie “Gracias por el cine” se consagrará, bajo el nombre de “Siemprevivo”, al estudio audiovisual de su obra cinematográfica. Este título es un guiño a proclamas de vieja data y cosecha ajena, cabalmente al final de Que viva la música, la novela del gran amigo de Ospina, Andrés Caicedo, pues María del Carmen Huerta, la protagonista del libro, reclama para sí tal apelativo, “Siempreviva”, al final de la apasionada narración, pero al mismo tiempo usar la expresión como nombre del documental sobre Ospina es tocar un pasado que no solo le es común, sino de verdad cosa propia, y bien merecida. Después de tanto tiempo, Ospina parece haber perdurado como el nervio del justamente célebre y nunca bien ponderado Grupo de Cali.

    Ahora, si Ospina resulta haber sido ese nervio, es probable que Mayolo fuera algo así como un corazón inmortal, colado en todo, y Caicedo su espíritu inmanente, por no hablar de otros influjos forzando la metáfora, como Patricia Restrepo, Ramiro Arbeláez, Óscar Campo, ese fotógrafo indispensable para nuestra memoria que es la Rata Carvajal o incluso ese manantial de experiencias que es “el Renegado”, Guillermo Lemos, sin que haya mucha necesidad ya de extenderme más. Cada uno de estos individuos es una historia desbordada, inconclusa e inabarcable, una obra visual, literaria o empírica (existencial), recóndita e incesante, que todavía palpita entre nosotros, por más de que la parca haya acaso sorbido su aliento. En esta circunstancia, hay que señalar cómo en el caso de Caicedo, conocido como escritor y pensador, su creatividad como cineasta aún nos depara sorpresas.

    Angelita y Miguel Ángel (Caicedo & Mayolo, 1971-1987)

    Por ejemplo, es bien sabido, que Caicedo fue, como teatrero, actor, dramaturgo y, si mal no recuerdo, también director. De cualquier manera, la esencia de su vocación escénica está patente en lo que fuera una obra inacabada pero genial en todos sus fragmentos: Angelita y Miguel Ángel (Caicedo & Mayolo, 1971). Esta obra, así solita, merece sitial aparte en la historia de nuestro cine, aunque se le suele considerar como un satélite de Andrés Caicedo: unos pocos buenos amigos (1986), el estremecedor documental que Ospina hiciera sobre el famoso escritor pocos años luego de su muerte. En verdad, la reconstrucción o restauración de Angelita y Miguel es uno de los ejes del documental, y de hecho hay que considerar que, como alguna vez lo dije, se trata de una obra colectiva y quizá la más característica del Grupo de Cali, por cuanto fue frustrada en dupla por Caicedo y Mayolo, y rescatada y editada por Ospina.

    Pero, con todo, hay en esta cinta ciertos atrevimientos fácilmente atribuibles a Caicedo, más que a Mayolo, y cuyo sello puede ser rastreado en algunos textos suyos que hacen referencia al cine como artificio, no tanto como reflejo o simple trasposición de un relato a la imagen, sino como impostura narrativa, o gesto de insolente frescura. Cuando el hermano de Miguel Ángel arma un proyector de 16 mm y le habla a la cámara, o cuando Angelita recita su monólogo, la actitud es de un vigor y una soltura solo propias del intuitivo conocedor, insólito en nuestro medio, de aquel que no ha visto en vano a Godard y a Rocha y que, además, es capaz de transmitir con acierto el pulso genuino, disruptivo, de tales distanciamientos formales. Estas capacidades, sin duda, quedarían como herencia para Mayolo, que al principio de Carne de tu carne (1983) homenajea, casi calca la visita de Miguel Ángel a Irma la Dulce.

    Angelitos empantanados (Caicedo & Carvajal, 1975) – parte 1

    Hay otros elementos de variada procedencia: el alucinatorio encuentro entre Angelita y Miguel Ángel, cuando este llega a la casa de ella, parece inspirado en los quiebres trasgresores de Buñuel, y el atraco que sufre la pareja, a mi modo de ver, es una apropiación de la tragedia pasoliniana, así como toda la película, incluyendo el obvio homenaje a Jerry Lewis, interpretado por el mismo Caicedo, es más hondamente una forma de hacer del cine y su larga y variopinta tradición algo de lo que el autor puede hacer parte y todavía más: algo para transformar a su antojo, según sus carencias o anhelos. La disputa entre Mayolo y Caicedo, y el fin abrupto del rodaje de Angelita y Miguel Ángel, surgen de esa pasión entrañada en la dislocación discursiva, o en el formalismo caicediano. Mayolo buscaba otras cosas, pero ni siquiera tan lejos de los métodos de Caicedo como sí mucho de sus necesidades expresivas.

    Por demás, para conciliar con las ideas comunes de mensaje político o de representación imitativa, o para eludirlas, Caicedo no contaba con la suficiente energía ni con el mentiroso carisma de los directores. Dejó de hacer cine mucho tiempo, y entre tanto Mayolo, que al fin y al cabo había comenzado en la publicidad, desplegó sus dotes histriónicas de modo semejante a como Ospina hizo valer su rigor: ambos sobrevivieron largos años a quien fuera, en varios sentidos, su maestro. Lo único que quedó de algún intento posterior de Caicedo por hacer cine fue Angelitos empantanados (Caicedo & Carvajal, 1975), una suerte de retazo, documento o testimonio de su delirio, grabado en las primeras cintas de video que llegaron al país, a casa de Luis Ospina, sobre sus amigos “corruptores de mayores”: los Lemos, Fosforito y, por ahí, el hoy difunto Carlos Tofiño, la “llavería” de Óscar Campo, que brilla por su ausencia.

    Angelitos empantanados (Caicedo & Carvajal, 1975) – parte 2

    Angelitos empantanados muestra en carne viva los demonios que agitaban a Caicedo, y su acercamiento es intranquilizante. El cineasta pone a unos niños a leer ante la cámara el cuestionario de ingreso al Hospital Psiquiátrico de San Isidro, donde él estuviera recluido, texto que motivará uno de los momentos más memorables de Que viva la música, cuando el cuestionario sea trascrito literalmente y Ricardito el Miserable responda a todo sí. Aquí Guillermo Lemos se aprecia como un desafío a la razón en su desconcertante lucidez, mientras que Clarisol, desfasada, provoca una mueca medianera entre la irrisión y el pasmo. El grupo también llega a hablar de cine, y Tofiño se deleita en un largo elogio a La naranja mecánica (A Clockwork Orange, Kubrick, 1971), que era un escándalo casi contemporáneo. La sombra de Pasolini se siente también en este claro ejemplo del cine de la crueldad, cicatriz de tiempos desquiciados.

    Lo más asombroso es que, luego de más de treinta años de la muerte de Caicedo, de pronto aparece otro filme que podemos adjudicarle legítimamente: el corto Los amantes de Suzie Bloom (2011), una animación dirigida por Francisco Forbes y Álvaro Cifuentes para su documental Noche sin fortuna (2010), sobre Caicedo, con honda inspiración en un tratamiento que el caleño escribiera originalmente para el legendario productor Roger Corman, quien nunca aceptó reunirse con él en Los Angeles. En esta obra toma vida la manera creativa en que Caicedo veía el cine de género: la mujer indescifrable y caprichosa, el hombre acomplejado y brutal, los destinos presagiados, encarados con obcecación, son traumas personales del autor que se filtran con fluidez en el escenario de la frontera, en esos años que cambiaban de siglo y de mentalidad hacia un mundo más frío y ventajoso, el mundo cambiante del western, con citas directas a Anthony Mann y al venerado Sam Peckinpah...

    Los amantes de Suzie Bloom (Forbes & Cifuentes, 2011)

    Quizás Andrés Caicedo, como otros monstruos del cine colombiano, reconocidos y hasta legendarios, no puede ser un ejemplo para quienes quieran vivir de este oficio o, simplemente, para quienes deseen contribuir a hacer una industria del cine en nuestro país. Pero para quienes consideren esta disciplina como algo más que un simple medio de subsistencia, y para quienes el éxito no puede ser medido con indicadores tangibles, debe ser, tan solo por la singularidad de su intuición, un referente por tener en cuenta, del todo estimulante por su atrevimiento y por la amplitud de posibilidades que sugieren sus soluciones y recursos. Pocos creadores en Colombia han tenido tan en cuenta al cine como lo tuvo él, incluyendo a todos nuestros cineastas, con la notable excepción de Luis Ospina, a quien debemos gratitud eterna, entre otras cosas, por salvaguardar el tesoro que es la vasta obra de su amigo.



    4 comentarios:

    Armando Russi Espitia dijo...

    Caicedo NO era cineasta, ni siquiera un muy malo. Era un cinéfilo jugando a hacer cine (inconcluso)

    Santiago Gomez dijo...

    Igual a muchos cineastas, Armando, al menos en sus inicios; o sea: igual a gente que terminó siendo cineasta. Mire: esto es una cuestión de concepciones sobre qué es ser cineasta. Quien hace cine, así sea jugando, y entonces desde luego que no como profesional, ha dejado una obra. Esa obra, si tuvo algo de persistencia, da para que uno pueda considerar a ese artista como un cineasta. Andrés tuvo un poco de persistencia. Además, él tenía intuiciones de verdadero director. Pero si usted aclara lo que es para usted un cineasta, cosa que apenas supongo, yo no tendría nada más que decir sino que Armando tiene la razón, que no le debato.

    Carolina Bustamante dijo...

    Se que Caicedo hizo otras peliculas con un colectivo de Cali, cuales eran estas peliculas y donde las puedo encontrar?

    Santiago Gòmez dijo...

    Carolina, sabemos que con un camarógrafo que se llamaba, si mal no recordamos, Fernando Vélez, Caicedo hizo grabaciones de los sucesos de febrero de 1971. De resto, no teníamos idea de lo que nos cuentas. Tal vez Guillermo Lemos, Óscar Campo o Ramiro Arbeláez te puedan dar respuesta. A los primeros dos (Lemos y Campos) los puedes encontrar en Facebook. Lemos en especial es muy generoso en su información sobre Caicedo, y te puede remitir con certeza a otras fuentes, como Rosario, la hermana de Andrés.

    Página Fb de Guillermo Lemos
    https://www.facebook.com/guillermo.lemosruiz?fref=ts