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    Especial Pialat (2): “Sous le soleil de Satan” (1987)


    PAZ,  SUCIA LUZ



    Una obra maestra y un vértigo insostenible... Bajo el sol de Satanás (Sous le soleil de Satan, Maurice Pialat, 1987)

    Continuamos nuestro especial sobre el gran Maurice Pialat con un texto inédito en torno a la misteriosa película que conquistara para él la Palma de Oro del Festival de Cannes de 1987

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    Por Santiago Andrés Gómez

    Si, como suelo decir, Pialat es, junto a Cassavetes, mi cineasta predilecto, no pocas veces, desde 1998 o 1999, cuando al fin la vi, he mencionado a Bajo el sol de Satanás (Sous le soleil de Satan, 1987) como una de mis dos o tres películas favoritas, al lado de otras incluso más polémicas que no es necesario mencionar. Y digo “incluso más polémicas” de modo tramposo, porque aunque es un hecho que lo que para alguien es sublime para otro puede ser muestra de lo peor (confesémoslo: me pasó al mencionar a Pelle el conquistador [Pelle Erobreren, Bille August, 1988] como mi película más querida frente a Nicolás Azalbert en Santa Fe de Antioquia, hace unos años), las polémicas reales se dan, por supuesto, cuando es irrebatible el mérito de algo peligroso o inaceptable en términos más amplios, para la comunidad. En ese sentido, Bajo el sol de Satanás es realmente polémica, mucho más allá de los gustos.

    Maurice Pialat recibe la Palma de Oro en Cannes, en 1987: “Ustedes tampoco me gustan”...

    No tengo noticia de si en el año en que esta formidable cinta ganó la Palma de Oro en el Festival de Cannes sucedió lo que un colega catalán me preguntaba, casi como una afirmación, o al menos como sugestiva posibilidad, y sería que en ese 1987, a finales de la Guerra Fría, un miembro del jurado habría amenazado con retirarse si ganaba Ojos negros (Oci ciornie, Mijalkov, 1987), cinta que, de no presentarse este impasse, hubiese sido la vencedora, por lo cual la obra de Pialat se habría topado con el premio ante un numeroso grupo de contradictores bien enterados, o sea: no solo contradictores, acaso, de Pialat, sino ante todo de la forma en que el premio mismo habría sido concedido. La realidad del hecho es que Pialat subió al estrado entre algunos aplausos y muchos abucheos, y que desde allí respondió: “Ustedes tampoco me gustan”.

    En últimas, es muy factible, si se atiende al marcado y aun muy parco estilo de sus obras, que la personalidad de Pialat fuera intransigente y pudiera cosechar enemistades de peso e influencia. Con todo, estas son cosas que sería interesante averiguar, pero que considero francamente marginales, aunque quizás hayan marcado el fin de la carrera de este verdadero monstruo. Por otra parte, su interés en sujetos difíciles y el acento en sus películas sobre ciertos gestos contradictorios del ser humano en los que la violencia se combina con el abandono más compasible, no son fáciles de asimilar para muchas personas que, como sé bien, pueden ver en el cine de Pialat algo detestable: cuando presenté esta cinta en un curso de teoría del cine, en la clase sobre realismo, el desagrado fue unánime. ¿Pero por qué recibió la Palma de Oro? ¿Y por qué era Pialat defendido a ultranza por personas cuyo favor sí es mucho más popular?

    EL RITUAL


    El padre Donissan, azotándose... Bajo el sol de Satanás (Sous le soleil de Satan, 1987)

    No he visto Police (1986), la película anterior a Bajo el sol de Satanás, pero considerando lo que puede definirse como un estilo del todo verista en algunas de las primeras obras de Pialat que sí he visto (No envejeceremos juntos [Nous ne vieillirons pas ensemble, 1972], Pasa primero tu bachillerato [Passe ton bac d’abord,1978]), así como el admirable equilibrio, la inmaculada frescura de la posterior À nos amours (1983), en comparación con la innegable aunque demacrada suntuosidad de Van Gogh (1991), que fuera su siguiente y última obra, puede argüirse que Bajo el sol de Satanás hace parte de un movimiento del artista en pos de la hondura espiritual, desde luego que a partir de una actitud más sanguínea que otra cosa en la puesta en escena. Lo que sucede a partir de estos momentos es que hay un fluir del tiempo en el que la cámara parece retroceder dos pasos e incluso elevarse un poco, hasta la abstracción.

    Por supuesto, no solo es la cámara, o más bien, la cámara retrocede atraída por otra fuerza netamente céntrica, un ojo hundido pero afilado, que imagina lo que ve entre el comentario, por ejemplo, de una música cada vez más densa, que en Van Gogh llegará a ser la música del silencio, o bien: no un silencio de carencias, sino envolvente, el silencio real de todo absorbiendo el mundo en un abrazo como lo es, mórbido, el del Intermezzo de la Sinfonía No. 1 de Henri Dutilleux en Bajo el sol de Satanás. Quiero decir que la puesta en escena toda obedece, como ya sugería À nos amours que pasaría cada vez más en el cine de Pialat, al regodeo febril de un demiurgo, a su delirio. Que este delirio permita emerger los tremores de un pálpito profundo es algo distinto a un afán puntilloso o incluso huracanado ante los tales o cuales detalles de la realidad inhóspita. Hay más bien aquí un acuerdo inspirado, y sí, temible, con lo remoto.


    El momento de la resurrección, en Bajo el sol de Satanás

    No es tanto, pues, que Pialat se hiciera cada vez mejor director, ni es solo que se fuera hallando cada vez más a sí mismo, sino, sobre todo, que su arte ya se fraguaba entre los vuelcos graciosos, sobre las piedras calientes de una intuición serena pero atemperada al máximo, que permitía el espanto y el éxtasis, si no es que los invocaba, desde un ritual depurado, adusto, elemental. Lo que podría verse como formalismo es una sustracción de elementos acumulados a lo largo de toda una carrera. Pialat, en los ochenta, ya no es aquel que en los sesenta buscaba “volver a Lumière”, sin más ni más, “para partir de ahí”... De hecho, su retorno es posible aportándole al pasado casi un siglo de experiencia, en cuanto se trata de un cineasta profesional (por decir, la maquilladora de Bajo el sol... es la misma de Truffaut). Pero ese andamiaje que por un instante iluminado él logró al fin mover, se disipa en lo sagrado.

    LA TORTURA

    El reto que afrontaba Pialat era mayúsculo. Su famosa reflexión sobre el realismo (“realismo es lo que pasa ahora”, más o menos) debía aplicarse a la recreación de una obra literaria de sublime fabulación, la novela homónima de ese apasionado místico que fue Georges Bernanos. A diferencia de otros textos más recatados de este escritor, el filme de Pialat cuenta una historia que se acrecienta en la alucinación o presencia de lo fantástico, en el dominio, en suma, de una mitología restringida pero poderosamente incisiva. Un cura que duda sobre sus capacidades se encuentra, luego de ser visitado por el Diablo, con una chica que, sin querer, ha matado a su amante, sin poder expiar esa culpa porque nadie la vio ni hay pruebas del accidente. El cura no consigue ser una luz para ella, que luego se mata, pero no pierde la gracia espiritual que le ha significado rechazar al demonio, y luego obra un milagro, resucita a un niño.


    Cargando muertos... La “triste monotonía del pecado”, en Bajo el sol de Satanás

    La frase que pronuncia después, cuando sufre un desmayo súbito: “Señor, si todavía soy útil en este mundo, no me lleves”, es el paroxismo de un martirologio absoluto. Donissan desconcierta a sus superiores por la angustia extrema que le invade ante cualquier expresión mundanal o tan solo humana de la vida. La aparición de Satanás en la noche, en la figura de un campesino con quien cruza, extraviado en el camino a cumplir una tarea que al fin no logra ejecutar, es equívoca hasta en su ambigüedad, y no induce sino a más dudas. Este cura que se flagela y mortifica físicamente, es tentado por ese campesino que dice haberlo contemplado por toda su vida y que lo besa cuando Donissan desfallece, no por debilidad corporal, sino en la cima de un abismo moral. Es como si supiera muy bien de sus dones y estuviera en sus manos su destino como algo ajeno, que comprometiera un triunfo y una derrota trascendentes.

    El Diablo inviste entonces de un poder aterrador a Donissan: ver hasta el fondo de alguien, su pasado todo, su realidad, su interior, hasta el más íntimo resquicio, y al amanecer el cura da con la errabunda Mouchette, que va por ahí, y descifra ante su pasmo la vida total que la atormenta. Mouchette no puede con tal revelación de su inocencia y su ligereza, y la forma en que Pialat cuenta el suicidio es limpia, brutal, como la navaja que apenas si vemos que ya va a hundir en su garganta. Pero no como una maldición nada más cae este hecho en el cura rural, que la lleva muerta ante el altar para “acercarla a Dios”. Su conciencia parece ver que todo el mal es solo indiferencia divina, y el triunfo de la muerte, la derrota de un maligno creador, estragado, harto de miserias. Cuando una familia acude a él para que salve a un niño moribundo, él nada más pide que se manifieste el verdadero Amo... y el niño, difunto, revive.

    SUCIA LUZ


    Fabulación sublime: Pialat, como el padre Segrais, bendice a Donissan (Gérard Depardieu), en Bajo el sol de Satanás

    Me abandonan las fuerzas en este punto... Ninguna alusión a Cristo hay en esta película, y la teología católica se debate o transpira como una vivencia. La gracia del Espíritu, digamos la paz, no hace parte de este mundo, no nos está reservada como individuos, como hijos todos llamados por un nombre humano, pero se siente así más viva y más nuestra, propia de entidades angélicas que se agitaran para avivada inquietud de nuestro dolido sueño... Como una realidad inexorable que vigilase, laxa, alcahueta e inflexible, por encima de todo, inalcanzable: como una verdad que apenas se hiciera patente en su definitiva ausencia de esta nuestra vida solitaria, esta vida expatriada que acude a toda hora a su cita. El torturado, desentendido Donissan ya es perseguido en susurrado y compasivo acoso por los fieles... Se encierra a confesar, se encierra y allí, encerrado, lo encuentra su superior, Pialat, muerto.

    Una luz le cae en paz, una luz absurda, ilógica en cualquier confesionario. La luz del cine, que es como cualquier otra, mundanal, sucia, aliviante.


    Tranquilo, maestro... Usted sí nos gusta...