• Espacio de difusión y debate sobre el video y el cine nacional, y sobre temáticas relacionadas. Tribuna abierta a la diversidad y plataforma de discusión estética y política.

    Plano x Plano / Diente x Diente (1): "Trainspotting" (Boyle, 1996)


    RÍETE, IDIOTA

    Una imagen famosa, pero que no hace parte de la película... ¿Por qué...? Sin comentarios

    Por Santiago Andrés Gómez (artículo publicado en la revista 24CuadrosporSegundo # 10 [leer en línea http://www.calameo.com/books/002679986d80d56cc7146 / descarga directa http://netload.in/dateixmR2c996Qc/Revista10.pdf.htm])

    Intentaré, y esto será una constante en la sección que inauguramos con este artículo, concentrarme exclusivamente en la película de la que quiero hablar, o sea, sin dejarme llevar, en tanto sea posible, por eventuales analogías o cruces suyos con películas anteriores o posteriores del mismo autor, o de otro. La voluntad, como lo dice el título de la sección, es hacer un análisis, tal vez no plano por plano, pero sí concentrado en lo que se ha venido a llamar el “texto fílmico” en sí. Sin embargo, será inevitable, e incluso necesario, por no decir útil, relacionar la obra cuando sea pertinente y, en todo caso, no aislarla de un contexto que, a veces más, a veces menos, resulta determinante en su ejecución y también en su percepción. Toda percepción, de hecho, no es sino parte del contexto...


    El afiche legendario, con la conocida retahíla inicial... Que al final la película traiciona olímpicamente...

    Así, cuando vi por primera vez Trainspotting, ese clásico de los noventa no solo venerado en algunos círculos sino, desde mi punto de vista, realmente sobrestimado por la cinefilia mundial, y sobre todo cuando fui testigo del final de la película, no podía pasar desapercibida para mí la semejanza con la obra anterior del mismo director, Danny Boyle: Tumbas a ras de tierra (Shallow Grave, 1994), la cual también había provocado entre varios colegas cierto alegre revuelo, del todo injustificado, según mi criterio. Ambas cintas terminaban con una afirmación de superioridad por parte del personaje central luego de que traicionara a sus amigos, y por eso, en medio de los más turbulentos golpes de efecto, aquello se podía traducir como una postura personal del director.

    Ahora bien, no niego que durante la transmisión de la inauguración de los Juegos Olímpicos del 2012, en Londres (y sabido lo que han sido, además de la muy creativa, colosal e inteligente puesta en escena de todo aquel espectáculo para las cámaras, algunas inobjetables proezas de Boyle, especialmente el tour de force de 127 horas [127 Hours, 2010]), he debido aceptar que este director no es solo el simple y efectivo pero muy burdo manipulador que, casi indiscriminadamente, salvo algunas excepciones, pone una suerte de música de ascensor, casi siempre inútil, a lo largo de todo el infierno de Trainspotting, sino además un apostador y un virtuoso en su estilo. Pero hecha tal concesión hay que pasar a asuntos de fondo sobre este filme.


    Trainspotting (Boyle, 1996): poco más que una suma de efectos superficiales

    Y es que la mejor fama de Trainspotting, por supuesto, no está en su cuidada (o relamida) fotografía de comercial o videclip de MTV, ni en el caprichoso montaje que tantos han querido imitar desde entonces, ni aun en el uso de la música, inexplicablemente alabado por unanimidad, y ni tan siquiera en los aguerridos gestos que a veces la representación emplea para girarse hacia el espectador, o en los quiebres del guion, que hacen parte de los inicios de una narración posmoderna, no homogénea, sino que esa fama está, simple y llanamente, en su trasgresión, o más bien, en todo lo que aquel aluvión de efectos formales tiene de trasgresor, pero sobre todo en un sentido social, que desacraliza incluso la amistad y hace de la muerte un dato más.

    O sea que asumir la película por el flanco de la moral no sería más que, como se dice, tomar el toro por los cuernos. Se me hace que, en el fondo, lo que más admiramos de todos los cineastas es la forma en que pervierten el cine, algo que solo es posible por medio de un jugueteo más o menos venenoso, pero nunca del todo inocente, por más involuntario que también pueda serlo. De otra parte, es oportuno señalar que, desde una perspectiva bien centrada, todo examen o juicio basado en la forma es un juicio espiritual, ya que la forma no es más que materia animada de sentido. De este modo, Trainspotting, como La naranja mecánica (A Clockwork Orange, Kubrick, 1970), sería una cinta grande por su superioridad sobre la masa, o no lo es de ningún modo.


    Un ataque desfondado a la sociedad: veneno licuado en un antídoto de simplezas

    Y aquí hay entonces que hilar delgado, porque lo que vemos es uno de los mayores fraudes en la historia del cine. La película es de un corte fascista que su cinismo apenas disimula con éxito ante quienes van a cine en el plan de celebrarlo todo con tal que guarde las apariencias de una burla a las convenciones. A esos espectadores podríamos dejarlos de lado si no fuera porque también a nosotros, que nos preciamos de valorar burlas más mordaces, con algunos engaños la cinta llega casi a convencernos de que el triunfo de Renton es sobre una sociedad que merece su desprecio. La más evidente de esas coartadas es el dinero que, luego del robo a sus amigos, le deja a Spud, el único leal de ellos, pero además, y no es gratuito, el único de veras imbécil.

    ¿Renton es el protagonista porque es el que triunfa o triunfa porque es el mejor? Si en Wikipedia hablan incluso de una “filosofía” en la película, esto es por algo... Y no necesariamente porque la cinta se base en un libro, aunque es verosímil que tal filosofía pase con un alto grado de fidelidad a la película por un gusto personal de Boyle... Desde luego que desde el principio, y a lo largo del filme, nos debemos identificar con una postura moral frente al mundo, la de los renegados que saben que el placer indescriptible de la heroína vale más que cualquier cosa, no solo más que “los trajes pagados en cuotas”, sino también más que el sexo y todas “las relaciones humanas”, así ellos deban soportar “la idiotez” de gente como el bebedor criminal Begbie o los padres de familia, que condenan la heroína sin más ni más como “una porquería”.


    La pregunta central: ¿sí llega a ser rebeldía el cinismo?

    Incluso Renton, nos dice él mismo, ha sentido la atracción de ese pensamiento idiota, y empieza a contarnos entonces cómo va cediendo al llamado de la idiotez. Al final me resulta incuestionable que su aceptación de la búsqueda de “la vida”, esa escogencia de “la vida” de la que se burlaba al principio, las hipotecas a interés fijo, la televisión, los hijos, es cualquier cosa menos una crítica al sistema, y aun más, que la idea de que traicionó a los amigos porque “es malo pero va a cambiar” no oculta la complacencia absoluta ante su convicción de que, desde luego, el sistema tal vez no es tan idiota, pero sí consiste en la lista de idioteces en que entran, sin distingo alguno, “las relaciones humanas” con los automóviles y la comida rápida.

    Es decir, la película celebra su propia “idiotez” como si la vida fuera un camino superficial, frívolo, egocéntrico, todo lo malo que uno pueda imaginar, pero inevitable, apenas rescatable por la propia supervivencia, y que solo sabrían tomar los que puedan dejar la porquería de la droga y elegir, dado el caso, quién merecerá ser traicionado y quién no, porque uno es malo pero va a cambiar... Esa idea del cambio, sembrada en Renton por Diane, su novia, se torna una excusa que, sin duda, Danny Boyle celebra que sea apropiada por aquel, y no desvirtuada sino eso: apropiada, con la más ventajosa indolencia, como parte de un sistema ruin en el que lo único que importa parece ser el mantenimiento de cierto placer (claro que ahora idiota) para uno mismo...


    Trainspotting (Boyle, 1996): de la traición como método de creación y sentido de vida

    En últimas, cada cosa que en un momento se ve como importante o cuando menos traumática, luego vale huevo, tal como en el momento, antológico para mí en cuanto a improcedencia y profunda ingenuidad, en que Renton se chuta por última vez, en el bus en el que todos viajan a Londres a hacer el negocio de sus vidas, luego de luchas del muchacho indecibles que, para la película, y por ende para su vida, han sido titánicas, y no un simple “toque”. Aquí no: ahora sale como si nada hubiera pasado y así enfrenta los hechos, pues la heroína, al parecer, ya no implica un cambio de perspectiva, ni en la sensibilidad, no es ni la verdad, ni el placer, ni aun el infierno que había sido... Renton ni cuenta se da de que el propio evento resbala, más inútil que cualquiera, y es lamentable que el público ya no pida su dosis de éxtasis.

    Hay que abrir los ojos: Trainspotting es una de las más grandes engañifas en la historia del cine. Se precia de veneno, y no es sino un simple y soso parque de atracciones.