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    En los cuarenta años de The Dark Side of the Moon


    DON’T BE AFRAID TO CARE”...



    Un momento cumbre en la historia de la música (el diseño de la legendaria cubierta original fue obra de Storm Thorgerson y todo el equipo de Hipgnosis, miembros por derecho propio, y de vieja data, de la familia Pink Floyd)

    Por Santiago Andrés Gómez

    Se nos iba ya demorando la conmemoración anual que venimos haciendo desde hace un buen tiempo de los aniversarios decenales de grandes álbumes de la historia del rock, correspondiente esta vez a una obra quizá mucho más que soberbia o insuperable: The Dark Side of the Moon, de Pink Floyd, pieza propiamente única, aun contando con que existan antecedentes incluso de la propia banda a la que se la debemos, y de otros, no tan evidentes ni numerosos, como los previos discos de Soft Machine o la música experimental de Ron Geesin, artistas que, de un modo u otro, fueron muy cercanos desde siempre a la banda londinense, o como las eminencias en el rock progresivo de Emerson Lake & Palmer y, desde luego, los magnos King Crimson.

    I Talk to the Wind (McDonald/Sinfield)

    The Dark Side of the Moon, de hecho, tiene más de los cuarenta años que su primera edición cumplió en marzo pasado, pues fue una obra pensada y elaborada antes como representación en vivo, por lo cual pudo ser pulida una y otra vez durante largos meses hasta las memorables jornadas de su grabación. Así mismo, el proceso se dio en intervalos a lo largo de los cuales los integrantes de Pink Floyd ponían todo de sí para la finalización debida de otros proyectos, no de poca monta, como la intensa filmación del alucinante documental Pink Floyd: Live at Pompeii (1972), de Adrian Maben, la creación de la banda sonora de la película La vallée (1972), de Barbet Schroeder, o la composición y ejecución de la música de un ballet de Roland Petit, en Marsella.

    Fue a fines de 1971 cuando el grupo, luego de un lustro de trabajo denodado, comenzó a sentir un cierto letargo creativo, producto al parecer tanto del agotamiento por una rutina de conciertos casi incesantes, como del tedio o simple mecanización que esto conllevaba y que, en últimas, más bien había demorado mucho en hacerse manifiesta. Pero además el reto era creciente, pues desde sus primeros ensayos o, mejor, jugueteos, bajo nombres como The Sigma 6 o The Architectural Abdabs, previo incluso a contar con la fuerza inspiradora de Syd Barrett, hasta aquellos días de inicios de los setenta, cuando la formación más famosa, con David Gilmour en reemplazo de Barrett, estaba más que consolidada, la banda había crecido a pasos de gigante.


    Pink Floyd, la formación original: de izquierda a derecha, Roger Waters, Nick Mason, Syd Barrett y Richard Wright

    Pink Floyd surge, como ya Nick Mason nos lo ha contado en su estupendo libro autobiográfico Dentro de Pink Floyd, en un momento especialmente propicio para el tipo de música que la sensibilidad de sus integrantes comienza a desarrollar. En la escena juvenil londinense ellos coinciden con curiosos proyectos editoriales, musicales y artísticos que hallan en la actitud del grupo una expresión no solo afín sino representativa. La banda, formada en su base por estudiantes de arquitectura, explora la iluminación y los efectos sonoros de manera que llegará a ser considerada agresiva por muchos, y que, en cualquier caso, se enfrentará en diversas ocasiones al rechazo frontal de otros públicos, pero que muestra una postura de convencida y misteriosa determinación.

    Los Floyd alargan sus temas hasta lo inverosímil, hacen uso como nadie antes de la reverberación y de todos los efectos electrónicos que haya al alcance, como si tales sonidos cobraran protagonismo y pudieran transformar la canción a cada instante, sacan provecho del molesto reflujo accidental de micrófonos o parlantes y de cualquier incidente que pueda convertirse en sonido, se dejan ir improvisando con el control repartido del absoluto caos y todo semeja un viaje del que se retorna con cierta perplejidad pero intacto. Detrás de todo ello hay una sólida estructura, una arquitectura consumada en las composiciones y un conocimiento pleno del instrumental al que tienen acceso, lo cual posibilita los escarceos más atrevidos y le da brillo a las intuiciones más arrevesadas.

    Interstellar Overdrive (Barrett, Waters, Wright, Mason)

    Un tema infaltable en sus primeros conciertos y giras, en la versión extendida, divergente del corte más conocido de The Piper at the Gates of Dawn (1967)

    Con tales disonancias, ruidos y desvaríos, ¿cómo lograron atravesar indemnes el baterista Nick Mason, el teclista Richard Wright, el bajista Roger Waters y el guitarrista y vocalista David Gilmour un impetuoso pero frágil movimiento psicodélico que vio en ellos, sobre todo en su previa formación con Syd Barrett, su máximo esplendor, pero que luego se disipó en la nada, absorbido por expresiones más duras del rock? Muchos piensan que con la salida de Barrett, quien estaba tan ensimismado en el LSD que ya ni tocaba y a veces ni cantaba en los conciertos, el “verdadero” Pink Floyd murió, pero esta idea es muy corta de miras. Barrett colmó con sus ideas una primera etapa que sería característica y fundamental para el grupo, pero lo que vino después es una evolución que no desmerece en nada del sello primigenio de la banda.

    En verdad, Pink Floyd es inimitable por la originalidad con que encara la música, pero es ejemplar por la seguridad con que asume su estilo. Mason cuenta cómo tenía en poca estima el virtuosismo, los célebres solos de colegas que tampoco dejaba de admirar, como Keith Moon o John Bonham, y es reveladora su confesión de que el grupo a veces fallaba al contar los compases en las diversas versiones de temas como Careful with that Axe, Eugene. En tal sentido, no es posible decir si la genialidad de la banda es producto o causa de una confianza plegada íntimamente al tejido de su música, pero obras como A Saucerful of Secrets, Sysyphus, Atom Heart Mother o Echoes no pueden verse sino como extensiones más complejas de todo cuanto tentaban en sus inicios.

    A Saucerful of Secrets (Waters, Wright, Mason, Gilmour)

    No menos que Bach: una composición sublime, en la versión de Pink Floyd: Live at Pompeii (Adrian Maben, 1972)

    Así que a inicios de los setenta la voluntad del grupo, expresada por Waters en alguna entrevista, de avanzar cada día más en las desérticas regiones musicales que solo habían explorado ellos y algunos más, como los creadores mencionados al inicio de este texto, era ya un desafío colosal. Para entonces, Pink Floyd hace giras por Estados Unidos con frecuencia, tiene una base de seguidores cada vez mayor y es, como he indicado, una autoridad plena de encargos que cumple a cabalidad, pero aún no despunta el imperio que hoy conocemos. En varias reuniones, en las que los integrantes se sinceran en cuanto a sus ambiciones y los límites que la vida familiar y las tendencias individuales empiezan a imponerles, Waters propone una idea seductora.

    Se trata de hacer un álbum conceptual, que gire todo él en torno a temas contemporáneos como el estrés, el prestigio profesional, el desacomodo existencial y, en general, el sentido perdido de una vida confinada a sus afanes materiales y, de cierto modo, destinada a la locura, a delirios impensables, a una soledad confusa. Esto es lo que The Dark Side of the Moon expresa, con un sentido poético devuelto a la sencillez más pura desde alturas meteóricas. El disco, es sabido, combina a la perfección la costumbre pop de ofrecer una colección de canciones con el riesgo de insuflar en esa serie una atmósfera poblada de sonidos recurrentes de significaciones movedizas: el latir de un corazón, comentarios sueltos, ruidos emblemáticos, interludios desquiciados...

    Breathe (Waters, Gilmour, Wright)

    La inolvidable secuencia introductoria (Speake to Me), diseñada por el baterista Nick Mason, seguida por el proemio de un extenso tema “interrumpido” por otros dos... “Breathe in the air”!

    Pero el equilibrio entre experimentación y espectáculo es algo más. Todos los elementos colaboran para hacer del álbum una experiencia espiritual culminante. Lo que se conoce de varias canciones de Pink Floyd, anteriores y posteriores a este disco, como partes segmentadas a lo largo de un elepé, ellos no lo veían así: eran un solo tema extenso con variedad de interludios, y así hay que considerar entonces al pulso del corazón (un efecto fabricado) que inicia y concluye el disco, como el concepto ni siquiera central de la obra, sino el único: la vida, en una suerte de parpadeo dilatado. Las letras se suceden en una línea reflexiva que no considera ni por asomo el retorno a las fuentes del ser, sino que se dispersa en su máximo extravío, hasta acaso surcar la nada.

    También, lo que muchos creen y algunos afirman que es una referencia a lo largo de todo el elepé a los quebrantos de salud mental de Syd Barrett, sobre todo en el tema Brain Damage, será mucho más propio del siguiente trabajo de Pink Floyd, esa otra obra maestra que es Wish You Were Here. Yo siento que, en ambos casos, toda alusión o metáfora de Barrett cobra resonancias universales emparentadas con nuestra arraigada e íntima desconexión de las contingencias mundanales, incluyendo todo lo relativo a la identidad y al pensamiento. Esto es conmovedor viniendo de un origen, al arranque del disco, en el que se nos invita a respirar y a no temer que nos preocupe o afecte algo o la realidad en sí: todo el tránsito comprueba nuestra indómita extrañeza.

    Brain Damage (Waters)

    Al final, la sublime disipación en la noche, en el tema Eclipse, de todo lo que fuimos, todo lo que vimos, defendimos u odiamos, y de todos los que conocimos o combatimos, pues “brilla bajo el sol pero este es ocultado por la luna”, pone gloriosamente en duda la sustancia firme de nuestro entendimiento, una serie de experiencias a las que se da el nombre que no tienen ni asimilan, y la existencia misma de las cosas, dislocadas o fluctuantes en un orden sombrío que las aúna en coro triunfal e intangible, como un reino fatuo. Pero el latir continúa, y no es el maternal de una vida previa a nuestra existencia, sino ese tan simple que nos acompañará hasta el borde infranqueable de la muerte.