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    La necesaria ideología


    EL REGRESO DE LA HISTORIA


    David Ricardo (1772-1823), uno de los padres del capitalismo, retratado por Thomas Phillips

    Por Santiago Andrés Gómez

    Conozco sujetos de seriedad intachable, o sea, de pensamiento metódico, que aseveran que toda ideología tiende "por naturaleza" al dogmatismo. Mi intención es refutarlos en este breve texto, delatando antes las contradicciones a las que se ven sometidos. Uno de ellos, por ejemplo, y no el menos sensato, dijo no hace mucho en una reunión, y estoy seguro que con total sinceridad, no pese al contexto festivo, sino justo por él, que era “el único” de nuestro grupo o familia que “seguía siendo uribista”. Si esto no tiene un trasfondo ideológico, supondría que ser partidario de Uribe obedece a razonamientos estrictamente lógicos, técnicos o científicos, pero no es difícil probar lo contrario.


    José Félix Lafaurie, presidente de Fedegan: en busca del ideólogo perdido

    De hecho, son muchos los uribistas (y los sujetos pertenecientes al abanico más amplio de las derechas) que descalifican determinado argumento por estar “ideologizado”, y las raíces legítimas de esta actitud las trataré luego, pero a renglón seguido aparece el partido Uribe Centro Democrático dictaminando para sus miembros obediencia absoluta a su líder, y poco luego el presidente de Fedegán manifiesta que el partido conservador “necesita un alero ideológico más fuerte”, que sería Uribe...


    ¿Es que entonces ha vuelto la ideología a ser legítima? ¿Ha resucitado la Historia a la que Francis Fukuyama había levantado acta de defunción a inicios de los noventa?

    DE LA VISIÓN AL DOGMA

    He contado en alguna ocasión cómo en el ambiente académico que viví hace veinte años se eludía cualquier debate político con el argumento de que ya las ideologías, tras la debacle del comunismo soviético, estaban revaluadas. Sin embargo, conviene detenerse en los pensamientos que al respecto tenía un intelectual señero de aquellos tiempos: el otrora checo, o por sí mismo llamado más bien “bohemio” Milan Kundera, era del todo claro al relatar y explicar cómo la ideología en los países de la Cortina de Hierro pretendía congelar “la insoportable levedad del ser”, cómo una broma allí podía lastrar tu destino al controvertir o liberar en humor una verdad solemne, clausurada.


    Milan Kundera: la ideología como “paradoja terminal”

    Pero Kundera iba en verdad hacia el fondo de esa actitud que hace de todo gesto el afán por atrapar la esquiva identidad, por eternizarla o darle peso, significado. “El gesto” es el nombre del primer capítulo de La inmortalidad, la novela más ambiciosa de Kundera, publicada poco antes de la caída del Muro de Berlín, en la que muestra cómo la imagen de la publicidad y de la política en Occidente es la otra cara del dogmatismo comunista. Con la imagen, y para los políticos en especial con la imagen mediática, simplemente se busca zanjar la cuestión de una identidad ignota, cifrada así en los anhelos como significado, y sin asumir aquella como lo que es: un mero signo (un gesto, una pose).

    Esta confusión entre signo y realidad es la misma que hace que en Colombia elevemos gritos al cielo cuando aparece una película filmada en nuestro territorio con temas incómodos, y es a la vez uno de los rasgos del fascismo y el mecanismo con que durante años se nos ha querido vender, con creciente frustración, la idea de que lo que existe es lo que sale en televisión. Pero para que no parezca que hilamos muy delgado, hay que dar un paso más atrás: la ideología del capital fluye con la moneda corriente, suponiendo en un símbolo del valor, el valor mismo. Eso y una burbuja inmobiliaria, vendrían a ser parecidos; por su abstracción, el capital, como el lenguaje, es el tirano.

    Así, cuando no hay un contenido que respalde el signo, sea este una palabra prestigiosa, un discurso legendario, o una suma de dinero, todo se desfonda. Para hallar su propio respaldo los signos se desplazan, sin lograr hasta el momento forma más persuasiva que la moneda, aunque este poder es una tela muy fina. La realidad que fluye por bajo es melancólica: rebasa toda ideología e incluso a sistemas tales como las matemáticas o la ciencia. Estos siempre son, como dijera Borges, “alusiones”: son referencias parciales, tienen su dominio, hacen una descripción aproximada, pueden permitir incursiones en lo real, incidir aun en su estructura, o simularlo y casi sustituirlo, pero no lo agotan.

    ¿UN PATRIMONIO INDESEABLE?


    Karl Popper (1902-1994): el conocimiento insatisfecho

    La ideología en ese sentido sí es harto susceptible de volverse dogma, pero no más que la ciencia o que cualquier otro discurso. Karl Popper, a quien cito aquí específicamente por su pertinencia, en tanto hombre de ciencia y epistemólogo eminente, ya estatuyó o validó una consideración crítica un tanto socrática (al menos análoga a una de las conclusiones parciales del Teétetes), y es que cada ley científica, como por ejemplo la Ley de la Gravedad, ha de probarse permanentemente, y el Principio de Incertidumbre de Heisenberg no cesa de llevarnos a perplejidades que apenas parecieran demostrar la necesidad de “afinar la ignorancia”, o de hacer de ella un método ciertamente inconquistable.

    Sin embargo, como pareciera vaticinar Herder en su Diario de viaje, son estos años en que a la par de que todos nos beneficiamos de la física cuántica, ciertas corrientes políticas teocráticas no solo niegan con popularidad la selección natural y afirman la inmortalidad de un alma, sino que efectivamente llegan a legislar según su credo para una sociedad laica. Todo demuestra que en la relación de las ignorancias, son perdurables y del todo vigentes los discursos que concilian con la ansiedad existencial: la democracia los defiende y de hecho hay vivos debates éticos en cuanto al respeto que debe la sociedad a sus creencias y a algunas de sus prácticas más polémicas.

    Lo contrario, al fin, sería caer en los nefastos y además falaces revisionismos que, por ejemplo, quiso hacer Mao en China con una cultura milenaria, o en los borrones que aquí quieren hacer muchos con ciertos asuntos de nuestro pasado traumático. De tal forma, sería procedente entender que la ideología, toda ideología, tiene un sentido histórico: es una visión del mundo y una consiguiente prescripción doctrinaria, aunque no siempre sean coherentes estos dos momentos entre sí. La visión suele ser, aunque relativa, exacta, y la prescripción fallida, o al menos insostenible; esto último sucede, desde luego, cuando se termina por tomar el mapa por el territorio (de nuevo Borges).


    Pericles (495 a. C – 429 a. C) : la compleja idea del ciudadano

    Con todo, ¿no podríamos concebir las ideologías como un aporte al conocimiento, justo porque sus límites muestran sus alcances? Por algo el profesor Eduardo Domínguez sostuvo como principio de la serie de televisión Ágora, producida hace unos años por el Canal Universitario de Antioquia, que no se puede hablar de democracia sin ideologías, y así quiso rescatar el origen y el sentido de todas estas manifestaciones del intelecto humano, desde las teocráticas hasta el nazismo (hay que decir, por caso, que Hitler veía con nitidez la causa de algunos problemas de su pueblo, y que fue consecuente con la solución que ideó, la cual resultó inviable por cuestiones solo militares).

    Ahora bien, las cuestiones militares son definidas por flujos económicos y de sentido o espíritu que tampoco pueden despreciarse y confluyen también en el orden ideológico. En el mundo que el ser humano define para sí, la uniformidad, incluso la de la paz, no termina por ser más que un error de óptica, una comodidad dañina y a largo plazo fracasada. Por ello la ideología es también un cruce más o menos amplio de tendencias y disidencias, y esta dinámica refleja lo más hondo de nuestra inteligencia, cuando el poder se estremece ante la presión de lo real. Para explicar la actualidad o fuerza emergente de este enunciado acudiré a un ejemplo novedoso: el animalismo.

    IDEAS ANIMALES

    Todo nuestro aparato social está urdido por la ideología, con sus aplicaciones erráticas y sus crímenes consecutivos, y por eso quien menos debe indignarse ante la convicción de que el nazismo es parte del patrimonio cultural de la humanidad, es aquel que sostenga, en cínica coartada, que al fin “todo es según el color del cristal con que se mire”. No consiento en que se atribuyan los crímenes de Stalin a su ideología, así se hayan fundado en esta, ni delitos como la usura o los fraudes bancarios al liberalismo económico. Hay que ir más allá y afirmar que es imposible desligarse del devastador sueño de una utopía cuando se define un modelo de sociedad, pues no hay modelo natural.


    León Trotsky (1879-1940), un socialista distinto a todos

    El ecologismo, con su propuesta de democracia participativa, descentralizada, pero interconectada globalmente, es ya bastante intrincado, y sin duda un paliativo a la fuerza bruta, que es la única forma natural de poder. Así igual, el animalismo funciona sobre supuestos, supuestos relacionados profundamente con la idea de dignidad humana que germinó en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU, en 1948, pero que pueden degenerar, y ya han degenerado, en penosos exabruptos, y no tan penosos por lo violentos, pues hay terrorismos legítimos, sino por lo impropios, porque niegan al ser humano su animalidad, su carácter depredador, sin advertirla en los actos propios.

    No obstante, la lógica del animalismo se me antoja como la expresión más sublime del humanismo. En El erotismo, el pensador francés Georges Bataille expresa un razonamiento afín que puede describirla: “Ustedes y yo existimos ‘dentro’. Pero lo mismo sucede con un perro o, en esta misma línea, con un insecto o con un ser aún más pequeño”, dice, y añade, como si fuera poco: “Por más simple que sea un ser, no existe un umbral a partir del cual aparezca el existir ‘dentro’. Este no puede ser resultado de una complejidad creciente. Si los seres ínfimos no tuviesen, a su manera, y ya desde el comienzo, una existencia dentro, ninguna complejidad podría hacerla aparecer".
     

    Georges Bataille (1897-1962), de esos que te abren el panorama
     
    Hasta aquí permanecemos en una lógica puramente descriptiva del mundo, que nos abre los ojos. Si toda forma viva supone una forma de individualidad, no podríamos concluir que la humanidad sea el límite de la complejidad o, digamos, de la conciencia: otras racionalidades, como las que vislumbrara Borges en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, otros sistemas matemáticos, otras formas más comprensivas de connotar el universo y por tanto de modificarlo podrían suponer que nosotros somos una simple bestia de lidia para gozar torturándola o para gustar en salsa, y al acceder a tal conciencia sentimos, con temor, que existe un simple derecho a vivir inalienable para todos, para toda forma viva.

    Tal razonamiento, solo así descrito, puede ya provocar aquí amenazas, asesinatos, desapariciones. Funda una ideología no solo porque nos revela con una interpretación razonable, o sugestiva, ciertas parcelas de la realidad, sino porque para quien sea sensible a esa interpretación le impone acciones y así determina actitudes comunes, tendencias divergentes, doctrinas varias. ¿Negaremos que exista la posibilidad de diálogo con todos los partidarios de esa ideología? ¿Y nos negaremos la posibilidad de visiones ecuménicas, o la de un modo de mirar desprejuiciado a las ideologías y a cuanto nos puedan aportar por separado y estructuralmente, como algo que nos comporta?

    LOS LEGÍTIMOS BANDAZOS

    La coyuntura nacional de estos asuntos es definitiva, porque desde los noventa a la guerrilla con la que ahora se busca hacer un pacto de paz siempre se le ha negado, en los debates del común, que obre todavía por cuestiones ideológicas, sino que se le atribuyen otros fines. ¿O sea que, si fuera de otro modo, sí se le prestaría atención? Así pues, un comunista no es lo mismo que un bandido. Y si el bandido deja de serlo y se vuelve un adversario político, por los intereses que sean, en justa lid racional los argumentos habrían de soportar el conflicto. Y si vence, dígase aun como en Venezuela, habría de ser el sistema democrático y el Estado de Derecho el que perdura, no un gobernante.


    Bernardo Jaramillo Ossa (1955-1990), un hombre que creyó en la democracia

    La ideología está más viva que nunca, y eso quiere decir que la Historia continúa, o que nunca ha acabado, justo porque no hay verdad única: hay una realidad que construimos todos, y en la que en derecho todos cabemos, incluso los nazis. Hemos de temer a la ideología si desconocemos la propia, mas no asumiéndola como una forma de parcialidad y, a la vez, como un aporte, una propuesta. No hay solución definitiva, del corte: “lo que debemos es”, “lo que hay que hacer es”, ni lacras como: “el problema es”, “eso es lo que nos tiene así”... En este texto, creo haber demostrado que de la ideología nadie escapa, pues sus valores prácticos nos educan, y maleducan, de muchas formas.

    Lo único que hay que ser es verdaderamente crítico.