• Espacio de difusión y debate sobre el video y el cine nacional, y sobre temáticas relacionadas. Tribuna abierta a la diversidad y plataforma de discusión estética y política.

    Llegan cartas


    “¡DORMIRÁS CUANDO TE MUERAS!”


    Manifiesto del gentil antiprofeta



    Por Linda Pareja

    Tal vez el as que bajo la manga la poesía guarde no sea justamente la pica o espada o el corazón inútil ante un adversario triunfal: saca un comodín el poeta y hace con él lo que fuere; es el otro quien antes de oírlo, sabe ya de qué se trata; si tiene dos pares, pierde ante par y terna, si par y terna, ante un póker de cualquier pinta. Luego abre la boca [el poeta primigenio] y dice: “Amigo y hermana, tú nunca pusiste en mí demasiada o alguna esperanza, siempre soy yo el que debe intentar un poco de alegría en este juego. Mi decir es que la victoria que alcanzo cada noche con ustedes, no pasa de ser la de un rato que les prodigo de olvido e indiferencia ante todo cuanto no es vuestro. Aquí les importa que la victoria sea de ese yo embolatado que hace tanto responde mal a un nombre impuesto. Con ese fin los seduzco, yo que soy el juego por naturaleza”.

    El amigo, un ingeniero, y la hermana, otra ingeniera, pero que no ejerce y tiene un negocito por el Centro, tuercen la boca mientras se levantan, como diciendo ya ya… Al poeta, como el pueblo de los ratones a Josefina, la Cantora, saben que no hay que prestarle mucha atención. Tras su comentario sinuoso, refrescante por lo rumoroso, por lo redomadamente vago, se levantan, toman un último sorbo de whisky, él, y de vodka, ella, y se despiden; no han perdido nada. Allí es cuando la locura de la tristeza y de la vanidad invalidada al poeta de nuevo invade. No es envidia, envidia el poeta no tiene de nadie. El poeta tiene es un complejo de inferioridad (alguna vez dijo, con justicia: “Mi reino no es de esta tierra”, y en esta tierra esas palabras fueron consignadas y quedaron). Se reúne con aduladores y discípulos esa noche para remontar en su idioma esas líneas que ha querido el tiempo que le ayuden al Tiempo a procurar, y entre ellos está el escéptico, cuya tradición, qué pena, todos comparten. Calla el escéptico, y lo mira con benevolencia. “Yo sé lo que pensás”, dice el poeta. “Pero vos no sabés que aquí, en Medallo, fragua mi comodín la solución a todos los problemas de Occidente”. Con lo dicho basta para que una cortina blanquecina, del color del semen, nuble los ojos del escéptico, quien como manda Dios permanece inmóvil, y así barrunta:

    “Si alguien hay que haya querido que las cosas cambiaran en el planeta para Bien Absoluto, yo fui ése. Acaso otro soñó tal e igual, pero a mí nadie superó en esa ilusión. Si cuando miraba una alcantarilla tragándose la noche y la luz amarilla de un reflector envuelto en telarañas me daba cuenta de que todo giraba y se precipitaba en torno mío y al son de nuestra conversación escandalosa… ‘¡Claro, animal! Lo que vos decís tiene que ver con lo dionisíaco, porque aunque no podamos superar lo humano, hay que persistir en ello… Eso es lo que nadie se ha dado cuenta, ¿me oís? ¡Nadie! ¿Por qué vamos a resignarnos al deseo en vez de suspirar calmitos y dejarnos chorrear como esta mano que asperja luciérnagas al vaivén de las sombras sucesivas en nuestra caminata loca…?’ Eso pensaba con el Cruceto, que a veces era el Crucigrama y para otros Mauro, porque era un camaleón, era un loco, el tipo un genio y yo su amigo… Y si pensábamos igual entonces podríamos hacer video juntos y ser Escuela y cambiar las cosas por lo menos como una mellita, porque no estábamos tan locos, que unida a las muchas mellitas hechas junto con nuestros hermanos en el Bien Absoluto (el Mal, el Mal Absoluto) por entre las rejillas de la caja menor, lograría herir de muerte a la Sombra, último enemigo por vencer –no como dice la Iglesia no no (…) Ajá, eso pensábamos, pero a mí mi mano me abrió de parte a parte, me tuve que recoger pedazo por pedazo, para eso sirve Dios, no para otra cosa, careloco, que para tirar frescura… A mí ya no me importa sino el aliento que abriga mi boca, el mío y el de mi hembra, el de mi prole y mi can, y el del cucho que sube al bus sin pensar en poesía a pedir dos putas monedas para acomodar mejor a su familia –vea, lleve, que Dios me bendiga… Y que vengás vos a decir que le vas a arreglar la vida con tus renglones visionarios, con tu briosa mano en el hombro, viendo que yo no pude, o que doña Estirpe va a aprender lo que es verdad de tus labios de poeta, me da es risa, te lo digo a vos, que pensás que los Mayas eran como unos pitufitos sin otro problema que el Tío Sam, y que jurás que la humanidad, ésa que al mismo tiempo sabés indigna, merece, no, necesita rescate, y que ese rescate sos vos, sólo porque vomitando jurás que no odiás a nadie”…

    La ruptura entre el escéptico y el poeta es total. El escéptico ya no puede ni quiere tener lo que tuvo cuando fue nadie, y odia al poeta porque no es como él, y ambos se condenan, pero se quieren, porque, como decía el poeta, “odiar es querer sin poder amar”… Tal es el supuesto de que parten, para llegar a conclusión opuesta: el escéptico sólo sabe aceptar que hay cosas que debe odiar porque, según cree, ninguno sabe amar… El poeta quiere amar y está convencido de que es lo que mejor sabe hacer… {¿Habrá algo de verdad en todo aquello…? Nada}



    Entre tanto, los hermanos y primos de poeta, escéptico, aduladores y discípulos siguen clavando en esa concha sideral que levantan entre todos y que, como un cáncer divino, fantasma, maldice al Reino entero. ¿Quién podría cantarles, otra vez, “el poeta eres tú”, como el poeta un día le cantó a un milico? Ni aun el escéptico se atreverá a hacerlo, pero sabe que ésa es la única realidad.

    Un río como los ríos homéricos, tal cual, se levanta en frente de la Humanidad, de sus poetas y escépticos e ingenieros que no ejercen pero tienen un negocito por San Joaquín y sucursal en Benarés (llamado Mi pañuelo), y les pega severa sacudida. “¿Quiubo piorreas? ¿Muy contentos tirándose a la Brava? ¡Tenga!”… Y va un puño helado que se lleva el techo por los aires. “¡Tenga!”, y en la nuca un pisón de fango que se mete en boca de todo nene… “¡Que aquí mando yo, no joda!” Y apaga todos los bombillos, ¡horror!, y la Brava a oscuras aplaude templadito, risueño, pasito… Al decir del Bardólatra Haroldo y Vico, la Geocracia se impone “si o si”, el poeta pasa a ser de nuevo brujo de pelotas pétreas y venenos sacramentales (ya no poeta, ministro), y el escéptico no existe siquiera, porque yo, durante muchos siglos, no seré ya más necesario en este mundo…


    Sólo habré dejado esto mientras, un sufrido as de diamantes bajo mi estampa de payaso indolente.