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    Plano x Plano / Diente x Diente (2): "El topo" (Jodorowsky, 1970)


    LOS 1001 GOLPES




    Por Santiago Andrés Gómez (artículo publicado originalmente en Revista 24Cuadros por Segundo, Edición # 11, noviembre-diciembre, 2013 [ver enlaces al final])

    Una cuestión que sigue siendo esencial al hablar de cine, incluso cuando se le contraría o desestima, es la coherencia interna, que puede entenderse también como la unidad de la obra en el sentido clásico. Pocos aún hay que acepten, al menos de entrada, que toda película tiene diversos matices, a veces irreconciliables, en especial cuando se trata de aquellos que deberían delegarse exclusivamente al espectador, como es aquello que “me gusta” o que, por fobias íntimas, “me choca”, caprichos de los que la película habría de quedar exenta. Un ligero juicio suele aportar la unidad que no hay.


    Alejandro Jodorowsky como El Topo: un realizador avasallante

    Sin embargo, tal ilusión de unidad o coherencia en la película resiste como concepto o incluso tendencia perceptiva. Como decíamos, en ocasiones nuestra calificación redondea una obra llena de contrariedades, pero incluso la heterogeneidad de elementos puede ser una característica diferencial clara, definida. Ante esta tendencia perceptiva, de extendido arraigo, el crítico o el comentarista lucha sin darse cuenta, creando nuevos objetos estéticos en sus escritos: la película que él vio, provista de un sello específico, el de su criterio, o sea pronunciada con nuevas, únicas entonaciones.

    Hablar de El Topo (Jodorowsky, 1970), en ese sentido, es uno de los retos más atrayentes que haya, pues la cinta parece agotarse con facilidad en sus significados y, no obstante, se rebela escurridizamente en su forma, y su trasegar legendario no hace sino confirmar tales dificultades, que a la vez, más que en otros casos, invalidan todo concepto sobre ella como algo definitivo, pero lo realzan como testimonio del impacto profuso, inasible y sobre todo engañoso que prodiga. Además, una cosa es la fama que conquistó en una versión deteriorada, y otra la impecable restauración que vemos hoy.


    Una restauración perfecta

    La historia, recordémoslo, es infinita: empieza con un hombre, vestido de negro, que aparece de la nada en el desierto con su hijo, quien va desnudo, y termina con la inmolación del hombre y la partida, no sabemos hacia dónde, de una enana preñada por él, junto con el hijo, ya mayor, que había abandonado. La pelea entre dos sujetos, en Fando y Lis (Jodorowsky, 1968), que buscaban decidir si había que saber de dónde venía el viento o a dónde iba, se resuelve aquí, muy al modo de Jodorowsky, centrando la atención en la vida, en el misterio de lo que hay, enmarcado solo por incógnitas.

    Para el Topo, eso que hay es un descenso. Pistolero capaz de acabar con varios rivales de un tiro y de impartir justicia afirmando que es Dios, debe enfrentar la prueba que le exige su pareja, una mujer que ha liberado, de ser el mejor, luchando con cuatro maestros del desierto. A uno lo vence en franca lid, a dos, en cambio, a traición, pero con el último, quien no lucha, pierde: esta rareza lo devasta. Otra mujer que ha espiado a la pareja consigue seducirla a ella y antes de dejar al Topo lo matan, y él, muerto en la desesperación, vuelve a la vida en una caverna, rodeado de seres deformes.


    El despertar en la cueva: una resurrección, o un cambio de piel

    Su imagen ante estos seres es la de un dios menor pero verdadero, y él se impone la tarea de hacer un túnel para que salgan a la superficie de la tierra. Por un hoyo inalcanzable llega a un pueblo que el director describe, mediante sátiras despiadadas, como el verdadero infierno de este mundo, nada lejano de lo que es la pacata, embrutecida y asesina sociedad occidental. Con una enana de la caverna con quien sale a recaudar fondos, y que se vuelve su nueva pareja, logra terminar el túnel, pero solo para ver cómo el pueblo asesina a todos sus nuevos hermanos, que venían a la luz.

    Es del todo factible que la principal característica que entroniza a El Topo como un verdadero clásico dentro del llamado “cine de culto” sea su airosa autonomía, su suficiencia, aun cuando lo ideal para una apreciación más justa de sus atrevimientos sería estimarla en conjunto con otras películas de su director. El Topo, de arriba abajo, está cruzada por figuras e inquietudes obsesivas de Jodorowsky: la destrucción de los padres en la busca de uno mismo, la limitación física y la monstruosidad como imágenes de la condición humana, el ataque a instituciones y valores establecidos...

    Una de las obras más atrevidas de su tiempo

    Quiere decir que no puede ser lo mismo esta película para un cinéfilo iniciado que para un espectador desprevenido, para el que solo ame las experiencias extremas o incluso para uno, como se dice, “todero”. Además, lo que aun sin tener en cuenta otros filmes de Jodorowsky se deja sentir como un sedimento denso de intereses personales, por el peso de los símbolos y las ansiedades filosóficas, es un arma de doble filo. La cinta, que tal como apareció ante el público de su tiempo era un reto, aún lo es, y aspira a que uno alcance la luz con el personaje principal, pero mi opinión es que esto es imposible.

    La película sufre de una disociación entre sus quiebres y saludables infantilismos y la lección que a toda hora quiere darnos. Cada secuencia oscila entre lo irracional y lo significativo, con una tendencia cada vez más pronunciada hacia lo alegórico, y la experiencia estética se vuelve así el sometimiento ante un discurso impuesto, cuando no evidente. Al fin es muy sencillo conmutar las figuras que Jodorowsky dispone en sus escenas con correspondencias flagrantes del mundo, y lo que se agradece es apenas el nivel de la exageración. Es decir, el sentido es penosamente superficial.


    “Ya tienes 7 años. Ya eres un hombre. Entierra tu primer juguete y el retrato de tu madre”

    Ahora bien, expresada la opinión, queda la incertidumbre. Otros, sin duda, han visto en la película algo más que la busca de la luz: un placer en sí mismo (un hallazgo), y no es imposible que haya quien realmente acceda con ella a una forma de sabiduría. Jodorowsky, a fin de cuentas, puede proclamarse legítimamente como el portador de un sistema conceptual con el que desmonta y rearma la imagen del mundo, y todas sus creaciones, en la literatura, el cine y sobre todo el cómic, rebosantes de intuiciones repentinas, son tan complejas que sería necio desdeñar su inherente estridencia.

    He de retomar, entonces, las consideraciones iniciales. Discierno dos niveles en El Topo, férreamente integrados por una actitud creativa que tendría en ellos algo así como dos momentos, en el fondo, inseparables. Por un lado, que linda con la pedagogía social, está lo que ya he llamado el mensaje o discurso, de enunciación explícita y significado casi literal. Por otro, están los recursos con que se expresa ese mensaje: dislocaciones del sentido común, iconografía paródica, paradojas verbales, a veces escenificadas, y una más rica arquitectura de significaciones espaciales.


    Un espectáculo de la imagen

    Las dislocaciones del sentido común se ejemplifican en el momento en que el Topo y el tercer maestro hablan con música: es fatal que el maestro nos traduzca lo que el Topo dice en flauta. La violación del negro a las señoras del salón de belleza, que es de ellas a él, o el juego de ruleta rusa en la iglesia con una bala de salva, son dos casos de esas iconografías paródicas, que suplen torpemente con una anécdota el sentido de unas costumbres depravadas. La victoria del cuarto maestro cuando se mata es una paradoja verbal sorprendente (“¡Perdiste!”), más aceptable por cuanto se basta a sí misma.

    No se puede decir lo mismo del momento en que el Topo le enseña a su hijo, ya crecido y que lo ayuda a cavar el túnel, que hay que dar mil golpes inútiles porque el golpe siguiente, exactamente el 1001, puede ser el del triunfo: esto es el tipo de moralejas lustrosas y triunfales que han hecho que algunos vean en Jodorowsky al Paulo Coelho del cine (no es inexacta esa comparación: en La montaña sagrada [The Sacred Mountain, Jodorowsky, 1973], él, disfrazado de mago, afirma que podemos hacer oro de la mierda, y al final del filme asegura, muerto de risa, que la mierda misma es oro).


    El encuentro con el cuarto maestro: una moraleja iluminada

    Las significaciones espaciales y corporales, en cambio, son de una amplitud atribuible a la vida de un relato que se arma por sí solo, y en ello veo el poderío firme de El Topo. Las ociosas construcciones del segundo maestro, cuyo delicado armado él entrevera con las paradojas verbales de que hemos hablado (se hizo débil para fortalecerlas y fuerte para afinarlas, le cuenta al Topo), el río del desierto que cruza por su morada, el contraste entre el desierto y la caverna, el sentido de lo que sucede allí, cuando el Topo renace a otra vida, son apenas algunos ejemplos de la grandeza visual de este filme.

    El topo sigue siendo para mí una incógnita, pues quizá sea propio de todo individuo el querer zanjar las cuestiones realmente indescifrables que le plantean no solo la estética sino la vida en general. Creo que he de permanecer a este lado, el lado próximo, de la línea del entendimiento, y limitarme a una labor descriptiva, cierto que sin dejar de ubicar mis apreciaciones en una perspectiva al menos intuitiva. Supongo que a El Topo la malogra la claridad general de su fábula, pero por eso mismo me reservo tomármela tan en serio y puedo disfrutar con sus más irreflexivas y avezadas imágenes.



    Como en el caso innegable de la colosal aventura que es La montaña sagrada y en el de mi mucho más estimada Fando y Lis, El topo es una película única, más allá del gusto personal de cualquiera: una cinta inimitable y, en ese sentido, indispensable en la historia del cine, pero, de hecho, su fuerza inconquistable reside justo en que no es para todo el mundo, en que solo la pueden valorar unos cuantos, en que construye su público y, por eso, marca una verdadera trasgresión humana, creando una vertiente indómita en el cine, repelente, de magnífica arrogancia e insospechados alcances.


    24Cuadros por segundo
    Edición # 11


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