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    Cines colombianos (11): los ciclos regionales


    LA IMAGEN EMANCIPADA


    Luis Fernando “Pacho” Bottía, cineasta barranquillero, maestro

    Por Santiago Andrés Gómez

    En los años ochenta, a la par de los mejores momentos de Focine, y con el principal antecedente de la producción tanto crítica como creativa del Grupo de Cali, surge en nuestro cine un fenómeno que aún hoy tiene mucho que decirnos: la producción regional, ahora más que tendiente, enraizada en cierta independencia, y en la mayoría de las ocasiones producida en un formato que hoy, casi sin que muchos se hayan dado cuenta de que debieron aceptarlo a regañadientes, es el rey: el video. Y decimos que el antecedente fundamental era el Grupo de Cali en una faceta también crítica, o bien teórica, sobre todo por la significación de una perspectiva que Mayolo asumió con total conciencia cuando escribió el famoso texto Universo de provincia o provincia universal.


    Carlos Mayolo: Vivir y dejar obra...

    Del mismo modo, una perspectiva crítica que desde otro territorio validara los esfuerzos casi marginales de los autores de las regiones lejanas a Bogotá se pudo ver al mismo tiempo en Las latas en el fondo del río, de Luis Alberto Álvarez y Víctor Gaviria. Ambos textos se escribieron a principios de los ochenta, cuando ya la creación cinematográfica era bien activa en sus respectivas regiones, aunque los caleños aventajaban a Medellín en experiencia por más de diez años. Álvarez insistió en ese acento, y algunos de sus escritos más importantes tratan a fondo la evolución de tal situación (especialmente en La perspectiva de la región en el cine colombiano). Yo en este artículo solo haré un recuento de su origen y recordaré sus implicaciones.

    Para ello es necesario volver atrás en la historia del cine colombiano, desde cuyos orígenes es evidente la influencia de una voluntad descentralizada, en ocasiones rural. Si en los inicios del cine mudo, e incluso del difícil sonoro, la impronta valluna, así como cierto empuje paisa, se hicieron sentir (en el primer caso con obras fundacionales como María [Calvo & del Diestro, 1922] y Flores del Valle [Calvo, 1941], en el segundo con producciones ambiciosas como Bajo el cielo antioqueño [Acevedo, 1925] y el malogrado empeño de Camilo Correa), la costa norte hizo aportes no menores, aunque sí más esporádicos, con la inquieta figura de Ledo Manco, durante el periodo silente, y luego con la aventura onírica de La langosta azul (Cepeda, Grau et al., 1954).

    Fragmento de La langosta azul (Cepeda, Grau et al., 1954)

    Por otro lado, desde los cuarenta había cada vez más la tendencia a descubrir la esencia de lo colombiano, y en los setenta, bajo el influjo de un Nuevo Cine Latinoamericano que con sus mejores representantes pretendía más que nada descubrir unas estéticas nacionales en un espíritu libertario continental, esa intención, casi de rebote, se hizo programática. No por nada, en los ochenta, cineastas de la capital como el sevillano Lisandro Duque y los bogotanos Camila Loboguerrero y Jorge Alí Triana, por no mencionar otros, llevados por un impulso dominante en su generación, enfocaron sus esfuerzos hacia universos locales y hacia lo popular. De hecho, toda la serie de mediometrajes de Focine encarna esa vocación, y algo más: la irrupción fuerte de las regiones.

    En los mediometrajes de Focine se aprecia lo que ya muchos cinéfilos, críticos, cineastas e incluso espectadores de Colombia habían podido atestiguar en el trabajo en formatos análogos menores, como super-8 y 16 mm, tanto de Mayolo y Ospina como de Gaviria y el barranquillero Pacho Bottía, y que luego en los medios electrónicos de la televisión y el video industrial se apreciaría como un movimiento rico, novedoso casi hasta la incomodidad de muchos puristas, pero al cual hoy se mira con tanto respeto como para que la Universidad del Valle se haya puesto en la tarea de recuperar la producción que hizo desde mediados de los ochenta, poco luego de la aparición de Telepacífico, con la fenomenal serie documental Rostros y Rastros.

    Ojo y vista: peligra la vida del artista (Ospina, 1987)

    Fue en Cali donde mejores cosas se hicieron en esos años, desde el piloto de la serie, dirigido por Ospina (Ojo y vista: peligra la vida del artista [1987]), pasando por trabajos míticos, como la obra de Óscar Campo y Calicalabozo (1997), de Navas. En Medellín, los documentales de Tiempos Modernos para Teleantioquia, como El obispo llega a Apartadó (Gaviria, 1988) o Son del barro (Bernal, 1988), y el cine de Juan Escobar y Regina Pérez, entre otras manifestaciones, permitían reconocer una fuerza intuitiva, diversa a cuanto se realizara en otras partes de Colombia. En la costa, Bottía siempre ha sido un referente, y su poética una constante que influye hondamente en los sensibles trabajos que se hacen hoy por hoy en la Universidad del Magdalena.

    Este somero repaso quiere enfatizar en un asunto que se suele pasar por alto, pero que con admirable y acaso problemática arrogancia persevera indiferente a los reconocimientos oficiales o masivos, e incluso abriéndose paso e instaurando su propio ámbito como una entidad en sí misma, y es el sencillo asunto del trabajo incesante y la memoria audiovisual que perdura de muchas maneras en todas y cada una de las ciudades y pueblos de Colombia. El video se ha diseminado de manera que escandalizaría a la televisión privada, la cual se supo blindar desde finales de los noventa ante el empuje de lo que yo, sin ninguna originalidad especial, he llamado alguna vez un universo audiovisual desbordante, pródigo en sorpresas, que no tiene que rendir cuentas a nadie.


    Salomé (Mora, 2013)
    Cortometraje ganador en el Concurso Antioquia para Verte Mejor 2013, de Comfenalco

    Yo acabo de ser jurado en el concurso Antioquia para Verte Mejor, convocado por Comfenalco, y he sido testigo de la variedad ingobernable e indeciblemente significativa del audiovisual en nuestra región. Asuntos sociales que emergen con fuerza o se esfuman año tras año en el concurso, recursos formales que mezclan tradiciones casi inconscientes con intereses únicos, todo acumulado en más de una década, da por resultado parte de esa “videoteca de Babel” en donde se cifra el secreto de nada más y nada menos que una humanidad inmediata e inalcanzable. Hace poco el gestor cultural Felipe Moreno hacía eco, tal vez sin saberlo, de algún llamado que Luis Alberto Álvarez hiciera hace tiempo: el de que sin una revolución medial no habrá paz real en Colombia.

    Pero creo que en el fondo solo necesitamos entender con más orgullo la autonomía de nuestras expresiones regionales, y aun más, sectoriales, tribales, de clase, raza, género, individualidad, como una serie de códigos mutuamente interferidos, aunque con más autoridad que la de cualquier jingle amedrentador de noticia de última hora. Los tiempos no son ya los del Frente Nacional, ni los de Olaya Herrera, cuando los medios buscaban amoldar al país en una sola voz, un solo credo, un solo criterio. Si nunca lo lograron, sí consiguieron y hoy siguen perseverando (incluyendo al cine oficial) en brindar una “imagen del país”. Ahora esa imagen se ha emancipado, y no pugna como lava por hacernos estallar: corre por nuestras calles, más libre de lo que creemos.


    Diario de viaje (Madera Salvaje, 1996)