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    Aperitivo al FICCI 54°: Mambo Cool (Chris Gude, 2013)


    EL LIENZO DEL PRESENTE



    Mambo Cool (Chris Gude, 2013)

    Por Santiago Andrés Gómez

    Se llegó el Festival Internacional de Cine de Cartagena de 2014, la versión número 54 (¡más de medio siglo!) de un evento que lleva varios años en alza, convirtiéndose ya en verdadero referente para los cinéfilos, cineastas, cineclubistas y críticos no solo de Colombia, pero sí que cierto, ahora más que nunca, y de modo ineludible, para los de nuestro país. Este año, además de la programación exquisita a la que nos tienen ya acostumbrados Monica Wagenberg y su equipo de colaboradores, hay una lista eminente de invitados, encabezada por el venerable Abbas Kiarostami, y, favorecido por la Beca Gabriel García Márquez de Periodismo Cultural que otorga la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), podré estar, en representación de Revista Godard!
    muy cerca de los principales actos y proyecciones, por lo cual, en las semanas que siguen, cada que podamos ingresaremos información y comentarios sobre las apasionantes jornadas que nos esperan. Respirar cine en Cartagena es una dicha mayor, una que solo quien vive puede comprender, sin dejarla de anhelar.

    Noches de Cartagena

    Como aperitivo a lo que el Festival significa, mucho más allá de nuestro desacomodo central, entreverado de arrobo, vergüenza y esencial pasmo ante las ceremonias magnas de inauguración y clausura y el boato y la vanidad engañosa y utilitaria de los premios, queremos hablar de una cinta que estará presente allí y tal vez solo allí podamos ver en su justa dimensión muchos amantes colombianos del cine. Se trata de Mambo Cool (Chris Gude, 2013), obra que ya en Medellín ha generado cierto revuelo, realmente menor y muy pasajero, pero diciente de la acaso inextirpable aunque sí muy triste, y sin duda comprensible concepción que tenemos en nuestro medio del cine como forma de divulgación de nuestra imagen ante el exterior, ante ese otro idealizado. El cine pone la imagen anónima y desértica del terrón que somos en el aire ante los ojos de un conglomerado más o menos mayor, y por ello su incidencia en la tranquilidad con que asumimos las formas de nuestra realidad no es poca, pero muchas veces escandaliza más a quien menos las sufre, a quien prefiriera creer que no existen, en lugar de entender que todo lo presentable o mostrable (todo lo visible), exportable en términos de industria cinematográfica, está, más que emparentado, afincado en una realidad agreste, por decir lo poco: así de sucia, trágica e innoble como de humana, y quizá “demasiado” humana (invitamos a leer el artículo del escándalo en el siguiente enlace



    Mambo Cool (Chris Gude, 2013)

    Realmente, Mambo Cool no muestra sino con un respeto incluso menos distante que mesurado, del todo pacífico, lo que son modos de vida, además de cotidianos y reiterativos, también sumamente productivos, vitales, sin hablar de lo rentables, en nuestro sistema social y económico. La vida en las ollas, en los antros, del barrio Corazón de Jesús (Barrio Triste) está teñida de una melancolía profunda, de energías subterráneas que provienen de sectores allende las calles y las montañas, gentes que llegan desde multitud de orígenes y cuyas pequeñas odiseas son apenas un hilo que cruza la maraña inextricable de intereses insospechables y espacios baldíos de tránsito, soledad, cacería y dignidades en pugna.

    En contraste con la típica moral colombiana, especialmente antioqueña, que con el escándalo niega la humanidad vastísima de la que abusa o sobre la que cimienta buena parte de sus pretextos políticos y de sus supuestos morales, prestemos atención a lo que, a propósito del Festival de Mar del Plata del año pasado, dice de Mambo Cool el blog Micropsia


    Aunque puede producir reacciones alérgicas en algunos espectadores impacientes y/o de gustos más tradicionales, es una experiencia muy, pero muy recomendable. De las pocas películas latinoamericanas realmente sorprendentes de los últimos tiempos”.


    Chris Gude, director de Mambo Cool (2013), presente en FICCI 2014

    Estas palabras finales, estoy convencido, se fundan en los valores formales de la cinta. Mambo Cool es, visualmente, un lienzo admirable, de luces fugitivas, evanescentes, diseñadas en acuerdo milagroso entre la realidad y un concepto que consigue con claves muy sencillas descifrar la imagen de Barrio Triste y, sobre todo, de sus rostros, y las capas de sonido que se adensan en torno de esas imágenes, surgidas desde lo más hondo del mismo entorno, convierten la obra en toda una experiencia de periplo, de llegada, convivencia y despedida, casi como si en la memoria quedara con suficiencia imposible la nitidez del presente indiscernible, todo con una ecuanimidad ante estos personajes desarraigados, solitarios, invencibles porque derrotados desde siempre ya nada los tumba, que no se adhiere a ninguna experiencia individual ni la sigue en la ilusión del dramatismo heroico, sino apenas la deja hablar, la deja ir, la considera nada más, la rememora contrita en lo inmediato porque es inasible, un mero rastro de presencias intangibles.


    Mambo Cool (Chris Gude, 2013)

    Mambo Cool, como dice el bloguero de Micropsia, no es nada fácil para quien busque (como tantos hay en Medellín) un cine de alfombras rojas antes que otra cosa, esos que piensan que el cine es la alfombra roja que lleva a la pantalla, y no esa realidad ante la que la cámara ha de postrarse, aun así sea solo para jugar con ella entre las sábanas. Mambo Cool parece una cobija revuelta, olorosa a orines del niño que fuiste, medio atolondrado, es una colcha de retazos untada de base de mamá perdida, y suena a risas en otra pieza y preguntas de vecino sin respuesta. A los minutos, vos estás metido en ella, como si de un museo de ventanas nocturnas de Hopper se tratara, de bellezas sombrías que no te hubieras soñado, evanescentes hechos que no quisiste vivir y tienes ante ti, y si al rato del baile y las conversaciones vacías pero sápidas a anís y Pielroja mirás el reloj, es como cuando en un bar, tomadito... Y así la película acaba pronto, una hora dura y no más, sabiamente como quien sabe que el señor tiene afán, pero con los finales inciertos de la evocación, para que lo pienses o te olvides si no te conviene, que no te hacen creer nada ni te aclaran sino la magnitud de la inquietud, vacilando, de la trampa.


    Mambo Cool (Chris Gude, 2013)