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    En el FICCI 54 (2): “Infierno o Paraíso” (Piffano, 2014)


    YA NO PODEMOS FLAQUEAR



    José Antonio Iglesias en sus tiempos de la calle: Infierno o Paraíso (Piffano, 2014)

    Por Santiago Andrés Gómez

    Después de muchos años de espera por parte de la comunidad cinematográfica nacional, Infierno o Paraíso (2014), el más que laborioso, titánico documental de Germán Piffano sobre la recuperación de un indigente de la famosa Calle del Cartucho, en Bogotá, fue estrenado el pasado viernes 14 de marzo en el Centro de Convenciones de Cartagena, en el marco del Festival Internacional de Cine que se celebra en esta ciudad.

    La fecha será histórica para nuestro cine. Infierno o Paraíso puede distar mucho de ser una película perfecta, pero encara retos y pulsiones jamás antes sospechados en nuestro documental, los que, como una contraprestación amistosa, permiten al espectador acceder a zonas casi infranqueables de nuestra sociedad, estratos tan oscuros, no solo de la vida en la calle o las drogas, sino también familiar y laboral, que difícilmente puede entenderse la cinta en otra onda que la expiación de nuestras propias pesadillas.

    Hace catorce años, en el 2000, el documentalista Germán Piffano entabló conversación casual con un habitante de la calle de quien se hizo amigo de inmediato. El uso de la cámara por parte de Piffano fue integrado naturalmente en la relación, y a José Antonio Iglesias, como se llamaba el hombre, esto no le molestó sino que, antes bien, veía en ello una forma de expresarse, incluso muy lúdica, sobre la vida, sobre la derrota, sobre la farsa del mundo, que te traga con solo que a veces te descuides un segundo.



    Germán Piffano, antropólogo, documentalista

    Esta confianza mutua se percibe intensamente durante la primera mitad del documental, que retrata los últimos días en la calle de Iglesias y el instante en que decide dejar el basuco y empezar un proceso de rehabilitación. En este tramo, el documental narra en paralelo los últimos días de El Cartucho, un territorio que fue transformado radicalmente por la alcaldía de Bogotá justo por los días en que Iglesias lo abandonaba, y no sin disturbios, cuando todos sus habitantes fueron expulsados de allí. Por lo que se puede ver, algunos fueron reubicados, pero la operación requirió de la violencia estatal, y sobre este punto el documental no deja sino constancia de su propio estupor.

    Pareciera ser que mejor es que huyas de la devastación. José Antonio, poco antes de su último trance con el basuco, que vemos en pantalla, canta una canción en la que prevé un arrasamiento de ese lugar prohibido, y muchos años después lo vemos jugar con su familia, en un regreso tan esperanzador como escalofriante, sobre el prado que ahora hay sobre lo que, para él, es un campo santo, un cementerio: el Callejón de la Muerte, en la vieja zona de El Cartucho.


    La Calle del Cartucho, en Infierno o Paraíso (Piffano, 2014)

    Al fin y al cabo, lo que Iglesias ha encontrado como camino de salvación es, como si estuviera escrito en el Evangelio, un puro camino de espinas. Las dificultades que encuentra paso a paso, que crecen y se acumulan, demuestran que la vida en su dimensión más simple, más escueta, no es más sino un embrollo. José Antonio vuelve a España con ilusiones y se encuentra en la trampa de la crisis del 2008, endeudado y, de nuevo, con el agua al cuello, o aun peor, pues las responsabilidades con su familia y con su propia persona son ahora mayores que cualquier otra que hubiera rechazado antes.

    Las vacilaciones, alguna recaída en la droga muy sutilmente referida, las lágrimas, los gritos apenas contenidos y la sequedad de las relaciones son, en estos pasajes, momentos en que la vida parece un corazón empuñado con el mayor dolor, con una angustia de la que, ahora sí, no hay ninguna escapatoria posible. La película torna en algo indescifrable, como entumido, ciertamente confuso, sin esperanzas. Lo único que se mantiene imbatible es el nivel de conciencia que José Antonio ha recuperado y el compromiso de amor con su hijo.

    Y es que Piffano no quería terminar la película con la visión ingenua de un optimismo fácil. Uno siente que la realidad aquí desborda cualquier capacidad de ser narrada, pero es la búsqueda de una luz en medio del “azare”, como se dice en nuestras calles, de la sospecha de ser acechado y traicionado a cada paso por algo desconocido e invencible, pero ante lo que ya nunca se podrá flaquear, lo que gobierna toda la segunda mitad de Infierno o Paraíso.


    La transformación de Iglesias, en Infierno o Paraíso (Piffano, 2014)

    Por eso el caminar de la familia, al final, ese seguir caminando mientras el mundo avanza, impasible, sobre todas nuestras derrotas y nuestras tenues esperanzas, es una iluminación más viva, más cercana, intensa y lacerante que cualquier fórmula de salvación pletórica.

    La película quiere ser parte de un debate de largo aliento al que ella aportaría una visión más visceral y solidaria, el de la legalización de las drogas y la humanización del adicto y los indigentes en el imaginario colectivo. Sin embargo, José Antonio nos decía: “Yo al basuco jamás lo legalizaría”... Sus razones profundas tiene para decir esto, y seguramente es solo uno de los comentarios que tanto él como el documental tienen para hacer a la sociedad contemporánea.

    Por lo pronto, existe la iniciativa de trabajar en llave entre Piffano e Iglesias para presentar la película y hacer charlas personales en diversas instituciones de rehabilitación en el país, y también en colegios, con el fin de hacer lo más que se pueda en prevención. En este sentido, el camino de Infierno o Paraíso excede, tal vez más que en muchos otros casos en Colombia, el estrictamente cinematográfico, o bien ensancha, como hacen los mejores documentales, la idea que tenemos del cine.

    Nota sobre Infierno o Paraíso (Piffano, 2014) en
    Noticias Capital, de Canal Capital


    Una cinta que nos llega a paralizar, que vacila, que nos cierra el camino, Infierno o Paraíso nos muestra como muy pocas el delicado, trémulo significado de la dignidad humana.