• Espacio de difusión y debate sobre el video y el cine nacional, y sobre temáticas relacionadas. Tribuna abierta a la diversidad y plataforma de discusión estética y política.

    En el FICCI 54 (y 3): “Tierra en la lengua” (Mendoza, 2014)


    LAS VIRTUDES DESFONDADAS



    Gabriel Mejía (Fernando), en Tierra en la lengua (Mendoza, 2014)

    Por Santiago Andrés Gómez

    No se trata de que como espectador, crítico o lo que sea yo haya pasado por emociones contradictorias al ver y luego recordar y pensar y hablar y escribir de esta cinta, la ganadora del FICCI 54, sino que, más propiamente, en ella se cruzan diversos fenómenos que la hacen igual de importante que, digamos, fallida. Nada más desde un punto de vista formal, Tierra en la lengua (2014), el segundo largo de ficción del joven y ya un tanto mítico realizador Rubén Mendoza, es mejor que su cinta anterior, La sociedad del semáforo (2010), y al mismo tiempo peor. La paradoja no es tal: Tierra en la lengua es más sólida, pero menos inspirada, según he podido concluir.


    Jairo Salcedo (Silvio) en Tierra en la lengua

    Pero hay otros aspectos, ya no relativos a la cinta como tal, que hacen de ella material mucho más polémico, como la fama que irá cosechando luego de los fabulosos premios que ganó en el Festival Internacional de Cine de Cartagena (FICCI) de este año, la friolera de una India Catalina al Mejor Director en la Competencia Oficial de Cine Colombiano y otra a la Mejor Película en la Competencia Oficial de Ficción, todo en contraste o simple relación con el mensaje incendiario que Mendoza hiciera leer por su hermano, ya que estaba de viaje a Guadalajara, en la noche de premiación.

    Desde mi punto de vista, este mensaje que llamo incendiario también es feliz y al mismo tiempo desafortunado, aunque en un primer momento me colmara de dicha. Es un mensaje que proclama la libertad del autor como oposición a lo que parece ser una tendencia próxima o, por lo que demuestran las últimas noticias, ya puesta en franca vigencia por el Fondo para el Desarrollo Cinematográfico (FDC). Nos decía alguien que sabe bien del tema, el director de la Revista Kinetoscopio, Andrés Murillo, que la coyuntura es de exigencia por parte del Estado a Proimágenes, al FDC y al Consejo Nacional de Cine (CNACC), por lo que han sido diez años en los que la industria cinematográfica, según los más estrictos parámetros econométricos, no termina de despegar, y peor aun, sin duda no establece todavía un público sostenible.


    Daniel García (productor), Rubén Mendoza y Mónica Wagenberg (directora del FICCI), en
    el estreno mundial de Tierra en la lengua (Mendoza, 2014)
    Foto: http://opanoticias.com/ficci-2014-emotiva-presentacion-de-tierra-en-la-lengua-de-ruben-mendoza-en-el-teatro-adolfo-mejia/

    Sobre el tema ha habido y seguirá habiendo largo debate, y de hecho lo tocaremos en nuestro próximo editorial (¡el cine ha cambiado tanto de cara!), pero lo que más nos interesa por ahora de la postura de Mendoza es que él aprovecha su prestigio, notorio en Cartagena, donde pasó casi como una estrella de rock, para establecer una postura de exigencia al estado por el estímulo incondicional a un cine autoral a ultranza, que no especule con el espectador, que no se haga para dar gusto a las mayorías, como si fuese una droga heroica, con fines pecuniarios.

    No obstante, y lo decía Murillo, este asunto no se puede tratar como si las opciones fueran solo blanco y negro, sino que es un problema de muchos matices, el primero de los cuales tiene que ver con la pertinencia o no de imponer una norma absoluta o general en la relación de las películas con su mercado, cuando lo que se impone como estrategia es reconocer la gran variedad de nichos y circuitos de difusión que existen hoy en día, en los que no podrían competir todas las cintas entre sí o por igual.

    Desde luego, esto implica que cada obra debe crearse en relación estrecha con su propia forma de proyectarse hacia el mundo, con lo que será su ciclo o sus ciclos vitales, por decirlo de algún modo, sin hablar aún, en términos puramente comunicativos, de la conciencia que debe existir o de la que se debe apropiar el autor sobre su diálogo con un público un tanto más específico y real que el que se pueda pensar cuando se dice vagamente que uno debe hacer el cine como le venga en gana. Más o menos esta última es la idea de Mendoza, y en ese sentido es preocupante porque su defensa de la libertad no puede tomarse como un dogma que niegue la relación con el público. En su mensaje, Mendoza decía que no le importaba en lo más mínimo si sus películas hacían plata o no, pero esto conlleva una cierta arrogancia ante lo que el producto pueda ser en su relación con el otro, para ponerlo en términos netos.


    El equipo de Tierra en la lengua, en
    la noche de premiación del 54 FICCI
    Foto: http://www.eluniversal.com.co/cultural/tierra-en-la-lengua-y-mateo-ganadoras-en-el-ficci-2014-ahora-nueva-york-155003

    Para mí, lo importante es el efecto que esta actitud provoca en la película. Hacer las cosas “como me nazcan”, y he ampliado este argumento en un texto cuya extensión excede la que es posible cubrir en este medio, y que será publicado en otra parte, es una solución idealizada por artistas que creen que es un orgullo andar de pelea con la razón, quizá porque creen que ella es la madre de los desmanes que se cometen en su nombre o que muchos hacen fundados en ella como idealización contraria. Pero en realidad la teoría y la historia tienen todo que aportarnos, o al menos una postura reflexiva y responsable sobre las implicaciones de la realización cinematográfica.

    Así pues, Tierra en la lengua, que arranca como una película admirable, sobre todo en la construcción del personaje central y en la tensión por lo que deja avecinar, se desmorona igual que La sociedad del semáforo por una especie de entusiasmo desbordante, en una serie de efectismos que desnudan todas las falencias que la película traía como si acaso fueran posibilidades latentes u oportunidades de relevo, sobre todo la inercia de los personajes secundarios, ahora desfondadas por el olvido de los elementos, por el abandono de las riendas, en la busca de hacer manifiestos vitales y estéticos a cada paso, inexplicable y abusivamente, sin relación con lo que antes se había establecido como un interés central.

    Para quien no la haya visto, advierto que describiré el principal de esos malogros, y que puedo estropearles el final. Tierra en la lengua se construye en torno a la presencia huraña de un patriarca poderoso que por mucho tiempo ha maltratado a su familia. Al final, cuando el hombre ya está casi desahuciado, sus nietos (un joven y una muchacha), resentidos, y resentidos legítimamente o no, lo someten a una especie de tortura que le echa en cara su propio orgullo de no querer dejarse ver por un médico al que llama, como si fuera un insulto, “doctora”, pues acaso, oh pecado, es marica. En plena festiva tortura, se aparece una mujer que está desesperada porque el viejo la ha separado de su hijo, y en el colmo de la angustia ella se corta el pie delante de todos.


    Alma Rodríguez (Luca), Jairo Salcedo (Silvio) y Gabriel Mejía (Fernando), en
    Tierra en la lengua (Mendoza, 2014)

    A la mujer no la volvemos a ver, solo presenciamos el regreso de los jóvenes, también sin el médico, un joven que les había dado ácido lisérgico y que participaba con ellos en el loco desquite, a la finca, donde descubren que el anciano se ha suicidado. Vemos a continuación al nieto arrastrando por el suelo el cuerpo de su abuelo amarrado a un caballo, y esta imagen es interrumpida por el despertar de la muchacha, que le cuenta a su primo que soñó tal cosa. Inmediatamente después, los dos llevan el cadáver al río para cumplir la voluntad de su abuelo, dejándolo ir en un cajón como balsa en un atardecer precioso. Leyendo lo escrito me doy cuenta de la incongruencia que quisiera explicitar: me doy cuenta de que no es necesario que enfatice mucho en ello.

    “Todos ceden un poco”, fue la respuesta hollywoodense que me dio Mendoza cuando le pregunté qué opinión le merecía su personaje central, como si advirtiera que había una contradicción de fondo en lo que parecía un ataque frontal y una revancha, incluso excesiva, contra el patriarcado machista y utilitario de nuestra cultura. Quizá sean una consecuencia del silencio enquistado la despiadada tortura y el sueño horrible de la muchacha, pero a continuación, como en otra consecuencia reactiva, ellos se arrepienten y le disculpan todo, y así lo hace la película, no solo homenajeando con sensiblería a tan severo y reprochable individuo, sino volviendo inútil, un puro desgaste, el anterior ajuste de cuentas.

    Y no se sabe qué es peor: la película sobrenada en esa indefinición al coste de un efectismo gratuito, pues Mendoza, casi sin darse cuenta, no nos ha ahorrado la crueldad que al final cree evitar con un plano de postal fúnebre. Esto es producto de una falta de reflexión, o bien de un exceso, que es casi lo mismo, pues Mendoza, como nos contaba, había pensado que él no era nadie para juzgar tan duramente al viejo, pero por eso termina santificándolo. En últimas, Mendoza sabe que está hablando ante un público, que sus imágenes se vuelven postulados (“statements”, como dijo él mismo al responder a mi pregunta), y es un pudor inconsciente, me atrevo a interpretar, lo que ahoga cuanto, de todos modos, no fuera sino un mero arranque intrascendente, bajo la apariencia de un sacrificio ritual en carnaval justiciero, que no logra ser realmente crítico, sino solo un desfogue de represiones.


    Ojalá: mucho camino por andar
    Óscar Ruiz Navia (derecha) y Rubén Mendoza, algo más que promesas

    Así pues, en lo que me afirmo es en mi idea de que una película no puede ser despachada con una palabra. Tierra en la lengua es un momento importante del cine colombiano, y al mismo tiempo es un fracaso triste, con logros innegables (el pulso de la narración, la construcción del personaje central) que sin embargo se hunden y casi se olvidan al final. Su contexto es candente, y en él las opiniones y el programa metodológico y estético de Mendoza son indispensables por su independencia, pero al mismo tiempo son relativos y no carentes de peligro, del riesgo del autismo...

    Si la muy lúcida crítica mexicana Fernanda Solórzano nos decía en Cartagena que a los críticos nos pagan por sacar una conclusión, estoy seguro de que esas nuestras conclusiones no deben cumplir con la expectativa narcisista de los lectores: eso de que la película tiene que ser, o buena, o mala. Hay que hacer y seguir haciendo, más bien, como críticos, una invitación a pensar con más complejidad a esos lectores, y a los realizadores, a los funcionarios, a los críticos... Pero sobre todo a los realizadores.

    Yo supongo, me atrevo a soñar, que para Mendoza lo del cine apenas empieza. En esta película se hace patente, más que nunca, su afinidad con Carlos Mayolo, tanto en la fuerza como en la inconsecuencia... Y en juego largo hay desquite.