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    Fango (2012), de José Celestino Campusano


    LA ECUANIMIDAD DE LOS GRANDES


    Nadia Batista (Nadia), Óscar Génova (el Brujo) y Olga Obregón (Beatriz), protagonistas de Fango (Campusano, 2012), un momento clave del cine independiente latinoamericano

    Por Santiago Andrés Gómez (texto publicado originalmente en Revista Godard! No 34)

    Es casi del todo aceptado que Fango (2012) es, hasta el momento, la obra más acabada de José Celestino Campusano. Aquí se revela una madurez ganada expresamente con el puro oficio de narrar: siempre se va a lo esencial, y esto en un sentido que va mucho más allá de la anécdota. Con todo, el argumento de esta cinta, que no adelantaré al lector, se deja seguir con una casi inconcebible soltura hasta intrincarse insospechadamente, de modo que uno al fin se pregunta, un poco sin entenderlo bien, pero aceptándolo sin problema, cómo pudieron pasar las cosas así, hasta qué punto pudieron llegar desde lo más nimio o insignificante. Me recuerda un poco, en tal sentido, algunas cintas independientes norteamericanas de los noventa, especialmente Leyes de gravedad (Laws of Gravity, 1992), de Nick Gomez, cuyo relato, a partir de detalles casi imperceptibles de la vida cotidiana en Brooklyn, se hace más y más insidioso hasta estallar en lo abominable.


    Leyes de gravedad (Laws of Gravity, Gomez, 1992)... Afinidades formales, y algo más...

    Esto se puede apreciar también en otros trabajos de Campusano, como la anterior y entrañable Vikingo (2009), mi favorita suya, o la reciente Fantasmas de la carretera (2013), y no es raro que para el argentino Los imperdonables (Unforgiven, 1992), de Clint Eastwood, sea una de sus cintas favoritas, pues en cualquier caso la narrativa del western, y sobre todo la acción sucesiva en la que Hawks era tan experto para reproducir sus ritmos, son lo mismo de su cine: siempre hacia delante, y toda cosa lleva a otra. Así pues, Campusano es la resurrección, si no la emergencia del cine en su sentido más prosaico y puro, solo que esto sumado a un poder especial en el acercamiento a escenarios vivos cuyo orden difiere totalmente de los sentidos que Hollywood otorgaba al western clásico. En los extramuros donde filma Campusano tampoco hay Dios ni ley, pero además ninguna esperanza de sobrevivir si no es asumiendo la humanidad del caos y, con indispensable cautela, nuestra propia virulencia.


    Campusano: presente y futuro del cine independiente

    Campusano triunfa por una mezcla de método y perspectiva. Su método pareciera irse haciendo con la grabación, por lo que se siente un pulso febril que a veces mezcla con cierto apuro lo objetivo con imágenes subjetivas, o que dispone las acciones de modo monológico, como diciendo al actor: vas a hacer esto y ya, como en las telenovelas. Pero su perspectiva humanista valida cualquier falta de unidad estilística o de profundidad en la representación, pues al fin revela algo más que realismo. El modo en que los personajes se sinceran, en que hablan entre sí diciéndose lo que piensan, improvisando desde lo que sienten, es conmovedor, algo que les da la grandeza que uno casi no percibe de nadie en la vida real, y que hace de sus cintas algo incluso shakesperiano. En el fondo, la percepción acentuada que hay sobre el personaje del Brujo, en su vulnerabilidad, en su dignidad lastimada a toda hora, muestra en la cinta un flanco abismal: esa ecuanimidad del director que solo tienen los grandes.

    Lea Godard!
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