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    Porfirio (Landes, 2011)


    LA PROCESIÓN VA POR DENTRO




     A propósito de la Semana del Cine Colombiano, evento nacional que va del 25 de julio al 3 de agosto de este mes, publicamos un texto del realizador y filósofo Andrés Upegui (El hurón [1978], Lugares comunes [1986]) sobre una de las cintas más importantes del cine colombiano en los últimos tiempos

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    "Juego mi vida, cambio mi vida
    de todos modos
    la llevo perdida"...
    León de Greiff

    R.W. Fassbinder, en un escrito sobre Claude Chabrol, dice que la mirada del director francés sobre sus personajes es como la del entomólogo que estudia el comportamiento de insectos metidos en una urna de cristal. Esta es una observación detenida, paciente, minuciosa, quirúrgica, analítica, detallada y por momentos, casi obsesiva y desesperante.  De la misma manera, el director Alejandro Landes somete a su personaje, el inválido aeropirata colombiano Porfirio Ramírez, a estos mismos dispositivos. Esta película es un quisquilloso y penetrante estudio de la más elemental y fundamental cotidianidad de una persona que está en una situación límite. Y si bien, cualquier cotidianidad es de por si tediosa e insoportable, la de un parapléjico es muchísimo más.


    Porfirio (Landes, 2011)

    Como toda gran obra de arte, aquí los medios y los fines, la forma y el contenido, están en perfecta armonía: El objetivo de Landes es mostrar, en su exacta verdad, los momentos previos y con ellos las causas o motivaciones que llevan a Porfirio Ramirez a convertirse en aeropirata y reclamar justicia por su propia mano. El medio es perfecto: planos secuencias estáticos que describen con el detalle propio del entomólogo la insoportable vida cotidiana de este ser estático, pero también el magistral uso del llamado “fuera de campo”. Es decir, la construcción dramática a partir no de lo que se ve sino de lo que no se ve, de lo implícito, del contexto, de lo que rodea el plano, que no se ve u oye pero que está ahí en “primer plano”. Porfirio se sitúa en esta determinada forma estética enteramente ajena al cine más convencional y se acerca al arte del que son maestros consumados los mencionados Fassbinder y Chabrol, pero, sobre todo, Carl Dreyer y Robert Bresson.

    Porfirio (Landes, 2011) fracasaría si su director se hubiese centrado en el hecho extraordinario que los medios masivos de comunicación resaltaron y que el gran público espera ver: el secuestro de un avión por un parapléjico con dos granadas escondidas en su pañal. Pero el personaje, su realidad y su verdad exigen otra cosa muy diferente a la de una dramaturgia centrada en lo visible, en lo espectacular, en lo obvio. La película evita esta construcción dramática exterior y se circunscribe al recuento detallado y minucioso de los antecedentes y de las motivaciones internas que llevan al suceso. Para decepción de casi todos lo que conocen de antemano la noticia, el secuestro nunca se muestra y la película termina con dos largos planos frontales sorpresivos pero perfectos: en el penúltimo, después de que Porfirio ha logrado abordar armado el avión, se ve únicamente cómo el avión despega y se pierde por la parte de arriba de la pantalla, y en el ultimo, aparece Porfirio cantando “a capella”, mirando a la cámara dirigiéndose al espectador, “la historia del aeropirata”, es decir su propia historia.


    Jugándose la vida

    Este film recuerda el genial Un condenado a muerte se ha escapado (Un condamné à mort s'est échappé ou Le vent souffle où il veut, 1956) de Robert Bresson.  Sin embargo, a diferencia del prisionero francés, la situación de Porfirio no es la del prisionero encerrado en los muros de una cárcel, sino la del prisionero de su propio cuerpo. Misteriosamente Porfirio remite a una antropología platónica en la que “el cuerpo es la prisión del alma”. Tampoco Porfirio está condenado a muerte como el francés, sino más bien a cadena perpetua y su apuesta no es aquella del que sabe que si al final va a morir ejecutado, arriesga su vida tratando de escapar, sino, la de poner en riesgo su vida con el fin de denunciar la injusticia que lo redujo a su situación de desvalido. Y también aquí Porfirio renuncia al tratamiento sentimental y filantrópico que acostumbra a miles de películas cuyo objetivo es volver héroe a algún minusvalido, resaltando su espíritu de lucha y su autoestima. Al contrario, el drama de Porfirio está mostrado tal cual es, con su profunda soledad e impotencia, pero siempre matizado con el amor esporádico y desinteresado de su hijo o su vecina.

    Por otra parte, también, se me ocurre que este film no sólo es platónico en su antropología sino en su metafísica: lo esencial en él, como en el universo de Platón, no es lo visible sino lo invisible. Por eso, la película se centra en la descripción microscópica de la cotidianidad insoportable del prisionero, pero no se queda allí, sino que ésta es el signo que sirve para  mostrar la progresiva evolución de un espíritu “sediento de justicia”.


    Una estética de lo invisible

    Ante una situación extrema no hay más alternativa que una salida extrema. Si la vida de condenado es insoportable y no merece ser vivida, habrá que poner en riego esa misma vida para poder salir de esa situación. Pero, como el célebre prisionero francés, Porfirio no es un espíritu suicida, su vida se pone en riesgo, pero la muerte no es una alternativa deseable. Más bien, lo que mueve a ambos es la injusticia de su situación. Al francés, el ejército de ocupación Nazi lo encierra injustamente en una prisión en donde parece imposible escapar; al colombiano, un policía le ha pegado un tiro en la espalda que lo deja lisiado de por vida, sin otra posibilidad de justicia que la de reclamar una justa compensación económica por parte del Estado. Porfirio se decide a su solución final después de que ha sido víctima de una estafa por parte de un abogado que le había prometido demandar al Estado en su nombre. Pero una vez más aquí la estética de lo invisible (o de lo que Paul Schrader denominara como trascendental) vuelve a aparecer: nunca vemos al abogado, como tampoco se ve el secuestro, ni al policía que le disparó. Casi todas las acciones son pequeñas, detalles, pero trascendentales, casi todo sucede, como dice Noël Burch, “fuera de campo” o como diría el refrán: en esta película “la procesión va por dentro”.


    Alejandro Landes


    Finalmente, habría que agregar que esta película es profundamente colombiana. Con su ojo clínico y penetrante logró penetrar no sólo en el espíritu colombiano, sino también en los espacios, los entornos, los objetos, las personas, las instituciones, etc. Porfirio es un microcosmos, una quintaescencia de lo colombiano. Pero, se necesitó de la distancia propia del extranjero –pues dicen que Landes únicamente tiene ancestros colombianos, pero nació en Ecuador, estudió en Brasil y vive en la Argentina- para poder ver lo que pareciera invisible. Porque pareciera que Colombia es una nación invisible, o al menos vive ocultándose, sobre todo a los mismos colombianos.