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    Cuatro textos de pensamiento político (3)


    EL MIEDO DEL QUE CUELGA NUESTRA DEPENDENCIA



    Una imagen más significativa que simplemente histórica. Jan Rose Kasmir frente a la represión gubernamental en la Marcha anti-bélica al Pentágono, octubre 21 de 1967. Foto de Marc Riboud


    Por Raúl Soto Rodríguez

    El miedo como vehículo de adhesión política ha sido utilizado frecuentemente para dominar las masas y llevarlas a respaldar políticas de orden totalitario que frecuentemente esconden una intención de dominio, de fuerza y de mando bajo el halo de una anhelada promesa general: la idea de fundar una “sociedad libre de amenazas”. Para lograrlo, el régimen instaura la propaganda política como eje fundamental para la adhesión, el control y la subordinación, como nos refiere Jean Marie Domenach en su libro, La Propaganda Política, al decir: “Una gran campaña de  propaganda triunfa cuando logra expandirse en ecos infinitos, cuando consigue que en todas partes se discuta un mismo tema de las más diversas maneras, y cuando establece entre los que la han iniciado y aquellos en quienes ha repercutido un verdadero fenómeno de resonancia cuyo ritmo puede ser mantenido y amplificado”[1]. Y es la utilización de esta ventajosa arma de opinión la que puede hacer gobernable lo ingobernable y presentable lo impresentable, al convertir un mal relativo en un enorme mal que pondría en peligro la existencia misma de nuestra sociedad, cuestionando creencias profundas sobre lo que es bueno y es malo (caso de los judíos para la Alemania nacional-socialista), atentando contra nuestra seguridad cotidiana (invasión de EU a Irak) o instaurando a nuestros enemigos entre nuestros amigos (informantes de la Política de Seguridad Democrática en Colombia), hasta el punto de que cualquier idea que confronte el principio establecido es considerada por muchos y principalmente por el Estado como un principio de traición.



    Desde el punto de vista de la propaganda política, la visibilidad pública del Poder es un asunto de vital importancia para el Estado, de esto depende la adhesión casi incondicional a cualquier iniciativa que se tenga. “Hitler supo organizar admirablemente manifestaciones gigantescas con un estilo de una solemnidad religiosa y deportiva a la vez”[2], fomentando el uso de símbolos y construyendo una conciencia colectiva capaz de reducir las posibilidades políticas de sus adversarios y de poner en consenso público que el crecimiento de una Alemania diezmada por la Primera Guerra Mundial estaba basado en la eliminación de sus enemigos externos, o sea los países que le impusieron el Tratado de Versalles, y de sus enemigos internos, los judíos, que controlaban la economía, para lo cual aplicó en manos de su ministro de propaganda, Joseph Goebbels, un modelo de comunicación emotiva capaz de adherir incautos y de “convencer hasta la muerte” a su propio pueblo.

    El miedo como vehículo de adhesión política ha sido utilizado frecuentemente para dominar las masas y llevarlas a respaldar políticas de orden totalitario que frecuentemente esconden una intención de dominio, de fuerza y de mando bajo el halo de una anhelada promesa general: la idea de fundar una “sociedad libre de amenazas”.

    El ser instrumentos de la propaganda política esta determinado entre otras por una mala calidad educativa, una situación económica desfavorable, la inestabilidad emocional, el no tener un presente ni un futuro claros y por ende tener temor, un temor personal que a la vez es colectivo y social, que se percibe en el ambiente, en lo que se escucha, en lo que se lee y en lo que se ve, y que da pie a la manipulación desde la información que se recibe, que se da por sentada y que pocos contradicen, pues “se trata de crear ese sentimiento lleno de exaltación y de miedo difuso, que lleva al individuo a adoptar las mismas concepciones políticas que parece compartir la casi totalidad de las personas que lo rodean, sobre todo si de esas concepciones se hace una ostentación no desprovista de amenaza”[3].



    [1] Domenach, Jean Marie. La Propaganda Política.  Editorial Universitaria de Buenos Aires. Argentina. 1963. p 63.
    [2] Ibíd., p50.
    [3] Ibíd., p71.