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    Dos muertos vivientes del cine colombiano: regresen a Medellín


    ÁLVAREZ Y BARDWELL: POR EL RESCATE DEL DISFRUTE



    "Está bien, Víctor... Tienes derecho a rebelarte"...
    El Dr. Itard (François Truffaut) y Víctor (Jean-Pierre Cargol) en El niño salvaje (L’enfant sauvage, Truffaut, 1969)... Una de las “tres películas indispensables” en la historia del cine, según Luis Alberto Álvarez, la pudimos disfrutar por vez primera en sus cursos de historia del cine, coordinados por Paul Bardwell...

    Por Santiago Andrés Gómez (texto escrito originalmente para el especial sobre difuntos influyentes de la revista virtual http://www.sablazo.com/ )

    Dos hechos. La tarea que cumple la muerte no es suficiente para su objetivo. La muerte siempre necesita cómplices, y abusa de la debilidad con que nos oponemos a su fácil magnetismo. Pero hacemos resistencia, y en ocasiones se le hace a ella imposible tragarse el mundo y anularlo, como quisiera. Si lo que vivos dejamos como una consecuencia o cadena de acontecimientos nos borra en vez de preservarnos y suple lo que en vida fuimos, ese aliento de esperanza desconcertada, hay sí quienes logran corromper la luz y volverse eco, y su voz, su afecto, su paso queda errando entre nosotros y se alza de pronto para hacer necesario que otros los maten de nuevo, que la grey, temerosa de ese tamaño sobrehumano de una vida, se esfuerce por ahogar su espíritu combativo.


    "Soy la muerte"...
    La Muerte (Bengt Ekerot) en El séptimo sello (Det sjunde inseglet, Bergman, 1957)
    Otro momento inolvidable de sus cursos de cine, del cual da cuenta el maestro en Kinetoscopio 7

    Los hechos, los dos hechos que recuerdo, uno poco a poco alejado en el tiempo, cuyos protagonistas ya ni importan: ni recuerdan, ni tienen que ver con el asunto, y el otro más que reciente, actual, ineludible, son los siguientes, aunque tan ingrato es su recuerdo o su relato que haré el esfuerzo de no entrar en detalles. En cualquier caso, para nadie sería más molesto que para los responsables de las acciones que involucran el verse retratados con la distancia que aporta su narración en un contexto aparte, por fuera de los espacios institucionales en que se pronuncian ciertas palabras o se toman ciertas decisiones, y por experiencia sabemos que nosotros les resultamos incómodos, tanto como fueron en vida los muertos vivientes de que hablamos.

    EVOCACIÓN
    Por eso primero será necesario dibujar someramente un contexto para ambos sucesos, en el que se puedan ubicar tanto mi propia relación con ellos como una eventual explicación de los mismos. Luis Alberto Álvarez Córdova fue un sacerdote claretiano, nacido en Medellín en 1945, que desde sus años de aprendizaje de teología y filosofía en Italia y Alemania, por los sesenta, quiso vivir la cultura como una misión evangélica. Su lectura humanista del arte, de la ópera, del cine, le hacían creer, muy en la onda del Concilio Vaticano II, que la Iglesia podía y debía no solo difundir el disfrute estético como un mensaje de amor, sino además hacer uso para ello de los nuevos medios, como la radio, la prensa y por supuesto el cine y la televisión. A eso se dedicó en Medellín desde 1975 y a su muerte, en 1996, dejó un legado impresionante de profundísimas y muy influyentes críticas de cine, series radiales sobre ópera y una gigantesca biblioteca sobre estos temas, que llenaban su vida y la de otros, como yo, de sentido, de comprensión, de perspectivas y posibilidades.


    Luis Alberto Álvarez Córdova (1945-1996)
    Como dijera Pedro Adrián Zuluaga, mucho más que “un espectador intensivo”...

    A su lado, sobre todo desde mediados de los ochenta, como una especie de escudero que supiera tomar el mando y hacerse caballero, surgió una figura poderosa en la cultura de Medellín: el norteamericano Paul Bardwell, quien llegó a la dirección del Centro Colombo Americano luego de ser profesor varios años, tras llegar a nuestra ciudad casi como un aventurero desorientado, un mochilero viajador de sorpresas. Como Luis daba muchos cursos en varias instituciones de Medellín, como el Instituto Goethe, la Cámara de Comercio y el propio Colombo Americano, la pasión del cura se hacía contagiosa para muchos que quedaban atrapados en la miel de sus clases, y Paul se enamoró del cine justo por el encanto con que Luis revelaba los secretos de películas y autores inimaginables, del París de los cuarenta, de la India, del Hollywood clásico.

    Paul, hermanado de Luis, fundó, como es sabido, la sala de cine del Colombo Americano, abrió una videoteca que se haría legendaria más allá de nuestras fronteras, creó una revista de cine que por mucho tiempo perduró como faro del cine nacional, y murió del todo incomprendido, por más que oficialmente se quiera hacer ver lo contrario, por las directivas del centro cultural al que hizo amar sin condiciones por la ciudad. El Colombo Americano fue por años un punto de encuentro insoslayable y un referente de la actividad cultural de Medellín, y si hoy todavía lo es de algún modo, sin duda mucho menos que hace apenas diez años, es no solo por la fama que logró cosechar bajo las intuiciones de Paul, sino por la directriz que él casi forzó a que la institución continuara, por más de que esa actividad diera pérdidas económicas.

    LOS DOS HECHOS


    Guarne, 1991
    Kinetoscopio en apogeo de su natural esparcimiento
    De izquierda a derecha: Guillermo León Ríos, Santiago Andrés Gómez, Fernando Gómez, Fernando Arenas, Lía Master (de espaldas), Paul Bardwell y Luis Alberto Álvarez

    En el 2008, cada número de Kinetoscopio le costaba al Colombo Americano más o menos sesenta millones de pesos, y las directivas presionaban para que la revista se adaptara a uno de tres escenarios posibles: ser vendida, ser modernizada o desaparecer. Ser vendida era difícil: una revista especializada sobre cine, con la marca y la carga simbólica que Kinetoscopio había creado por casi veinte años, no le podía interesar a ningún grupo editorial; ser modernizada no garantizaba que el negocio fuera a mejorar y requería una gran inversión... Y que desapareciera era una alternativa que, presumo, hacía retroceder dos pasos a quien la considerara, pero tampoco flaquear del todo, si ya se había atrevido a concebirlo así.

    Para quien defendiera la revista y su carácter de entonces, que la había llevado a ser más valorada que nunca por la cinematografía nacional durante el breve bum de nuestro cine (Pedro Zuluaga, el editor, adelantaba una serie de entregas con especiales sobre disciplinas del ramo en nuestro medio), no era la situación nada halagüeña ni cómoda. Se cuenta que un día, en una reunión, uno de los más altos cargos le había dicho a la directora de Kinetoscopio, sencillamente: “Vea, entienda: Paul Bardwell está muerto”... Una frase que significaba muchas cosas, además de las que uno pudiera interpretar, y aun así fuera, o quizá sobre todo porque era un rumor, pues esa era la actitud que se respiraba en el ambiente. Era notorio que ya al Colombo no le importaba lo que Bardwell hubiera hecho, como si la entidad pudiera desentenderse de lo que se esmeraba en demostrar como un fardo. Pero había una equivocación. Hoy, Kinetoscopio, aun remozada, y la sala de cine del Colombo Americano, existen todavía, y eso nos dice que Paul Bardwell no ha muerto. Y no morirá.


    Paul Bardwell (1955-2004)
    Decirle visionario es quedarle debiendo...

    Por otro lado, desde 1996, la Corporación Luis Alberto Álvarez estipuló en un convenio con la Universidad de Antioquia la celebración anual de un homenaje en memoria del prestigioso crítico de cine. Álvarez dejó una obra que, tal vez por no haber disfrutado de los beneficios plenos que la era digital nos ha prodigado, no consiguió alcanzar la resonancia continental que se merece, y la labor de entender cómo él participó en la conformación de algunos de los momentos y espacios más vitales de nuestro cine en los ochenta y los noventa, está en manos de todos nosotros, los cinéfilos y críticos de cine colombianos, pero también de la Universidad, al menos en lo pactado.


    Interrumpted Melody (Bernhardt, 1955)
    “Vamos a aprender de cine”, fue la invitación de Luis ese viernes en que no fui al colegio... "Bernhardt era muy bueno"... Cinta presentada en el ciclo de la MGM de 1989, organizado con entusiasmo casi infantil por Bardwell

    En cambio, un tecnócrata innovador llegado recientemente a la dependencia que por tradición se encarga del homenaje, ha empezado a cuestionar la utilidad e incluso el sentido del mismo. Este año, la fecha corriente del acto ha sido aplazada indefinidamente y diversas actividades contempladas para el evento se cancelaron, porque su mente utilitarista no comprende que repartir entre el público un tiramisù, el postre favorito de Luis, es un gesto, no solo de refinada y placentera, sino además edificante cultura. En cambio, propone un foro sobre derechos de autor, y seguramente le sería escandaloso saber que Luis fue y se declaró siempre un pirata: “el rey de los piratas”, con más de cinco mil películas y maravillosas obras de música clásica en copias ilegales.

    CONCLUSIÓN
    Las corrientes preponderantes de la industria cultural, campo en el cual Álvarez y sobre todo Bardwell fueron pioneros y verdaderos innovadores en Medellín e incluso en Colombia, han logrado que por el énfasis en la llamada auto-sostenibilidad se pierda el elemental sentido del disfrute, de asumir la cultura con más desinterés y alegría. Por añadidura, y acaso como consecuencia, toda actividad, según estas nuevas corrientes, debe enfocarse hacia una formación, con lo que llaman “alto impacto”, masiva cobertura, en competencias para rendir al sistema productivo que nos rige. Por ende, las obras o perspectivas críticas con ese sistema consumista son con frecuencia relegadas, pero también cualesquiera que no se basten económicamente por sí mismas, o sea: que no garanticen el sostenimiento autónomo de las entidades o dependencias encargadas de su eventual difusión.


    Andréi Rubliov (Tarkovski, 1966)
    Otra de las “tres cintas indispensables”, según Álvarez, apreciada en detalle durante el seminario sobre Tarkovski, organizado por Bardwell, en 1993

    Por supuesto, en el afán de revisar estas posturas, no podemos descalificarlas: obedecen a un modo de entender el mundo que, desde nuestro punto de vista, proviene de profundos temores enquistados en el propio poder y transmitidos, casi inculcados, en la sociedad. En cambio, aquel sentido de disfrute, lo que los clásicos llamaban “fruición”, era exactamente lo que uno sentía en presencia de Luis Alberto Álvarez y de Paul Bardwell, y en todos su proyectos. Esa relajada y abierta disposición al diálogo, la sensible capacidad de asombro que, de nuevo, tanto estimaban los primeros filósofos, una creatividad que llena de sentido la vida, aun así estemos en la mala, con un tipo de pragmatismo no utilitario, sino emotivo y mental...

    No dejaremos que mueran Luis Alberto y Paul: mientras vivamos recordaremos y haremos más amplia su existencia. Hoy recuerdo cuando Luis Alberto me forzó a ir a sus seminarios, comprometiendo su amistad si yo no asistía. Tenía yo diecisiete años por entonces, y sabía que era una invitación forzosa, pues yo no tenía para pagar la matrícula, lo cual mi, digamos, calvinismo católico, condenaba... Fui, vimos Ciudad portuaria (Hamnstad, 1948), de Bergman, y allí estaba Paul, que en últimas era quien por recomendación de Luis me becaba. Al final de la película fui a agradecerle, yo era un niño y ahora estoy llorando, y él volteó la cara, no me respondió y se fue caminando rápido, pues le incomodaba que uno le diera las gracias. Mi vida no volvió a ser la misma, y gocé mucho, y puedo decir que no me arrepiento de quererlos tanto.

    Dumbo (Disney, 1941): la escena cumbre de una película que hacía llorar a Paul...

    ... esta noche brindaré por ellos. Con amor.