• Espacio de difusión y debate sobre el video y el cine nacional, y sobre temáticas relacionadas. Tribuna abierta a la diversidad y plataforma de discusión estética y política.

    La obra de Raúl Soto


    LA ATAREADA UTOPÍA



    18º Festival Arte y Resistencia
    Foto: Raul Soto ©

    Tengo una bala en mi cuerpo (Soto, 2014) pasará en el Festival de Cine Colombiano en los siguientes horarios:
    Lunes 25 de agosto, 5:00 pm, Parque Explora - Sala 3D
    Martes 26 de agosto, 4:00 pm, Teatro Lido
    Viernes 29 de agosto, 7:00 pm, Cinema Procinal Las Américas - Sala 1

    Por Santiago Andrés Gómez

    En un texto publicado por Kinetoscopio en 1998 sobre el documental colombiano de aquellos tiempos, el documentalista y profesor de la Universidad del Valle Óscar Campo señalaba: “Sobresalen en los últimos años el espacio Muchachos a lo bien, de Medellín, desarrollado por la Fundación Social y la Corporación Región [...] Y de Medellín también, las nuevas propuestas de un grupo de videístas independientes que redescubren las posibilidades del cine directo, y entre los que sobresale el trabajo Diario de viaje (1996), de Santiago Andrés Gómez, un documental de tono intimista sobre el viaje de un grupo de jóvenes al Festival de Cine de Cartagena, dando testimonio con cámaras de video doméstica tanto de los aventuras del viaje como del aprendizaje de la realización del documental”[1]. Este “grupo de videístas”, no era otro que Madera Salvaje, cuyo nombre pugnaz, debido al pudor o reserva política de teóricos, críticos y académicos para nombrar no lo nuevo, sino todo lo cercano que carezca de pergaminos, era casi siempre omitido por esos días.


    Raúl Antonio Soto Rodríguez
    Fundador de Madera Salvaje

    En cambio, pasados diez años, para el investigador Pedro Adrián Zuluaga era ya natural y además procedente escribir esto, con todas sus letras, para la Revista Universidad de Antioquia:

    "En un ambiente de verdades inestables, los trabajos de Madera Salvaje sorprendieron por su frescura y antiacademicismo. Títulos como Eclesiastés 4,1 (1995), Diario de viaje (1996), Medellín y su Bella Vista (1995), Desde mi casa veo el barrio, desde el barrio veo la ciudad (1997) y Zona de tolerancia (1995), fueron en su momento lo más original y feroz que había producido el audiovisual antioqueño. Santiago Andrés Gómez, Ana Victoria Ochoa, Cruz Mauricio Correa, José Miguel Restrepo, Cesar Pérez, Andrés Montoya, Rafael París, Natalia Tamayo y Raúl Soto, acuñaron cada uno a su manera una forma intensa y nerviosa de construir imágenes. El miembro más teórico del grupo, Santiago Andrés Gómez, lo llamó video independiente para oponerlo al video institucional o convencional de resultados preconcebidos y sin capacidad de asombro o de sorpresa"[2].

    Sorprenden la soltura y el conocimiento de Zuluaga, pues un trabajo de los que habla, el más desconocido, había pasado inadvertido incluso para los miembros del colectivo, ya que fue realizado luego de que Madera Salvaje se deshiciera. Se trata del documental Desde mi casa veo el barrio, desde el barrio veo la ciudad, creado con rabia, con necesidad, con poderoso vaticinio de indestructibilidad por el papá huérfano del grupo, Raúl Soto, quien no quería que la corporación muriera y entonces se decidió, aun más que todos nosotros, a luchar en soledad por la creación audiovisual. Soto no había realizado ningún video hasta el momento, aunque fuera él y sólo él quien, tres años antes, al poco tiempo de la muerte de Andrés Escobar, nos planteara a sus amigos lo inaplazable de crear un colectivo que develara las realidades encubiertas del Medellín de los noventa, un asunto álgido que ya trabajaba, aunque muy esporádicamente, el mismo grupo altanero que creara con Ana Victoria Ochoa y Joche ese corto luctuoso llamado Tinto amargo (Ochoa, 1993).

    Voces que suman: Educar para permanecer, muestra ejemplar de un trabajo incesante

    Decir “grupo altanero” de esa constelación fluctuante que formaban los artistas Eduardo Tejada y la Clote, Darío Cano, de Frankie ha muerto, y otros músicos integrantes de bandas como Polvo de indio, universitarios ecologistas como Iván Loaiza, que luego han generado proyectos de tan generosa y noble incidencia y gran calidad como el programa Área Silvestre, de Telemedellín, o bailarinas y teatreros igual de místicos que laboriosos, como Natalia Luna, y un montón de artesanos, algunos hoy legendarios en el sub-mundo fiestero de nuestra ciudad que hemos intentado retratar Cruz Correa y yo en nuestros cuentos y novelas, es quedarse corto en cuanto a lo mucho que ellos representaban culturalmente, lo mucho que pensaban y hacían. En años que, por lo que a nosotros respecta, resucitaban crudamente, y más a contra corriente que nunca, el libertario espíritu de los sesenta, Raúl Soto era como un niño grande, un gigante bueno que después, de a pocos, generaría sorpresa por su aplicación a realidades que, en últimas, eran las mismas para todos.

    HACIA DELANTE, SIEMPRE HACIA DELANTE

    El fin de Madera, pues, fue para Raúl el comienzo de una resaca admirable que ya no le significó sino andar casi con obcecación hacia delante, siempre hacia delante. Por más que él, como casi todos en el grupo, se niegue a romantizar el pasado y prefiera ni nombrarlo, la continuidad de éste con el prolijo trabajo en video y fotografía que ha hecho después es tan notoria que lo que debiera decirse es que constituye una justa y agradecida evolución. La obra de Soto supone la lenta concreción de ideales muy altos, la atareada puesta en práctica de utopías, la confirmación de que esto no es una contradicción de términos, y una cauta pero decidida confianza en sí mismo, así como la entereza de siempre reconocer laboralmente hasta dónde puede llegar, como un periodista que suscita cambios sociales, son la médula de su probado y productivo método. Tolerancia y pluralismo cultural, consideración y enaltecimiento de las minorías, los procesos de resistencia de los grupos vulnerables ante normas y costumbres arbitrarias, siguen siendo su asunto, hecho conciencia y texto.

    Dónde viviremos mañana (Jiménez, 2011)

    Para varios de los colectivos audiovisuales que pululan en los barrios de Medellín, en donde se siente como un vacío social el ahogo de la televisión comunitaria que supuso la privatización de los canales a fines de los noventa (recordaré que en Madera Salvaje fuimos testigos e impulsores del auge, en iniciativas de capacitación gremial con Fundación Social, y luego dolientes maniatados del aplastamiento de aquel fugaz movimiento), Soto ha sido un cómplice, un colega que enseña con su experiencia y colabora con su saber, siempre de acuerdo con las condiciones específicas de los proyectos, o sea a veces sin sueldo, pero en un intercambio vital que redunda en mejoras visibles, como en los videos de Ciudad Comuna. En ¿Dónde viviremos mañana? (Jiménez, 2011), por ejemplo, pese a la dispersión del asunto, la seguridad en el diálogo con la comunidad tiene como eje, sin duda, el carácter de Soto como asesor, y en cualquier caso, la evolución formal que demuestran otros videos es favorecida por el sentimiento de empresa común que Raúl suele alentar.

    Todo este proceso comenzó, como ya hemos dicho, con el breve documental Desde mi casa veo el barrio, desde el barrio veo la ciudad, estrenado en 1997 en las Jornadas de Video Independiente de Corporación Región (las cuales sobrevivieron un tiempo a nuestra corporación, su entidad fundadora), y que dio un giro a lo que habían hecho otros compañeros, como Pérez y Correa en Zona de tolerancia, o Joche y Ana en A la rueda rueda de paz y candela (1995). Raúl ponía a una niña a presentar su barrio alto, lejano a la metrópolis, abandonado por el poder y la imagen, acaso negado, como si ella nos diera la más feliz bienvenida, en una propuesta del todo novedosa para lo que Zuluaga habría llamado nuestro “nervioso pulso” o para lo que Campo definiera como nuestra apropiación del cine directo. El documental aparecía mediado más bien, y de inmediato, por un representante no institucional, incluso marginal, pero ya no delincuencial, de la comunidad, y de ahí en adelante la cámara parecía adoptar incluso la estatura de la niña para conversar con la gente.


    Venta de cobijas, a orillas del río Amazonas
    Foto: Raúl Soto ©

    Soto trabajó luego largamente como fotógrafo en el periódico El Mundo, donde comenzó a cosechar un prestigio que hoy no es poco en ese oficio, y volvió a la realización con un cortometraje de ficción que personalmente considero excelente, llamado De camino a casa (2000). Aunque del guión sólo se pudo grabar la segunda mitad, es suficiente para capturarnos, pues en la edición final entramos con total fuerza a la situación central, en que un individuo muy cortés y medido ha entablado conversación con un áspero artesano que lo invita a su casa, en una vereda, porque el colectivo en que viajaban ha tenido un percance. Las actuaciones, pero también el cuidadoso relato audiovisual, nos hacen sentir inmiscuidos directamente en lo que es un trato amistoso pero salvaje por parte del artesano (Víctor López) y una inconfesable atracción homoerótica por parte del sujeto de buenos modales (José Luis Bohórquez, maravilloso actor del video independiente paisa de aquellos años: el mismo de Clemencia [Gómez, 1997] y A puerta cerrada [Montoya & Correa, 1999]).

    LA NARRATIVA EN RED

    Si la solvencia del lenguaje de De camino a casa bebe de la experiencia de Soto en La vendedora de rosas (Gaviria, 1998), cinta en la que hizo su práctica universitaria y fue dolly y estuvo atento a todos los detalles de la producción de cine, al mismo tiempo es aquél un corto que anticipa intereses temáticos que luego se ampliarán en la carrera de su autor, en este caso el devenir de minorías como la comunidad LGTBi. Después de amplios trayectos como fotógrafo que abarcan medio país, de la Guajira a Bogotá, Soto se establece otra vez en Medellín e inicia lo que ha de llamarse el grueso de su producción audiovisual: una serie de videos con Organizaciones No Gubernamentales (ONG’s), más puntualmente la Red de Organizaciones Comunitarias de Medellín (ROC), con la cual realiza La juventud no va a la guerra (2005), O comemos o pagamos (2006), Esto tiene que cambiar (en co-autoría con Producciones El Retorno, 2007), Acción directa no violenta y La energía de la comunidad (2010), que tratan a fondo las sensibles problemáticas de la objeción de conciencia al servicio militar obligatorio y el derecho al agua, en una marcada y conciente tónica de insurrección. Con todo, la obra insignia de este periodo es La ciudad detrás de los espejos (2008).

    La ciudad detrás de los espejos (Soto, 2008)


    Estos videos son notables para quien advierta la coherencia entre estilo y discurso. En ellos palpita, un tanto anárquicamente, el sentir de muchas voces, y existe el implícito afán de hallar el pulso que inevitablemente agita tantas vivencias. Los temas varían y son bien discernibles, pero, como sucederá años después en el largo Tengo una bala en mi cuerpo (Soto, 2014), la voluntad de Soto intenta restituir el sentido coral y la respiración de un aparente caos social que, de todas maneras, es imposible no reconocer como un movimiento impredecible, oceánico, salvaje, pero que para él es posible o al menos por lo pronto deseable, imaginable, expresar en toda su magnitud, en su orden trascendente, impersonal, yo diría verdadero. Tal ánimo había forjado ya ese guión tan ambicioso que trabajamos juntos en 1995, llamado “Medellín respira”, la primera incursión de Soto en su recurrente narrativa “en red”. Por eso, el que esta elogiable ambición personal haya cuajado o no en una obra acabada o bien lograda es algo ajeno a toda percepción o expectativa convencional.


    Trailer: Tengo una bala en mi cuerpo (Soto, 2014)

    Soto es un autor en todo el sentido de la palabra por ese lapso que deja en sus obras para que las diversas líneas narrativas se unan más allá del filme en un punto sugerido por medio de perspectivas clara, aunque para algunos molesta e incluso torpemente dispuestas en la estructura. Entonces, como pasa con el disruptivo cine de Joche, algunos críticos y colegas se apuran a encasillar sus videos en fórmulas revenidas, ya sean “reportaje”, “simple registro”, o “mal contado”: conceptos que incluso se oponen, pues apuntan a ideas que el documental de Soto hace estallar y que no tienen que ver con él en sí mismo. El díptico formado por La casa de las flores (2010), sobre silleteros, y El café de la cordillera (2010), sobre recolectores de café, parece concentrarse más en sus unidades de tiempo y espacio y asumir del todo los preceptos del cine directo (El café de la cordillera prescinde de entrevistas), pero en verdad hay aquí también un enamorado retrato grupal tejido en red, por más que la unidad de su evento contribuya a hacer de ellos el trabajo más “redondo” de Soto.

    La casa de las flores (Soto, 2010), obra inmortal del video antioqueño

    Hoy, un documental como Tengo una bala en mi cuerpo debe ser considerado como un momento indispensable de nuestra expresión audiovisual. Por supuesto, tiene relación estrecha con el actual trabajo de Soto en el espacio Voces que suman, de Teleantioquia, sobre la voz de las minorías en nuestra sociedad, pero atención, colegas del cine: menospreciarlo es quedar en ridículo para la historia, y perder, sobre todo, la oportunidad de reconocer algo que para Soto debe ser un orgullo: el haber encontrado, a tono con el sendero de sus amigos, una narrativa que no riñe con la tradición sino que emerge del suelo, de la piel, de los humores de esta tierra del Aburrá, del Urabá, del Suroeste, también de allende la montaña pero vecina de nuestras fatigas: esta tierra latinoamericana cuyo cine aún sueña ser como es otro, bajo patrones establecidos que suelen verse como los reales y darse así por sentado. El cine de Soto, sus alternativos canales de difusión, sus asuntos lastimados y narrativas crecientes, son en buena parte el cine de un nuevo pasado, de una voz continental que emerge.

    La juventud no va a la guerra (Soto, 2005)






    [1] Campo, Óscar. “Nuevos escenarios del documental en Colombia”. Kinetoscopio, Vol. 9, No 48, pp. 72-84 (texto en línea: http://www.cinefagos.net/index.php?option=com_content&view=article&id=427:nuevos-escenarios-del-documental-en-colombia&catid=30&Itemid=60 )
    [2] Zuluaga, Pedro Adrián. “Un cuarto de siglo de audiovisual en Medellín. La ciudad que cambió más rápido que nuestro corazón”. Revista Universidad de Antioquia No. 294, diciembre de 2008, pp. 128-136 (texto en línea: http://aprendeenlinea.udea.edu.co/revistas/index.php/revistaudea/article/viewArticle/196 )