• Espacio de difusión y debate sobre el video y el cine nacional, y sobre temáticas relacionadas. Tribuna abierta a la diversidad y plataforma de discusión estética y política.

    Especial Ospina (2): la década con Mayolo


    RAÍZ DEL FUEGO


    El periodista (Ramiro Arbeláez) y Luis Alfonso Londoño en Agarrando pueblo (Ospina & Mayolo, 1978)... "El corolario es casi inevitable"... Un momento indispensable del cine colombiano
    Foto: Eduardo Carvajal ©

    Por Santiago Andrés Gómez

    La obra de Luis Ospina podría dividirse más o menos homogéneamente en tres grandes periodos. El primero, como es bien previsible, está constituido por su trasgresor y ya legendario trabajo conjunto con Carlos Mayolo en los años setenta, que culmina de modo apoteósico con Agarrando pueblo (Ospina & Mayolo, 1978) y se extiende luego en diversas colaboraciones mutuas en los proyectos individuales de cada uno: Mayolo como actor en Pura sangre (Ospina, 1982) y En busca de María (Ospina & Nieto, 1985), por ejemplo, u Ospina como montajista de Carne de tu carne (Mayolo, 1983) y La mansión de Araucaima (Mayolo, 1986), películas en las que además Ospina hace breves apariciones, como fantasma de familia bien, en la primera, y cineasta publicista en la segunda.


    Luis Ospina y Carlos Mayolo en la morgue de Cali, durante el rodaje de Pura sangre (Ospina, 1982)... ¿Su mejor retrato?
    Foto: Eduardo Carvajal ©

    El segundo periodo puede decirse que comienza con Pura sangre, pero me parece inexacto... En verdad, el periodo con Mayolo debe abarcar obras individuales de cada uno... Creería yo que Pura sangre pertenece a una categoría aparte de las películas de Luis Ospina, en la que hay que incluir más que nada a Soplo de vida (1999): los trabajos de ficción, como el cortometraje Acto de fe (1970), su “proyecto Uno” en la UCLA (University of California, Los Ángeles), donde se graduó de cineasta, o como Capítulo 66 (Ruiz & Ospina, 1994), su poco visto experimento con Raúl Ruiz, realizado aprovechando un taller que el chileno hizo en Bogotá... Para mí el segundo periodo de Ospina es su trabajo de video en Cali, y empieza en forma con Andrés Caicedo: unos pocos buenos amigos (1986), aunque En busca de 'María', que es una especie de “canto del cisne” del formato cinematográfico, es su exacto proemio. Con la significación especial de este momento en la vida de Luis, y con la que tiene para el cine colombiano, como impulso originario de la serie Rostros y Rastros, cuyo piloto fue Ojo y vista: peligra la vida del artista (Ospina, 1987), estamos dando inicio en Ojo Mágico Productora Audiovisual a nuestro estudio de la obra de Ospina en el documental Luis Ospina: Que la verdad sea dicha, por estrenar en 2015...

    Por último, el tercer periodo de la obra de Luis, en nuestro criterio, ya centrado en Bogotá, empieza en 1993, antes incluso de que él deje Cali, y tiene también sus raíces en Andrés Caicedo... Es en ese año cuando realiza un video desgarrador, insólito, personalísimo, un punto crucial en la historia del cine de nuestro país, llamado Nuestra película (1993), junto con el pintor Lorenzo Jaramillo. A partir de ahí, y como hemos dicho, con el magno antecedente del documental sobre Caicedo, pero también de Antonio María Valencia: música en cámara (1987), los documentales de Ospina tienden a ser proyectos en grande, en los que suele demorarse varios años (usualmente seis) de absoluta dedicación. Entre estas obras ya es fácil y breve decir el periplo: Mucho gusto (1997), La desazón suprema (2003), Un tigre de papel (2007) y el proyecto en que anda ahora: Todo comenzó por el fin (por estrenar, anunciada para el 2015), incluyendo por supuesto a Nuestra película y recordando que entre tanto Ospina ha realizado otras obras, entre las que es de capital importancia la hermosa ficción en largometraje de Soplo de vida, que muchos quebrantos y desvelos le costó a Ospina, pero que es así como una obra sui generis, uno de sus mayores logros, que la historia reconocerá como una obra maestra.


    Mayolo y Ospina haciendo los papeles respectivos de los cineastas Máximo Calvo y Alfredo del Diestro, durante el rodaje de En busca de 'María' (Ospina & Nieto, 1985)... En el centro, Barbet Schroeder
    Foto: Eduardo Carvajal ©

    Así que Andrés Caicedo... y Antonio María Valencia... pertenecen en cierto sentido a dos periodos, o a un periodo (el del video caleño) y dos grupos de la obra de Ospina: el de los inicios del video y, al mismo tiempo, los videos ambiciosos. Pero en ese mismo sentido habría que decir que Un tigre de papel y la mencionada cinta sobre Andrés y sus “pocos buenos amigos” son una extensión del trabajo con aquel sujeto embrujado, con ese creador avasallante que fue Carlos Mayolo. La aparición temible de Mayolo en Un tigre de papel, gritando delirios, si se coteja con sus parlamentos deliciosos de Andrés Caicedo: unos pocos buenos amigos, y con su entradora, repentista forma de actuar en Agarrando pueblo, o aun más, para ir todo lo lejos que hay que ir: con los movimientos de cámara de Mayolo en Oiga, vea (Ospina & Mayolo, 1972) o con las decisiones sanguíneas de Asunción (Ospina & Mayolo, 1975), como ese baile de salsa de los proletarios corriendo el tapete de la familia burguesa... Si con todo esto se coteja, decíamos, la aparición de Mayolo, poco antes de morir, en Un tigre de papel, ésta resultaría ser un colofón (¿un “corolario casi inevitable”?, parafraseando la frase de Ramiro Arbeláez en Agarrando pueblo y Pura sangre) a todo lo que fueron los inicios en la carrera común de ambos, a su amistad, a los vapores, fuegos y fantasmas que cruzaron por sus vidas y dejaron un puñado de obras incomparables, inolvidables, embarulladas por el signo diabólico del puro y omnímodo genio...

    Sucintamente, ya que hemos hecho repaso de la obra de la dupla en nuestro texto sobre Mayolo
    (ver http://maderasalvaje.blogspot.com/2011/09/mayolo-no-ha-muerto.html),
    consideraremos en más detalle la presencia de Ospina en esos filmes, pero haciéndole un necesario esguince inicial a la Santísima Dualidad. Mayolo decía que Ospina y él eran como el Escudo Nacional: Mayolo la Libertad y Ospina el Orden, pero detrás de esta actitud podemos discernir algo más: en Mayolo primaba quizás, o sin duda, el fuego de la creación, un ímpetu, en cualquier caso, no siempre irresponsable y jamás gratuito, como lo evidencian sus dedicatorias cinéfilas al comienzo de Carne de tu carne, mientras que en Ospina había una actitud fundada no sólo con plena conciencia, sino además por necesidad vital, en la no menos juguetona tradición del cine. Queremos decir que Ospina tiene una cualidad formativa, unas potencias estructurantes difíciles de igualar por cualquier cineasta de cualquier latitud, porque son inherentes a él, a su espíritu, y casan casi por implicación lógica con su natural adicción al cine.


    ¡Acción! El equipo de rodaje de Cali: de película: de izquierda a derecha, Jaime Acosta, Luis Ospina, Carlos Mayolo, Ute Broll y Eduardo Carvajal
    Foto: Archivo Luis Ospina ©

    Si decimos que el cine encontró a Ospina, es porque Ospina era el cine sin saberlo antes de verlo, pero una vez visto fue como si Ospina se encontrara a sí mismo. No es casual que una de las maneras con que ha publicitado en redes sociales su actual proyecto sea usando imágenes del rótulo “The End” de varias películas de la historia del cine. El esquema, la armazón, digamos las compuertas de sentido, la costura tácita o explícita del cine es esencial en su obra, y creo que todavía más que un dispositivo retórico, como cuando en Oiga, vea pasamos de los Juegos Panamericanos al barrio proletario mediante el famoso conteo regresivo de las copias de cine: 5, 4, 3... Eso es un manifiesto contra-cultural, una apropiación personal, una resignificación del cine y su función. Que no es muy distinto y es del todo distinto, en transmutación brillante, a cuando en Cali: de película (Ospina & Mayolo, 1973), el montajista Ospina, con toda seguridad, se dirige a sí mismo y a Mayolo para que filmen de frente los burladeros numerados de una plaza de toros y así en la moviola puedan comenzar la secuencia del toreo con un conteo regresivo de los burladeros, similar al de Oiga, vea, pero aquí burlándose desde un principio de las corridas que a continuación muestran en “cámara rápida”, como en la secuencia del trío erótico de La naranja mecánica (Kubrick, 1971), y evitando reproducir o celebrar el grafismo seudo-artístico de la tauromaquia...


    Cali: de película (Ospina & Mayolo, 1973)

    La ridiculización es una verdadera bofetada de inmediato, una vez filman al toro muerto y destazado, sus vísceras regándose, su mirada en blanco... Cali: de película es una obra menos conocida que otras de Mayolo y Ospina, pero goza de violentos atributos de genialidad debidos a la versatilidad de ambos realizadores, que lograban conjugar el efectismo con el registro impávido de una lente herida, enamorada o, en fin, siempre acuciosa, porque Ospina entiende en ello otra magia, un efecto primordial del cine, de múltiples, insondables resonancias. Quiero decir que tales artificios como los dichos se amplían un poco más allá de la estructura y del estilo, caben en una visión múltiple, que termina por ser en cierto sentido ecléctica. Veamos algunos ejemplos: Acto de fe es un cortometraje de acerado temple, basado en “Eróstrato”, de Sartre, sobre un hombre a cuya violencia, a cuyo suicidio, renuncia él mismo, en una especie de confesión que es a la vez un manifiesto de vida, algo filosófico, incluso ético: no por nada Ospina ha sobrevivido, como un Rolling Stone, a toda una generación que, con pocas excepciones, se fue de un modo u otro, a ciegas o a sabiendas, por “el desbarrancadero”... El uso que hace del cine en su acepción narrativa más concentrada muestra los alcances que Ospina sabrá dar a sus ficciones, incluso, como pasa en Pura sangre, o también un poco en Asunción, cuando el proceso sufre por dificultades de producción (en el primer caso, Ospina cargó con demasiadas responsabilidades y el resultado es más interesante que otra cosa, en el segundo, la familia burguesa actúa como en televisión por protocolos o prácticas o vicios de rodaje que era casi imposible transgredir)... La herencia de un relato claro pero envenenado, de cineastas americanos críticos de la sociedad como Samuel Fuller o todo el film noir, incluyendo a Melville, está ahí.


    El "hombre desesperado" (David Hamburger) en Acto de fe (Ospina, 1970)
    Foto: Morgan Renard ©

    Por su parte, otros ejercicios hechos para la UCLA por Ospina muestran igualmente las facilidades que tenía él para probarse en estilos diversos. Autorretrato (dormido) (1971) es un experimento en la onda de Andy Warhol, llevado al extremo más cercano de la legibilidad: Ospina hace el milagro de replicar, condensar y contrariar los imposibles larguísimos del maravilloso artista norteamericano, mostrando cómo él duerme en una serie de imágenes tomadas por un temporizador de la cámara. Es una obra perfecta del arte moderno y tal vez la mejor variación que se haya hecho del arte cinematográfico warholiano. El bombardeo de Washington (1972), que en Un tigre de papel Ospina le atribuye a su personaje, Pedro Manrique Figueroa, es todo un tour-de-joie (disfuerzo del aburrido tour-de-force, un concepto imposible en Ospina) sobre el famoso efecto Kuleshov, en el que a partir de material encontrado, y de modo innegablemente visionario, Ospina le manda una bomba atómica al Capitolio de los Estados Unidos, generando un sueño feliz en la audiencia que suele terminar con aplausos estruendosos y vivas al cineasta. Esto es la mejor muestra de que Ospina se movía en diversos niveles con un conocimiento, digamos “experticia” formal bien temprana, que en sus trabajos con Mayolo será notoria.

    He dicho en el texto sobre Mayolo la sandez, por la que me arrepiento un poco, sin duda más que por otras de las que no me arrepiento nada, de que Oiga, vea adolece de un tipo de experimentación “bastante aleatoria”, como si fuera algo casi improvisado. Volviendo a ver, repasando con mis estudiantes en diversas universidades esta película, he caído en cuenta de que uno debe cuidarse de la primera visión de una película (o de la segunda, si es al cabo de años). Oiga, vea es un milagro, un clásico del cine mundial, porque el mecanismo de relojería que es en sí misma funciona con la irregularidad de un organismo vivo, y parece que estuviera sucediendo, como una sorpresa recurrente, agua que salta de la piedra, o sed nueva que surge sólo para aplacarse. Hay que ver esta película casi cuadro por cuadro y no dejará uno de celebrar la astuta sabiduría que tuvieron sus realizadores al asumir la perspectiva del pueblo que no puede ver los Juegos Panamericanos, y de agradecer la flexibilidad con que fueron haciendo sus hallazgos y luego ensamblándolos hasta dar con un verdadero manifiesto, pero para ahorrar todo elogio, con la debida humildad (quitándonos el sombrero), nos remitimos al texto que publicaremos el martes próximo en este blog, escrito por Andrés Caicedo para la revista Ojo al Cine, un verdadero “análisis textual” de la cinta de sus amigos, que él mismo vio nacer.

    Oiga, vea (Ospina & Mayolo, 1972), fragmento

    De Asunción habría mucho que decir en cuanto a su atrevimiento pero quizá más en términos de fabulación: la idea de concentrar toda una tesis marxista (el enemigo de clase está en la casa del burgués) con el relato de lo que una empleada decide hacer cuando queda sola en la casa donde trabaja, o meramente cuando puede decidir qué hace con la comida que le va a servir a sus patrones, es sencillamente fantástico. Admirable, también, es que sea un tanto difícil captar el academicismo de la película, perfecta en su construcción y llena de aciertos en la elaboración (ángulos expresivos, cortes que lo dicen todo, enviones dosificados y una inteligente, aguzada actitud de relajo con los actores populares que vivifica y llega a dar sentido, por contraste, al acartonamiento inverosímil de la representación de la burguesía)... Todo esto también es tradición artística, desde el Buñuel de Viridiana (1961), por ejemplo, y no mera ideología ni sólo iconoclastia.

    Agarrando pueblo (Ospina & Mayolo, 1978)

    Por último, y en cambio, sigue siendo y será tanto que ya es poco lo que hay por decir de Agarrando pueblo. ¿Qué no hubiera escrito Caicedo de esta formidable "banda de Moebius", que en mi opinión es la mejor defensa, la única posible, de la pornomiseria? Agarrando pueblo, como una rata de laboratorio que te muerde, que te hipnotiza, que se apodera de tu mente y te ocupa, encuentra que el documental miserabilista se tomaba muy en serio a sí mismo dentro de todo un flujo de prácticas productivas (el mercado del cine europeo que menciona Mayolo, los estudios académicos que cita un transeúnte) que hacen parte "del mismo rollo". La película sobre la miseria es una forma culminante de la miseria porque, desde luego, ésta tiene antecedentes que ella no sabe mostrar aunque los productores sepan llegar muy bien al barrio, sin saber nada de él, y tengan el descaro de comprar, de pagar, de hacer ver con otros recursos, con mentiras, lo que es, simple y escandalosa y aturdidamente cierto. No sé si haya insistido suficiente: “el corolario es casi inevitable” (Pedro Zuluaga me ha hecho ver que la partícula 'casi' es definitiva, y pienso que habla de las usuales mediaciones editoriales del optimismo ilustrado), es una frase menos que imbécil: inútil, o en breve, y también, simplemente inevitable, pero el diagnóstico que hace es terrible porque al ser pronunciada luego de la película que hemos visto (y sólo así) accedemos a la noción de qué es lo que ampara tal desnutrición, tal analfabetismo, tal miseria: un ingobernable sistema de conveniencias del que el cine siempre ha hecho y hará parte, y que incluso fortalece, intensifica, magnifica.

    Es decir, la verdad, por sí sola, es inútil, y la moral no existe, pero esto no tiene que ver con la pornomiseria, sino con el sistema en el que ella funciona.


    Los documentalistas (Mayolo y Carvajal)... "Vampiros de la miseria" que de veras se creen el cuento...

    Por eso, la forma de la cinta, un reflejo infinito de reflejos, es de un escepticismo corrosivo que para Mayolo y Ospina no dejaba de ser festivo. Aquí son ya tan pocas las ilusiones en un cambio social que el cine pueda prodigar que cualquier desplante al mundo se aprecia comprensible: es un cinismo necesario, un anarquismo liberador, que forja personas. Levanto mi pluma. En ocho días: el primer video de Ospina.