• Espacio de difusión y debate sobre el video y el cine nacional, y sobre temáticas relacionadas. Tribuna abierta a la diversidad y plataforma de discusión estética y política.

    Especial Ospina (4): un hito del cine latinoamericano


    AGARRANDO PUEBLO




    Por Isleni Cruz Carvajal (originalmente publicado en Tierra en trance: El cine latinoamericano en 100 películas (Alberto Elena y Marina Díaz López [eds.], Alianza Editorial, Madrid, 1999, pp. 279-283. Versión extraída de Oiga/Vea: Sonidos e imágenes de Luis Ospina, [editado por Sandra Chaverra, Ramiro Arbeláez y Luis Ospina], Universidad del Valle, Cali, 2011, pp. 15-20, tal como se puede consultar como PDF en su página oficial http://www.luisospina.com/sobre-su-obra/libros/)

    Nacido en 1949, Luis Ospina estudió cinematografía en California, donde realizó sus primeros cortos, algunos de línea experimental. De nuevo en Colombia, a partir de los años setenta formó parte de un grupo generacional promotor de la cultura cinematográfica en el país, al que empezó aportando su trabajo de cineclubista y crítico mientras generaba, junto con Carlos Mayolo, una propuesta fílmica documental contra las deformaciones convencionales de la producción nacional y su manipulación informativa. Agarrando pueblo se convertiría en ejemplar clásico de esta corriente. Después de su opera prima de ficción (Pura sangre, 1982), Ospina se centró en los documentales para televisión, dando lugar a más de una veintena de trabajos que, definidos por los temas de la muerte, la memoria y la ciudad, han constituido una escuela para las generaciones sucesivas.

    Durante los años sesenta el documental social colombiano había aportado al movimiento del Nuevo Cine Latinoamericano obras de reconocido calibre, como parte de un proceso sociopolítico y cultural que, inscrito en las transformaciones adelantadas por la Revolución cubana, encontró en el cine una vía efectiva de militancia y reforma. La década posterior, sin embargo, constituyó un retroceso en todos los campos para la producción nacional. Intentando extinguir la crisis que de nuevo frustraba el propósito de una industria cuantificada y cualificada, a comienzos de los setenta el gobierno instauró una ley, llamada “de sobreprecio”, que tuvo como consecuencia nefasta la propagación compulsiva de cortometrajes cuya rentabilidad se hallaba en la explotación de la miseria social para exportar a las televisiones y festivales europeos, siguiendo sus medidas y gustos. Disfrazada de revolución, fue una producción de pseudo-denuncia prefabricada para un mercado internacional donde son de más valor los esquemas que se tienen sobre el subdesarrollo que la comprensión de sus fenómenos internos.


    Emblema histórico de contrainformación y protesta fílmica, en pleno auge del sobreprecio y del festivalismo europeo, Agarrando pueblo fue una sacudida insolente contra la comercialización de lo que sus autores denominaron pornomiseria, género tan condecorado y fomentado por el primermundismo. Galardonada en los certámenes de Oberhausen y Lille, tal vez a pesar de sí misma, su valor y su riesgo consistieron no sólo en ilustrar la crónica corrosiva sobre un sistema documental que sin pudor alguno persigue con la cámara toda suerte de lacras sociales. El mérito estribó, además, en una estructura correspondiente al cometido radical de desacreditar los vicios con los que el cine (y muy especialmente el “social” y el “testimonial”) acomoda y manipula a su antojo la información sobre esa realidad dramática que, ya en la pantalla, suele ser una farsa grotesca cargada de sensacionalismo insultante en detrimento de cualquier vestigio de dignidad que pueda quedar a sus víctimas.

    “Agarrar pueblo” es una expresión colombiana que significa “engatusar” a la gente. Aquí tiene el doble sentido de “atrapar” una compilación arquetípica de miserias. Cine dentro del cine, el esquema planteado es un “documental” acerca de un típico grupo de filmación recorriendo con sus equipos las calles y los suburbios de Cali. En su cabeza, una lista preconcebida de los personajes que ya están o que faltan por registrar: mendigos, locos, prostitutas, gamines...

    “¿Qué más de miseria hay?”, se pregunta el realizador mientras desde un taxi en marcha busca con sus ojos ávidos cuanto horror social quiera comprar la televisión alemana, para la que está produciendo este “testimonio” que probablemente se lleve un premio. A continuación, cámara persecutoria tras la captura más convencional sobre una marginalidad hambrienta cuyos mismos actos los reporteros ordenan, “dirigen”, debido a que muchas veces los indigentes se resisten a ser filmados, o bien no están haciendo lo que exactamente conviene vender al morbo.


    El absurdo culmina en consabidas “declaraciones” preelaboradas por el guionista para una familia indigente (que ni es familia ni es indigente), improvisada por el equipo, dadas las prisas de producción (y el desconocimiento definitivo de la investigación sociológica). Siguiendo las exigencias del mercado informativo, los personajes recitan ante la cámara las respuestas adecuadas para que el presentador pueda dar pie al acostumbrado balance sobre analfabetismo, desempleo, enfermedades infantiles por desnutrición, explosión demográfica por ignorancia, penurias de todo tipo y demás calamidades infrahumanas por las que se identifica la realidad del Tercer Mundo.

    Ospina y Mayolo hacen irrumpir aquí a un personaje extraído de la sordidez más extravagante para que estropee el rodaje, vele los rollos y termine haciendo obscenidades con el dinero que ha tratado de sobornarlo. El desmoronamiento de tanta manipulación se franquea cuando el mismo personaje pregunta ante la cámara de “nuestros” cineastas si ha quedado bien, de suerte que Agarrando pueblo se autodestruye en un final de coherencia rotunda con su propio fundamento contra-cinematográfico.

    Contestataria en todas sus dimensiones, esta obra propone la risa como dardo político en su afán de crear la reflexión a través de la provocación. En términos fílmicos, la desaprobación se expresa mediante una ruptura metodológica aplicada desde la improvisación de actores reales, hasta la desarticulación del lenguaje común al género y la estructura que los propios directores formulan para condenarlo. Mezclando técnicas y recursos provenientes del documental y del happening, Ospina y Mayolo buscan en primer orden exponer la realidad del mismo hecho de filmar y de un modo de captar la “realidad”, decretado industrialmente, contra el que Agarrando pueblo se esgrime hasta las últimas consecuencias, incluso auto-desvirtuándose, en su toma de partido frente a lo que sus autores entienden como “una situación concreta que compromete a una posición del cine y a su propio valor social”.



    Crear con la dinámica de la sociedad, directamente con las personas, y no acomodar a esquemas de exportación regidos, entre otras industrias, por la del cine “bien hecho”. Tal es el precepto cuya derivación última es la aplicación de una alternativa documental que permite a los verdaderos protagonistas de la miseria advertir las trampas que sobre ellos se tienden en nombre de la justicia y por la vía de una contraproducente denuncia. Más que una modalidad actualizada de lo que una década antes había sido el cine imperfecto, Agarrando pueblo es el resultado de un transcurso cinematográfico en su condición de reflejo sociopolítico gestado desde las propias necesidades históricas. Hito de una ruptura determinante, su existencia implica la urgencia de cuestionar y modificar los esquemas que a través del mercado internacional utilizan los distintos medios del poder, en la conveniencia de preservar los quebrantos del subdesarrollo.